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miércoles. 10.08.2022
IMPERIO ROMANO

Historia de la economía romana

La anexión de Egipto, Sicilia y Cartago proporcionó un suministro continuo de cereales. A su vez, el aceite de oliva y el vino fueron las principales exportaciones de Italia.
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<p>Mosaico de Duogga, Túnez (siglo ii). Wikiwand</p>
Mosaico de Duogga, Túnez (siglo ii). Wikiwand

La República romana dominaba una vasta extensión de tierra con enormes recursos naturales y humanos. La economía en la antigua Roma se mantuvo concentrada en la agricultura y el comercio. 

El comercio agrícola libre cambió el panorama italiano y, ya en el siglo I a.C., las enormes haciendas dedicadas al cultivo de la vid, de los cereales y de la oliva, propiedad de grandes terratenientes, habían estrangulado a los pequeños agricultores, que no podían igualar el precio del grano importado. 

  1. LA ECONOMIA EN LA REPUBLICA ROMANA 
  2. CIUDAD Y ARTESANIA
  3. EL COMERCIO ROMANO
  4. ROMA Y CHINA
  5. ROMA Y LA INDIA 

La anexión de Egipto, Sicilia y Cartago proporcionó un suministro continuo de cereales. A su vez, el aceite de oliva y el vino fueron las principales exportaciones de Italia. Ya por entonces se practicaba la rotación de dos hojas, pero la productividad agrícola en general fue baja, con una producción de una tonelada por hectárea.

El PIB hacia el 1 d. C. de diferentes regiones del imperio, se aprecia el peso de Italia y las regiones orientales del imperio. Fuente: Universidad de Groningen
El PIB hacia el 1 d. C. de diferentes regiones del imperio, se aprecia el peso de Italia y las regiones orientales del imperio. Fuente: Universidad de Groningen

LA ECONOMIA EN LA REPUBLICA ROMANA 

Después de las guerras con Cartago, la afluencia de riquezas a la urbe de Roma, trajo consigo modificaciones importantes tanto en la economía, como en el desarrollo de la propia sociedad romana. La riqueza aflorada en el siglo III a. C, iba a ir dirigida, sobre todo para sufragar los cuantiosos gastos de las sucesivas guerras, las ingentes obras públicas, o a la conquista de nuevas provincias. 

La floreciente bonanza económica a partir del siglo II a.C., se va a convertir sobre todo en instrumento de poder, para acceder a las magistraturas y fundamentalmente, para poder hacer frente al sufragio de los cada vez mayores gastos electorales. Se inicia en Roma, una nueva forma de economía: el capitalismo financiero. 

Si hasta ese momento, la economía romana se basaba sobre una estructura primaria de agricultores y ganaderos, siendo solamente la producción industrial o la vida comercial solamente elementos subordinados, secundarios de poca influencia en la economía global. 

A partir de este momento, aparece una nueva categoría social, de homines novi, los llamados publicani, a quienes van a ir a parar los contratos de suministros destinados al ejército, la receptación de las vectigalia, los arriendos del ager publicus, la recaudación del impuesto de aduanas, el envío de provisiones de trigo y otros bienes de primera necesidad, por no nombrar así mismo, las concesiones de obras públicas, construcción de templos, carreteras, acueductos, y un cúmulo de obras de urbanización menores.

Fueron estas sociedades de publícanos, nacidas entre los años 170 a 150 a.C. las primeras sociedades por acciones, divididas en partes alícuotas o pars, en las que si bien cada socio, al principio, puede asumir la dirección de la empresa común, pero que posteriormente, dado el número tan considerable de socios, ello se hizo imposible

La agricultura 

Era una actividad que estaba muy bien considerada dentro de la sociedad romana, al contrario de lo que sucedía con la artesanía. Roma, en sus orígenes, había sido una comunidad de pastores y agricultores, por lo que la tradición hacía esta actividad es una profesión casi sagrada. 

Incluso los patricios se dedicaban al cultivo de la tierra y a la cría del ganado. Estos patricios eran propietarios de grandes haciendas cuyo mantenimiento y explotación recaía en la mano de obra esclava, que vivía en estas fincas durante todo el año al cuidado de un capataz que, a su vez, era un esclavo de confianza del propietario. 

Estas enormes fincas producían todo tipo de alimentos. Si la explotación se encontraba cerca de alguna ciudad, los frutos de la cosecha se trasladaban diariamente a su mercado y se vendían, ya que solían ser productos que se estropeaban con el paso del tiempo, tales como frutas, hortalizas y verduras frescas, que eran muy apreciadas por los habitantes de las grandes ciudades.

