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Guillermo Barrera | @guille_barrera
Es indudable que la animación japonesa vive un momento dulce, tanto en lo creativo como en lo industrial, y la llegada a las salas españolas este 27 de febrero de Scarlet (2025) es una buena prueba de ello. Lo nuevo de Mamoru Hosoda, uno de los grandes nombres del anime contemporáneo, responsable de títulos imprescindibles como su obra insignia “La chica que saltaba a través del tiempo” (2006), “Los niños lobo” (2012) o su último trabajo, que personalmente disfruté bastante…“Belle” (2021), ha construido en los últimos 15–20 años una filmografía marcada por el cruce entre lo íntimo, emocional e incluso moral, y lo fantástico o digital. “Scarlet” continúa esa senda, aunque la película nos lleva a territorios con los que no llegué a conectar del todo.
La historia arranca como una re-interpretación libre de una tragedia shakesperiana, concretamente Hamlet: una princesa de un reino danés medieval, diestra con la espada, decide vengar la muerte de su padre en manos de su tío. Fantasía medieval, romance y Shakespeare se dan la mano en un primer tramo sólido, elegante y visualmente potente.
Si hay que hablar de lo más destacado de la película, es su animación. Hosoda combina técnicas tradicionales 2D y CGI en un intento ambicioso de generar un nuevo estilo visual. Personalmente, me funciona la integración de estas técnicas: hay secuencias y fondos increíbles, que están totalmente concebidas para la gran pantalla, y las coreografías de combate (o baile) alcanzan cotas de calidad impresionantes. Aunque entiendo, que la animación no esté gustando a todos por igual, porque no en todas las escenas funciona: el CGI limita algunas expresiones faciales y ciertos diseños no llegan a encajar, y por eso, diría que es un contraste curioso.
Porque como ya adelantaba, estamos en un momento en que las series anime más populares saltan de la televisión al largometraje, con grandes presupuestos, y con una animación exquisita, están rompiendo la taquilla en Occidente. En este contexto, Hosoda demuestra que el cine de animación japonés sigue siendo, bajo los ojos de Occidente, un terreno fértil para la mirada personal, la ambición estética y el riesgo narrativo.
El problema llega cuando la película toma ciertas decisiones narrativas. Porque, sin entrar en spoilers, el relato abandona su estructura de tragedia clásica para adentrarse en lo surrealista y conectar a la protagonista con un joven enfermero idealista de nuestro tiempo. El film plantea preguntas morales interesantes, habla del perdón, o la redención, todo muy coherente con la sensibilidad humanista del director, pero el desarrollo se vuelve confuso. Donde en “Belle” (2021) había un cruce entre mundos digitales y reales, se encontraba una vibración clara y fluida, aquí todo resulta más forzado. Es fácil entrar en la historia, pero no tanto seguirla. Personalmente, me costó conectar con la película y se me hizo larga, a pesar de que apenas dura dos horas.
En definitiva, “Scarlet” es una obra visualmente potente, un nuevo ejemplo del músculo creativo del anime actual y del talento técnico de Mamoru Hosoda. Sin embargo, como relato, se queda a medio camino entre la tragedia shakesperiana y una fábula de redención contemporánea. Una experiencia recomendable por su despliegue artístico —merece verse en pantalla grande—, aunque probablemente no figure entre los títulos más memorables de su autor.



