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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Con Gaua, Paul Urkijo no solo nos entrega una gran película: se consolida como un autor con un imaginario inconfundible, capaz de construir un universo propio. Su cine ya puede hablarse en términos de estilo: el estilo Urkijo, o, dicho de otro modo, el folclore fantástico vasco.
Al igual que en Errementari (2017) e Irati (2022), donde exploraba leyendas y criaturas del imaginario vasco, en Gaua vuelve a sumergirnos en un mundo de brujas, mitología y tradición profundamente arraigada en la cultura vasca.
Presentada en la Sección Oficial de Sitges 2025, Gaua (que significa “noche” en euskera) nos transporta al siglo XVII, a un pequeño pueblo perdido en las montañas vascas. Allí conocemos a Kattalin, una mujer que huye de su marido, abandonando el caserío en mitad de la noche. Perdida en la oscuridad del bosque y acechada por monstruos ocultos, se cruza con tres mujeres que, mientras lavan la ropa junto al río, comparten cuentos de miedo y habladurías del pueblo.
Rodada íntegramente en euskera, Gaua reflexiona sobre la mentira institucionalizada, el miedo a lo desconocido y el poder religioso ejercido sobre las pequeñas comunidades
Ese es el punto de partida para que Urkijo nos hable de brujas, de leyendas locales y, sobre todo, de mujeres que, al buscar su libertad, fueron juzgadas y condenadas por la Inquisición. Como recordó el propio director durante la presentación de la cinta en Sitges, “seguimos rodeados de pequeños inquisidores que intentan decirnos qué está bien y qué está mal”.
Rodada íntegramente en euskera, Gaua reflexiona sobre la mentira institucionalizada, el miedo a lo desconocido y el poder religioso ejercido sobre las pequeñas comunidades. Urkijo comenzó a escribir esta historia hace cuatro años, y se nota: es un relato madurado, en el que tradición y magia se dan la mano. La película nos recuerda que, a veces, hay que salirse del camino —aunque sea en plena noche— para encontrar la paz y el equilibrio personal. Eso hace Kattalin: en su huida no solo escapa del patriarcado y de la Iglesia, sino también de sí misma.
Gaua habla de prejuicios y de las cadenas que ataban a tantas mujeres en una sociedad oprimida. Y lo hace construyendo una historia maravillosa, con un universo visual e imaginario difícil de encontrar en nuestra cinematografía. Urkijo, también autor del guion, rescata leyendas del folclore vasco, como la de Mateo Txistu, un cura castigado por su obsesión con la caza que vaga eternamente por los montes persiguiendo una liebre junto a sus perros. Se dice que, de noche, aún puede oírse su silbido y el ladrido de sus animales.
Txistu es solo una de las muchas historias que pueblan esta película, que aunque dividida en cuatro capítulos, forma en realidad un gran relato centrado en su protagonista —interpretada por una magnética Yune Nogueiras—. Poco a poco nos adentramos en una narración de misterio donde la noche es la auténtica protagonista y en la que la opresión de la oscuridad se siente en cada plano. Urkijo firma una obra de factura impecable, con una atmósfera densa y opresiva que desemboca en un clímax absolutamente desbordante: un akelarre y un beso negro de brujas que consagran Gaua como una experiencia hipnótica y fascinante.
Si bien Irati (2022) era una película más redonda y ambiciosa, Gaua muestra a un Urkijo más maduro, que condensa su historia en lo esencial y se apoya en un reparto de lujo encabezado por Yune Nogueiras, Elena Irureta, Ane Gabarain e Iñake Irastorza. En definitiva, Gaua es cine, es magia, es tradición vasca. Pero, sobre todo, es la confirmación de que Paul Urkijo es un director diferente, con un imaginario propio y una voz única en nuestro cine.