Si la explotación agrícola se encontraba muy alejada de los núcleos urbanos, los productos frescos eran utilizados para el consumo inmediato de los propietarios, que solían vivir en las fincas alejadas, para sus trabajadores libres y, en menor medida, para los esclavos de la explotación. 

Los productos que se vendían en la ciudad eran los que no perecían con el paso del tiempo, tales como vino, uvas, aceite, aceitunas, trigo, cebada, avena etc., cultivos a los que se dedicaba la mayor cantidad de terreno para su producción.

Existían también campesinos libres que cultivaban su propia tierra con la ayuda de sus propias familias, o bien los que arrendaban parcelas a los patricios, cuyas posesiones podían extenderse ininterrumpidamente durante kilómetros y kilómetros a cambio de dinero o a cambio de pagos en especie, generalmente una fracción de la cosecha que el campesino producía.

La técnica que los romanos usaban al cultivar la tierra ha perdurado, en lo esencial, hasta nuestros días. En todos los países mediterráneos se practicaba la rotación de dos hojas. Esta rotación consiste, en cultivar y dejar en barbecho los campos alternativamente, para mantener la fertilidad del suelo y acumular humedad. 

Este tipo de rotación se adaptaba a los suelos arenosos y a los veranos largos y secos de la cuenca mediterránea, aunque no a los del Noroeste de Europa, como era el caso de la Galia Lugdunense donde los suelos son más compactos y el arado romano, debido a su debilidad, no podía levantar la tierra. 

Por ello cultivaban las tierras arenosas calizas de las lomas, dotadas de su drenaje natural, y evitaban los suelos más compactos, pero más fértiles, de valles y mesetas

Los arados romanos eran muy ligeros, por lo tanto, al ser de madera, no dejaban los característicos surcos que podemos observar hoy en día en las tierras aradas. Este arado romano lo único que conseguía era arañar la superficie de la tierra, por lo que el agricultor tenía que dibujar una cuadrícula por toda la parcela, para aprovecharla en toda su extensión.

La época más activa en el campo era el otoño. Hacia principios de octubre se empezaba a sembrar el trigo y la cebada, terminando a mediados, o incluso a finales, de noviembre. 

Una vez finalizada la siembra, hacia mediados de diciembre, había que recoger las aceitunas, que posteriormente eran prensadas para obtener aceite, el cual se almacenaba en tinajas de barro precintadas con brea que eran destinadas a la venta o a su posterior consumo por parte de los residentes en la explotación. 

El otoño era la época del año de la matanza del ganado, con el adobo y el embutido de sus carnes, con las que se fabricaban exquisitos jamones, lomos adobados, chorizos y una especie de mortadela. 

Las actividades que se realizaban en invierno eran menos pesadas, aunque igualmente importantes. La mayoría de los trabajos invernales eran de índole doméstica. Era la época de las reparaciones, de tejer cestos de mimbre, de fabricar queso, herramientas, tinajas y arados, de tejer la lana de las ovejas y curtir pieles etc.

El verano era igual de intenso que el otoño, ya que, a finales de primavera, comenzaba la temporada de recogida de las hortalizas, seguida de la siega de la cebada y del trigo hasta casi principios del otoño, ya en septiembre, que terminaba con la recogida de las uvas, la vendimia, y su posterior prensado para hacer vino.

La vida del campesinado en tiempos de la Antigua Roma era muy dura. Los campesinos solían vivir en condiciones muy humildes, rozando el umbral de la pobreza, y de ninguna manera llegaban a percibir los mismos ingresos que un carpintero o que un alfarero, que trabajara en la ciudad, ya que en ésta existía un grado de especialización que no se daba en el campo. Los campesinos tenían sus jornadas de descanso. 

Cuatro veces al mes, cada siete días, los campesinos libres detenían sus actividades y acudían a la ciudad a vender sus productos, a comprar simiente y utensilios variados e incluso a asistir al circo.

Además, hacia finales del invierno los campesinos realizaban una serie de fiestas, las Paganalia, mediante las cuales por mandato de los dioses entonces reposaba el arado, pues la religión establecía el descanso tanto para el criado y el buey como para el labrador y el dueño. ​ 

Habitualmente, estas fiestas se realizaban en enero, por lo que ni la cosecha ni las labores relativas al ganado sufrían alteración alguna.

