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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Arrebato (1979), la emblemática y enigmática película de Iván Zulueta, sigue fascinando y desconcertando 46 años después de su estreno. Numerosos estudios se han dedicado a esta rareza, considerada uno de los hitos más importantes del cine de vanguardia en España, donde se entrelazan, de manera hipnótica, lo experimental, lo onírico y lo obsesivo.
No es fácil acercarse a una obra maestra tantas veces analizada. Sin embargo, El último arrebato, dirigido por Marta Medina y Enrique López Lavigne, sorprende desde el primer momento por la energía arrebatada con la que rinde homenaje al clásico de Zulueta. La película, a medio camino del documental y de la ficción, funciona tanto como un estudio lúcido de la cinta original como una especie de continuación espiritual de su historia. Tras su paso por el Festival de San Sebastián, en la sección Zabaltegi-Tabakalera, donde obtuvo una mención especial, llega ahora al Festival de Sitges dentro de la sección Noves Visions-Sitges Documenta.
Ese es el homenaje que propone El último arrebato: el de una cinta que jamás podremos entender del todo, pero de la que nunca dejaremos de hablar
Aunque se trata de la primera colaboración en la dirección de esta pareja, ambos cuentan con un sólido bagaje cinematográfico. Marta Medina es reconocida por su labor como crítica y guionista, mientras que Enrique López Lavigne ya había codirigido en 2004 El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, junto a Juan Cavestany, además de desarrollar una prolífica carrera como productor. En definitiva, se trata de dos cineastas con muchas horas de amor y pasión por el cine, algo que El último arrebato transmite con intensidad.
La cinta busca desentrañar el misterio de Arrebato y, al mismo tiempo, acercarse al genio torturado de Zulueta. No pretende ser un simple desfile de bustos parlantes repitiendo lo maravillosa que fue la película, sino un retrato personal de las huellas que dejó tras su estreno. Como es sabido, la recepción inicial fue un fracaso rotundo, lo que empujó aún más a Zulueta al abismo de la heroína y la depresión. El último arrebato se aproxima así a un hombre lleno de contradicciones, marcado por sus adicciones y por la dificultad de asumir abiertamente su homosexualidad. De ese cóctel nació una película tan fascinante como enferma, imposible de comprender en su totalidad.
El documental trata de mostrar al Iván más íntimo, aquel que solo conocieron sus amigos más cercanos y que nunca podrá descifrarse del todo a través de su cine. Para ello, Medina y López Lavigne conversan con algunos de los protagonistas de la cinta original y con quienes estudiaron a fondo la obra. Entre ellos, Eusebio Poncela —que participó en este documental poco antes de su muerte, dejándonos su último testimonio—, Cecilia Roth o Marta Fernández-Muro. Uno de los aciertos más notables es la presencia del director Jaime Chávarri, actor en Arrebato y gran amigo de Zulueta. Sus intervenciones son de las más conmovedoras: especialmente cuando, frente a la mejor amiga del cineasta, se enfrenta a la pregunta de por qué no fue capaz de ayudarlo en sus adicciones, incapaz de dar respuesta. Chávarri, aún hoy, vive obsesionado por la película y atormentado por la culpa de no haber sido un mejor amigo.
El último arrebato se mueve entre la verdad y la ficción, en un terreno híbrido e inclasificable. Habla de la carrera de Zulueta, pero también introduce elementos narrativos que remiten a la propia Arrebato, como cámaras que vuelven a vampirizar a sus creadores. Esta dimensión experimental, aunque quizá menos sólida en su resultado final, aporta riesgo y mantiene vivo el espíritu de Zulueta.
En definitiva, nos encontramos con una obra que reflexiona sobre Arrebato y sobre el legado maldito que dejó tras de sí. Fueron muchas las heridas incurables que nacieron durante y después de su rodaje, y aun así, casi medio siglo más tarde, la película sigue sorprendiendo y generando debate. Ese es el homenaje que propone El último arrebato: el de una cinta que jamás podremos entender del todo, pero de la que nunca dejaremos de hablar.



