jueves. 04.06.2026
CINE

‘La sombra de mi padre’: un día en Lagos

Narrada desde el filtro inocente de la infancia, la obra luce en el realismo que destilan sus escenas, así como de la sutileza en la que expone (o elide) cierta información para no entregar una película evidente y subrayada.

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

Todo país entraña una historia digna de contarse, sea de un modo grandilocuente, didáctico o a una escala más pequeña y personal. Por eso, es de celebrar cuando se abren las ventanas de cinematografías menos versadas y uno puede observar a través de ella una porción de vida de su sociedad o realizar un viaje a un pasado desconocido por parte de la cultura hegemónica occidental. La pasada primavera, La sombra de mi padre fue la primera película nigeriana proyectada en el Festival de Cannes en toda su historia y une en su propuesta una trama cercana e íntima con el contexto sociopolítico del Lagos de 1993, inscribiendo la experiencia propia en el ambiente particular y el zeitgeist de un país.

El cineasta británico-nigeriano Akinola Davies Jr. se estrena en el largometraje filmando un guion, escrito junto a su hermano Wale, en el que rinde un homenaje sincero y sin afán de hagiografía a su padre. Esta semibiografía presenta a su progenitor como lo que era, un trabajador común, con sus luces y sombras sin tapujos, mediante el cual el entorno social del momento queda definido. Recluida en el lapso del tiempo de un día, la película captura una jornada en la que los dos hermanos son cuidados un padre ausente que trabaja lejos de casa, a quien reclaman constantemente su atención. Por necesidades laborales de Akinola padre, los tres viajan a la ciudad de Lagos con el fin de solucionarlas, así como para efectuar varias visitas, lo que da pie a distintas viñetas que contribuyen al retrato costumbrista de la zona en el período convulso de las elecciones presidenciales de 1993, que marcaron la entrada en democracia de la Nigeria contemporánea, tras más de una década de régimen. En esas semanas, había redadas y actuaciones militares abusivas contra los civiles, de los que se oye su eco en la trama del film.

Aunque haya dolor y algo de añoranza, Davies logra arrojar luz y vitalidad a un film en el que, además, sobresale su trío interpretativo principal

Narrada desde el filtro inocente de la infancia, la obra luce en el realismo que destilan sus escenas, así como de la sutileza en la que expone (o elide) cierta información para no entregar una película evidente y subrayada. Desarrollada de forma orgánica, estéticamente cuidada -hay secuencias en la playa que remiten al mismo Barry Jenkins de Moonlight (2016)-, únicamente se echa en falta algo más de vigor a una trama que uno puede deducir hacia dónde avanzará y que no se diferencia especialmente de otras propuestas que recurren a la memoria personal y colectiva.

Aunque haya dolor y algo de añoranza, Davies logra arrojar luz y vitalidad a un film en el que, además, sobresale su trío interpretativo principal. Los hermanos Godwin y Chibuike Marvelous Egbo respiran autenticidad en la reencarnación de los Davies, pero es Sopé Dìrísù quién llena la pantalla en la complicidad que teje con sus hijos cinematográficos, demostrando el buen ojo del director a la hora de componer el casting. La sombra de mi padre supone una ópera prima en la que se aprecia notablemente todo el potencial y aplomo de Davies como orquestador, deviniendo una aportación sincera al cine de la memoria y a la desnudez personal que es tendencia en muchos cineastas actualmente. Y, lo más importante, una abertura viva a un lugar del mundo habitualmente opacado y que es absolutamente importante que el cine nos descubra.

‘La sombra de mi padre’: un día en Lagos