Muchas veces pensamos que los romanos no hicieron grandes avances tecnológicos. Sin embargo, si hubo importantes avances como generalizar el arrendamiento de las parcelas de tierra a otros ciudadanos o al Estado. 

Promovieron el uso de molinos de agua y, en menor medida, de viento para poder moler el grano. Inventaron la prensa de aceite, novedosas técnicas de regadío y generalizaron el uso de abonos y otros fertilizantes naturales.

El sistema de villae 

En el paisaje agrario modelado durante la presencia romana se introduce un modelo de explotación de escala superior en cuanto a extensión, especialización y capacidades productivas, la villa, conjunto formado por el fundo, o finca, y las edificaciones al servicio de su explotación, con piezas de habitación y dependencias económicas para el almacenaje, elaboración de frutos, talleres y ganado. 

Con una producción orientada al mercado, además de a la subsistencia, tienden a especializarse según las condiciones del lugar y los circuitos mercantiles en que se integran, llegando a configurar explotaciones de gran tamaño, en un proceso que se acentúa con el paso del tiempo sobre todo en las áreas de mayor potencial agrícola, como el valle medio y bajo del Guadalquivir. 

La Bética es la despensa de Roma, elabora aceite desde fines del siglo I a. C., la Bética sobresale como uno de los más ricos centros de la producción agrícola y pesquera, con exportaciones que alcanzan a la propia Roma y otras áreas del Imperio. 

Destaca en especial la producción de aceite, a la que se suman vino, trigo y otros frutos, así como salazones y productos derivados de la pesca, como el famoso garum, una pasta o salsa de pescados. 

Este fenómeno se refleja en una cierta especialización territorial según los distintos ramos productivos. En el caso del olivar y el aceite, la producción destinada al comercio se concentra sobre todo en el sector entre Córdoba e Hispalis, según atestigua la elevada concentración de hallazgos de fábricas de aceite y de alfares para la elaboración de ánforas para su envasado, aprovechando las facilidades del transporte fluvial a lo largo del río Guadalquivir.

Los sistemas de colonización y explotación implantados por los romanos alteraron por completo el horizonte agrario. Vastas extensiones se adaptaron para su aprovechamiento, en especial en las áreas más fértiles y mejor comunicadas. 

La expresión más acabada de esta intervención en el medio son las parcelaciones de los territorios de colonias y ciudades romanizadas a partir de un catastro: la centuriación, la división en unidades regulares, de geométrico trazado ortogonal, para su reparto a colonos. Esta trama servía de base para la articulación de la r

La Bética como foco económico en el Imperio Romano 

Si los recursos mineros del sur de la Península Ibérica constituyeron el principal aliciente para los intercambios y los pueblos colonizadores desde la Edad del Bronce, esta circunstancia se prolongó e incrementó en época romana, cuando se explotaron a una escala sin precedentes. 

Las áreas mineras se concentraban en Sierra Morena, hallándose también varios enclaves en sierras cercanas al mar Mediterráneo. Las principales producciones eran plata, cobre, hierro, plomo, una exigua aportación de oro y canteras de arenisca y mármoles. 

La extracción masiva de minerales y su laboreo causaron un apreciable impacto territorial con alteraciones y erosión del terreno y deforestación por el uso de la madera como combustible en las factorías metalúrgicas. 

En la minería bética destaca el área de la franja pirítica ibérica que atraviesa la actual provincia de Huelva, donde se obtenía plata y cobre en ingentes cantidades, algo de oro, así como hierro y plomo.

La extracción se llevaba a cabo en pequeñas explotaciones dispersas y algunas de gran envergadura con la aplicación de sistemas racionalizados y técnicas para el desagüe y construcción de minas. 

La cifras de 18 a 20 millones de toneladas de escorias antiguas acumuladas en Riotinto dan idea de la intensidad de esta actividad. La producción se canalizaba a través de los puertos atlánticos y las ciudades del valle del Guadalquivir. 

En los tramos medio y oriental de Sierra Morena se localiza otro de los grandes distritos de la minería romana del sur peninsular, con la ciudad de Cástulo como centro. 

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La plata era la producción más significativa y valiosa de estas explotaciones, junto con el plomo, mientras que el hierro y el cobre tenían menor incidencia. Al material se daba salida a través del río Guadalquivir y, de modo secundario, por los puertos mediterráneos. Hacia el cambio de Era, las explotaciones de este sector comenzaron a declinar, en contraste con el auge creciente del sector minero del sudoeste. 

La división desde fines del siglo I a. C. de unos 170 km2 al este de Écija ofrece una muestra de la reorganización del ámbito rural en época romana en una de las áreas agrícolas más significativas de la Bética. 

Sobre tierras destinadas al cereal, el olivar y la ganadería de labor y subsistencia se superpone una malla de parcelas cuadrangulares de 710 x 710 m con orientación Norte-Sur y linderos en que se apoya la red viaria. Todavía perduran fragmentos de este catastro fosilizados en el parcelario actual. 

CIUDAD Y ARTESANIA

Para los romanos, el comercio y el trabajo manual no gozaban de gran consideración. ​ Era normal dejarlo en manos de clases sociales inferiores, de extranjeros e incluso de esclavos. 

Esto puede hacernos pensar que en las ciudades romanas había muy pocos artesanos y fabricantes de utensilios, pero, en realidad, no fue así. Incluso, paradójicamente, el Derecho romano permitía y promovía una considerable libertad de empresa y no penalizaba las operaciones comerciales 

Este Derecho cuidaba del cumplimiento estricto de los contratos, de hacer respetar el derecho de propiedad privada y de llegar a un acuerdo rápido en las disputas. Los contratos, que se empleaban eran de uso tan común como hoy en día. 

Los contratos que se realizaban con el Estado, generalmente de arrendamiento de tierras para el pasto del ganado, podían tener fiadores. También existían las Tabulae, que era el contrato de esponsales). 

De los contratos se exigía su cumplimiento, y su incumplimiento suponía el tener que pagar una indemnización por parte del infractor. También existían contratos para las ventas. 

Estos se realizaban con la entrega del bien y el pago correspondiente ante testigos, siendo entonces una venta perfecta. Si se incumplían los términos, el infractor debía indemnizar a la otra parte como si le hubiera robado el bien. Incluso también se hacían contratos para el préstamo de dinero. 

El prestamista entregaba la suma de dinero al prestatario ante testigos, y este último tenía la obligación de devolver el capital más los intereses, un 10 % anual, generalmente. 

Si el prestatario no pagaba, el prestamista, después del obligado proceso judicial, podía desposeerle de todas sus propiedades para recuperar lo prestado, convertirle en esclavo suyo e incluso matarlo, aunque en tiempos más tardíos de la historia de Roma esta práctica cayó en desuso.

Existían numerosos talleres y empresas en las ciudades romanas. Cada ciudadano, fuera libre o esclavo, desarrollaba una actividad, desde la manufactura y el comercio hasta las profesiones de maestro, banquero y arquitecto, aunque estas últimas no tenían la misma consideración que se las da hoy en día. 

Tejedores, alfareros, zapateros, herreros, tintoreros, vidrieros, orfebres y un largo etcétera ofrecían sus productos al público en el mismo lugar donde los fabricaban, atrayendo a los posibles compradores con toda suerte de artimañas y predicando a voces la excelencia de sus productos y lo irrisorio de sus precios. 

Toda calle romana era una ruidosa mezcla de gente, niños jugando, mendigos y comerciantes dando a conocer a voces sus productos, cada cual más alto para tapar a la competencia. 

Los más abundantes, y los que más vociferaban, eran los comerciantes de alimentos, y no existía lugar público donde no se les encontrara, al igual que a los traficantes de esclavos.

También las obras públicas movilizaban a infinidad de especialistas: albañiles, carpinteros, canteros, fontaneros, ingenieros, arquitectos etc. Por su parte, el Estado mantenía servicios públicos tan importantes como:

  • El abastecimiento de agua.
  • Los bomberos, que era la célebre militia vigilum, instaurada por el emperador Octavio Augusto en el año 22 a. C.
  •  Las termas, los baños públicos donde la gente acudía regularmente a charlar y a divertirse, atendidas todas ellas por mano de obra esclava.

EL COMERCIO ROMANO

El comercio romano fue el motor que condujo a la economía de finales de la República y principios del Imperio. La historia ha tendido a no ocuparse de la base económica del imperio en favor del latín y las hazañas de las legiones. 

Tanto la lengua como las legiones fueron apoyadas por el comercio, siendo al mismo tiempo parte de su espina dorsal. Los romanos eran hombres de negocios y la longevidad de su imperio se debió a su comercio.

En el último siglo de la República y no digamos en la época imperial, la península italiana no podía mantener a una población tan numerosa solamente con los recursos locales. Se importaban los productos necesarios para la manutención y el buen funcionamiento de la industria y la vida romana de las provincias donde se producían. Gracias a la denominada paz romana, el comercio se desarrolló en las condiciones más favorables.

La piratería y el bandidaje suponían serias amenazas para el comercio, pero fueron eliminados casi por completo. La paz romana no sólo hizo posible el auge del comercio hasta cotas nunca antes vistas, sino que provocó un espectacular crecimiento demográfico. 

Este crecimiento fue más acusado en el Mediterráneo occidental, ya que el oriente estaba muy poblado. El aumento de la población suele producirse por un aumento en el nivel de vida de los ciudadanos. 

La población del Imperio en tiempos de Julio César oscilaba en torno a los 60 millones de personas. Parece probable que el número de habitantes del Imperio a la muerte del emperador Marco Aurelio año 180 d. C., fuese, al menos, el doble que a la muerte de Julio César en el año 44 a. C. 

Como vemos, el espectacular aumento demográfico que se produjo, ya que en unos 224 años, la población del Imperio se multiplicó por dos. Y es muy probable que estas personas que habitaban el Imperio estuvieran en una situación económica superior a la de millones de personas del resto del mundo. 

La vía de transporte más utilizada, a pesar de las famosas calzadas romanas, era el mar Mediterráneo, que se convirtió en la gran vía del tráfico comercial, con una prosperidad que nunca antes había alcanzado.

El próspero comercio arrastraba consigo gentes, lenguas, costumbres, religiones y problemas de mil orígenes y naturalezas, convirtiendo a Roma en un foro internacional.

En teoría los miembros del Senado y sus familias tenían prohibido dedicarse al comercio. Los miembros de la orden ecuestre sí lo ejercieron, a pesar de sus aristocráticos valores que ponían el énfasis en pasatiempos militares y actividades recreativas.

Los plebeyos y libres tenían tiendas o atendían puestos en los mercados mientras grandes cantidades de esclavos hacían casi todo el trabajo duro. Los propios esclavos eran además objeto de transacciones comerciales, y dada su alta proporción en la sociedad y la realidad de las fugas, las guerras serviles y las sublevaciones menores, dieron un toque distintivo al comercio romano.

La intrincada, compleja y extensa contabilidad del comercio romano fue efectuada con la ayuda de tableros contables y ábacos romanos, que usaban números romanos, que estaban especialmente ideados para las cuentas en monedas y unidades romanas. 

El fórum cuppedinis de Roma era el mercado que ofrecía mercancías generales, mientras que al menos cuatro otros grandes mercados se especializaban en mercancías particulares como el ganado, el vino, el pescado y las verduras. El Foro romano atraía el grueso del tráfico. 

Todas las nuevas ciudades, como Timgad, fueron ordenadas según un plano octogonal que facilitaba el transporte y el comercio. 

Las ciudades fueron conectadas entre sí por buenas calzadas. Los ríos navegables fueron utilizados extensivamente y algunos canales fueron cavados pero ni unos ni otros dejaron restos arqueológicos tan claros como los caminos y por tanto suelen ser subestimados. Todos los asentamientos, especialmente los más pequeños, podían localizarse en lugares económicamente racionales. 

Antes y después del Imperio, las posiciones defensivas en cimas de montes fueron preferidas para los asentamientos pequeños, pues la piratería hizo el establecimiento costero particularmente peligroso para todos, salvo las ciudades más grandes del imperio.

Las provincias del Imperio Romano negociaban los enormes volúmenes de mercancías entre ellas por rutas marítimas en el siglo I. Había una mayor tendencia hacia la especialización, particularmente en la fabricación, la agricultura y la explotación minera, especializándose algunas provincias en producir ciertos tipos de mercancías, tales como grano en Egipto y África del Norte y vino y aceite de oliva en Italia, Hispania y Grecia.

El grueso de la mercancía negociada, al ser agrícola, no dejó ningún resto arqueológico directo. El comercio del vino, aceite de oliva y el garum [1], una salsa de pescado fermentado, dejó excepcionales cantidades de ánforas. Sin embargo, no hay referencias del comercio entre Siria y Roma con productos de dulce o mermelada de membrillo. 

La arqueología submarina y los antiguos manuscritos de la antigüedad clásica muestran evidencias de extensas flotas comerciales romanas. Los restos más importantes de este comercio es la infraestructura como puertos, rompeolas, almacenes y faros conservados en Civitavecchia, Ostia, Portus Leptis, Caesarea Palestina y otros enclaves portuarios. 

Como con la mayoría de la tecnología romana, los buques marítimos romanos no mostraron mejora importante alguna sobre las naves griegas de los siglos anteriores, aunque el recubrimiento de plomo de los cascos como protección parece haber sido más frecuente. 

Los romanos usaron barcos de vela de casco redondo. La continua protección del Mediterráneo durante varios siglos fue uno de los factores principales del éxito del comercio romano, dado que las calzadas romanas fueron construidas más para los pies o los cascos de los caballos que para las ruedas, y no podían soportar el transporte comercial de bienes a largas distancias. 

Las naves romanas usadas habrían sido presa fácil para los piratas de no ser por las flotas de galeras liburnas [2] y trirremes [3] de la flota romana. 

Las materias primas, como el grano y los materiales de construcción se negociaban solamente por las rutas marítimas, puesto que el coste del transporte por mar era 60 veces menor que por tierra. 

Los alimentos y productos básicos como cereales para hacer pan y los rollos de papiros para la fabricación de libros fueron importados del Egipto ptolomaico a Italia de forma continua.

El sistema romano de medidas fue elaborado a partir del griego con influencias egipcias. Mucho de él se basaba en el peso. Las unidades romanas eran precisas y estaban bien documentadas. Las distancias eran medidas y grabadas sistemáticamente en piedra por agentes gubernamentales.

Una moneda abundante, bastante estandarizada y estable, al menos hasta cerca del año 200 d. C., hizo mucho por facilitar el comercio, mientras que Egipto tuvo su propia moneda en este período y algunas ciudades provinciales también emitieron sus propias moneda.

ROMA Y CHINA

La existencia de China era bien conocida por los cartógrafos romanos de la época, su ubicación geográfica fue presentada en la “Geographia” de Claudio Ptolomeo. China está localizada más allá del “Aurea Chersonesus” o península dorada, que se refiere a la península del Sudeste asiático. 

No existieron contactos comerciales directos entre los romanos y los chinos de la dinastíaHan, debido a que los rivales partos [4] y kusháns [5] cuidaban celosamente su lucrativo rol como intermediarios comerciales.

Gran parte de lo que se conoce del lado romano sobre el comercio de seda y la seda en general proviene del relato de Plinio el Viejo en su “Naturalis Historia”.

El libro de la historia china de la última dinastía llamado “Hou Hanshu” relata la primera de varias embajadas romanas a China.

Solo se conocen unos pocos intentos de contacto directo a través de las fuentes:

  • El general chino, Ban Chao intentó infructuosamente mandar un enviado a Roma en el año 97. 
  • Varias supuestas embajadas romanas a China fueron registradas por antiguos historiadores chinos. Estas fueron enviadas probablemente por el emperador Marco Aurelio a juzgar por la fecha de la llegada a China en el año 166. 

La misión llegó desde el sur, y por lo tanto probablemente por mar, entrando en China por la frontera de Jinan o Tonkin, trayendo como presentes de cuernos de rinoceronte, marfil y caparazones de tortugas que probablemente había sido adquirido en el Asia meridional. 

La misión llegó a la capital china de Luoyang en el año 166 y fue recibida por el emperador Huan de la dinastía Han. Existe un texto chino del siglo III, el “Weilue”, describiendo los productos del Imperio romano y las rutas por las que se comerciaba.

Otras embajadas habrían sido enviadas después del primer encuentro, pero no quedó registro de ellas, hasta que apareció una descripción de unos presentes enviados a inicios del siglo III por un emperador romano a Cao Rui del reino de Wei entre los años 227 y 239 d. C., al norte de China. Los presentes consistían en artículos de vidrio en una variedad de colores.

Si bien varios emperadores romanos gobernaron durante este tiempo, la embajada, de ser genuina, habría sido enviada por el emperador Alejandro Severo, dado que sus sucesores reinaron brevemente y estuvieron ocupados con las guerras civiles.

Se registró otra embajada de Da Qin en el año 284, que llevó también presentes al imperio chino. Esta embajada fue presuntamente enviada por el emperador Caro entre los años 282 y 283, en cuyo corto reinado debió concentrarse en la guerra con Persia. 

Las relaciones entre el Imperio romano y China fueron indirectas a lo largo de la existencia de ambos imperios. Ambos imperios se acercaron progresivamente en el curso de la expansión romana hacia el antiguo Oriente Próximo y las simultáneas incursiones militares chinas en Asia Central.

Poderosos imperios intermedios, tales como los partos y los kusháns, mantuvieron a las dos potencias euroasiáticas permanentemente separadas. Por ello, la conciencia del otro siguió siendo escasa y el conocimiento mutuo, difuso.

El intercambio indirecto de los bienes de la tierra por la denominada ruta de la seda y las rutas marítimas, incluyeron seda china, vidrio romano y ropa de alta calidad

En las fuentes clásicas, el problema de la identificación de referencias a la Antigua China se ve agravado por la interpretación del término latino “seres”, cuyo significado fluctúa y puede referirse a varios pueblos asiáticos en un amplio arco de la India, el Asia Central y China. 

En las fuentes chinas, el imperio romano fue conocido como “Da Qin”. Se pensaba que era una especie de contra-China en el otro extremo del mundo. Según el historiador Pulleybank, “el punto que debe ser destacado es que la concepción china de Da Qin estaba confundida desde el inicio con nociones mitológicas antiguas sobre el Lejano Occidente”.

El Senado romano emitió varios Edictos para prohibir el uso de seda, por motivos económicos y morales. La importación de seda ocasionaba una enorme salida de oro y las vestimentas de seda eran consideradas decadentes e inmorales.

Séneca en sus Diálogos vol I, decía: “Puedo ver los vestidos de seda, si los materiales no ocultan el cuerpo ni siquiera la propia decencia, no se pueden llamar ropa ... Desdichadas bandadas de criadas trabajan para que las adúlteras puedan ser visibles a través de sus delgados vestidos, para que su marido no tenga mayor conocimiento que cualquier extranjero o forastero sobre el cuerpo de su mujer”.

El historiador romano Lucio Anneo Floro decía en su libro Epitomae II lo siguiente: “Ahora que todas las razas del oeste y del sur están subyugadas y también las razas del norte … los escitas y sármatas envían embajadores buscando amistad; los seres también y los indios, que viven inmediatamente debajo del sol, trajeron elefantes entre sus regalos, así como piedras preciosas y perlas, considerado su largo viaje para cuyo cumplimiento habían tomado cuatro años, como el mayor tributo que prestaban y, de hecho, su tez prueba que provienen de debajo de otro cielo”.

Las comandancias de Jiaozhi y Rinan en lo que ahora es el norte de Vietnam se convirtieron en el principal punto de entrada a China

El vidrio de alta calidad de las fábricas romanas en Alejandría y Siria fue exportado a muchas partes de Asia, incluyendo a la China de la dinastía Han. 

Otros artículos suntuarios romanos que fueron muy apreciados por los chinos fueron las alfombras bordadas de oro, las telas coloreadas de oro, productos textiles de amianto y biso, un tejido hecho a partir de los pelos similares a la seda de ciertas conchas mediterráneas. 

ROMA Y LA INDIA 

Hubo un indio en el séquito de Octavio Augusto, y él mismo recibió embajadas de la India, una con la que se encontró en España en el año 25 a. C y otra en Samos en el año 20 a. C.

El comercio por el océano Índico floreció en los siglos I y II d. C. Los marineros hicieron uso de los monzones para cruzar el océano desde los puertos de Berenice, Leulos Limen y Myos Hormos en la costa del mar Rojo en el Egipto romano hasta los puertos de Muziris y Nelkynda en la costa de Malabar. 

Los vínculos de comercio directo entre el mar Mediterráneo y la India se establecieron en el siglo I a. C., después de que los navegantes griegos aprendieran a usar el patrón regular de los vientos monzónicos para sus viajes comerciales en el océano Índico. 

El animado comercio marítimo de épocas romanas es confirmado por la excavación de grandes depósitos de monedas romanas a lo largo de buena parte de la costa de la India. Han sido identificados muchos puertos comerciales en India y Sri Lanka, que mantenían vínculos con comunidades romanas, a lo largo de la ruta usada por la misión romana.

Los principales socios comerciales en el sur de la India eran las dinastías tamiles de pandias, cholas y cheras. Muchos artefactos romanos se han encontrado en la India, por ejemplo, en el yacimiento arqueológico de Arikamedu, cerca de la actual Pondicherry. Pueden encontrarse meticulosas descripciones de los puertos y de los artículos comerciales en torno al océano Índico en el Periplo por la mar Eritrea. 

Pomponio Mela escribió eso Quinto Cecilio Metelo Céler, procónsul de la Galia en el año 59 a. C., recibió a varios indios como regalo de un rey germánico. Los indios llegaron a las costas de Germania empujados por una tormenta.

Metelo Celer recuerda lo siguiente “cuando era procónsul de la Galia, recibió del rey de los suevos varias personas de la India; tras preguntar por qué estaban en esta tierra, supo que una tormenta los había traído desde la India, que se habían convertido en náufragos y finalmente llegaron a las costas de Germania. Había resistido al mar, pero sufrieron el frío durante el resto de su viaje, y esa es la razón por la que se abandonaron el barco”.

No está claro si estos náufragos eran personas de la India o de Asia del este, dado que durante la época romana, indio designaba a todos los asiáticos, indios y más allá. Pomponio está usando a estos indios como evidencia del paso nororiental y del estrecho al norte del mar Caspio, que en la antigüedad se solía creer que estaba abierto al océano por el norte. El historiador Edward Herbert Bunbury sugiere que fueran de origen finlandés.


BIBLIOGRAFÍA

Annequn, J. M. Clavel-Lêveque. F. Favory. “Formas de explotación del trabajo y relaciones sociales en la antigüedad clásica”. 1979. Akal. Madrid.
Cruz Díaz-Ariño Gil (1999). “La economía agraria de la Hispania Romana: colonización y territorio”. 1999. Studia historica. Historia antigua.
Molina Vidal, J. “La dinámica comercial entre Italia e Hispania Citerior”. 1997. Universidad de Alicante. Alicante,
Molina Vidal, J. “La irrupción de Hispania en los movimientos socioeconómicos del Mediterráneo Occidental durante las Guerras Civiles”. 2002. Gerión, núm. 20, vol. 1.
Pulleyblank, Edwin G. (1999). “The Roman Empire as Known to Han China”. 1999. Journal of the American Oriental Society.
Weber, M. “Historia agraria romana”. 1982. Madrid.


[1] El garum es una salsa a base de pescado fermentado que se originó en Grecia y Sumeria aunque se popularizó en la antigua Roma.
[2] Las Liburnas: no eran barcos construidos según la costumbre de las trirremes, sino más bien de los barcos piratas, provistos de un espolón de bronce, sólidos y acorazados y cuya velocidad era increíble.
[3] Era una nave de guerra inventada hacia el siglo VII a. C. Desarrollado a partir del pentecóntero, era más corto que su predecesor, un barco con una vela, que contaba con tres bancos de remeros superpuestos a distinto nivel en cada flanco, de ahí su nombre. Los trirremes aparecieron en Jonia y se convirtieron en el buque de guerra dominante en el mar Mediterráneo desde finales del siglo VI hasta el siglo IV a. C. A partir de estas fechas fue desplazado por el quinquerreme, hasta que tras el dominio del Mediterráneo por Roma de nuevo fue utilizado debido a su efectividad por el Imperio romano hasta el siglo IV.
[4] El Imperio parto, también conocido como Imperio arsácida, fue una de las principales potencias políticas y culturales iranias del antiguo Irán. Su segundo nombre proviene de Arsaces I que, como líder de los partos, fue su fundador a mediados del siglo III a. C. cuando conquistó la región de Partia, en el noreste de Irán, por entonces una satrapía bajo Andrágoras, en rebelión contra el Imperio seléucidaMitrídates I expandió el imperio al conquistar Media y Mesopotamia a los seléucidas. En su apogeo, el Imperio parto se extendía desde el norte del Éufrates, en lo que ahora es el centro-este de Turquía, hasta el este de Irán. El imperio, situado en la ruta de la seda entre el Imperio romano en la cuenca del Mediterráneo y la dinastía Han de China, se convirtió en un centro de comercio.
[5] El imperio de Kushan fue un estado que tuvo su máximo apogeo entre el año 105 y el 250 de nuestra era. Este imperio se extendió desde la actual Tajikistan hasta Afganistán, Pakistán y el valle del Ganges, al norte de la India. Este imperio fue creado por la tribu Kushan de la confederación Yuezhi, una población indo-europea del este de la cuenca de Tarim, en la moderna Xinjiang en China, y posiblemente estaban relacionados con los Tocarios. Este imperio tuvo contactos diplomáticos con Roma, Persia y China. Durante varios siglos fue un centro de intercambio entre el este y el oeste.

Historia de la economía romana