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Aleix Sales | @Aleix_Sales
Aprovechando el estreno de Balandrau, viento salvaje, ópera prima de Fernando Trullols sobre la tragedia en la montaña del mismo nombre en el año 2000, nos recibe Marc Martínez, quien encarna a Siscu, el líder de la operación de salvamento. Con 60 años a sus espaldas, el actor nos desgrana su trabajo en el film, así como aprovecha para hacer un sincero balance de una carrera ecléctica, con la que ha llegado a un envidiable momento de paz.
¿Cómo aterrizaste en el proyecto?
Yo llegué porque soy amigo de Fernando (Trullols, el director), con quien he trabajado varias veces. Hemos compartido muchos momentos en familia, muchas paellas, partidos de fútbol… Él consideraba que tenía que llevarse a su familia a este proyecto, y él me considera parte de su familia. Cuando le dieron el proyecto me lo contó muy emocionado y me dijo que yo haría eso con él. Previamente con él ya había hecho las series Hache (2019), que fue de lo primero que asumió como director; luego Cucut (2022), La Academia (2024)... Trabajábamos muy bien junto, había tanta química que nos enamoramos y nos hicimos amigos muy íntimos.
Cuando me lo propuso le pregunté si de verdad quería que yo hiciera este papel, porque la primera versión del guion era algo distinta. Ha habido como ocho versiones. Le pregunté esto no por falta de confianza, porque soy una persona con los pies en la tierra, llevo toda la vida haciendo esto y estoy muy tranquilo. Lo preguntaba más por la industria, ya que pensaba que era un papel más para Sergi López, que es muy amigo mío, o Luis Tosar, a quien admiro profundamente. Dos grandes referentes. Pensaba que era de una gran entidad y grueso, con lo cual, a pesar de que Fer me lo propusiera, creía que las productoras me acabarían desestimando.
El personaje es bonito pero, sobre todo, es arquetípico. Y esto tiene una potencia multiplicadora, la cual hace que, si yo estoy mínimamente potable en mi interpretación, el efecto sea mayor
Pero no, él insistió en que lo haría yo. Entonces el personaje se fue colocando, o recolocando, en un sitio en el que ya me veía más. Me costó creérmelo, pero al final sí. Además, desde que me lo propuso hasta que se hizo fue un proceso muy largo. Muchas veces me han dicho que se haría una película, y no se ha hecho. O dicho que un día trabajaría con alguien, y no hemos trabajado juntos. Con Fer éramos uña y carne, y la hemos acabado haciendo. Y, sin ser del equipo de casting, él me ha consultado algunas veces pidiendo mi opinión sobre quién podría hacer tal o cual personaje.
Has dicho que el personaje se acabó poniendo en su lugar. ¿Cambió mucho desde la primera versión?
Su esencia no, porque Siscu es él: Siscu Carola. Pero en las primeras versiones había un enfoque distinto, porque también se mezclaba la trama de Siscu con la de la muerte de su padre, que es lo que pasó en realidad. Pero al final quedaba un guion con demasiados frentes abiertos y se decidió acotar más. El trabajo de reescritura consiste en eso, en sintetizar y que menos personajes aglutinen todo el sentimiento, todas las acciones y el texto. Escribes, borras una palabra y a la mañana siguiente vuelves a poner la palabra que has borrado. Por eso, mi personaje ha asumido alguna frase que habría dicho otro personaje en la vida real.
El personaje es bonito pero, sobre todo, es arquetípico. Y esto tiene una potencia multiplicadora, la cual hace que, si yo estoy mínimamente potable en mi interpretación, el efecto sea mayor. Aparte está el éxito de la película en sí, porque cada vez que salgo del cine y encuentro la mirada del espectador, algo ha cambiado. Yo soy el mismo, hace 40 años que hago el mismo trabajo, he ido aprendiendo y me he ido ajustando. Pero ahora la mirada que recibo del espectador es por allí, porque Siscu es muy grande. Tiene una entidad, una potencia, que la gente me toca la espalda y me dice “gracias, Siscu”. El otro día Álvaro (Cervantes), hablando de mí y de mi personaje, decía que tenía un aire a Clint Eastwood. Y yo le pregunté cómo podía decir eso. (ríe) Algo así ya me pasó con Tierra y libertad (Ken Loach, 1995).
¿Qué pasó en Tierra y Libertad?
Es la película más importante que he hecho en mi carrera. La hice cuando tenía unos 28 años, hace 32 años. Yo interpretaba al capitán Vidal, pero representaba muchas más cosas, y más en un episodio tan importante como la Guerra Civil. Emocionalmente era un tsunami. Era un actorzuelo de veintipico años al que le tocó la lotería, ya que Ken Loach me cogió después de un casting para interpretar a este personaje: un hombre culto, con estudios, de buena familia, que habla francés, respetado… Pero yo no soy así y, como en este caso, notaba que iba más allá de lo que había interpretado. Pocas veces me ha pasado.
¿Es porque se trata de historias basadas en hechos reales?
Sí, pero también por el sentimiento colectivo. Porque tú sumas junto a otras personas. He interpretado a muchos personajes así, con mucha fuerza, intensidad, determinación… También he hecho malvados. Ahora mismo he rodado la serie Ravalejar (Pol Rodríguez, 2026), en la que encarno a Aitor, y a la gente le petarán las neuronas, porque no pueden ser más diferentes él y Siscu. Me gusta caracterizar.
Es la gracia para los actores, ¿no?
Para mí, sí, pero hay otros actores a los que no les gusta y tienen una franja de personajes donde se sienten cómodos y no les gusta salir de allí. A mí me gusta salir. Cuando me he prodigado más -ahora vivo más que trabajo- siempre he mirado de qué iba el proyecto, los compañeros, qué opinamos sobre el tema… Esto me había llevado a decir que no a algunos proyectos porque no me interesaban. Ahora, en este caso, el personaje era un regalo y yo ya sabía que esto era un regalazo. Una suerte el haber conocido a Fer y haber podido acceder a un proyecto tan rico a nivel artístico y humano. Y creo que me permitirá reengancharme a la profesión desde esta parte del sector audiovisual. Es una industria complicada y, si no estás allí, cuesta más. Si a la película le va bien y mi trabajo está bien, puedo volver a estar en órbita.
Es que es un caramelito de personaje. Volviendo a Siscu, desgraciadamente, para preparar el personaje no pudiste hablar con él, ya que nos dejó. ¿Cómo preparaste el personaje? ¿Hablaste con la familia?
Siempre que he representado a una persona real he intentado trabajar con lo que teníamos. Siscu murió en enero de 2024 y empezamos a rodar en febrero del 2025. Entonces me pregunté qué teníamos para trabajar, y recurrí a sus amigos. Hablé con Jacint y Vicenç, amigos que lo acompañaron durante muchos años y que también salen en la película. Es un homenaje a ellos, que son bomberos voluntarios, pero también carniceros. Fue bonito porque subimos Fer y yo con ellos al Balandrau. Ellos me miraban y me decían que era Siscu. Hablé mucho con ellos y me ayudaron con el guion, el texto, las emociones. Fer me dio carta blanca para cambiarlo todo. Solamente hubo una cosa que no me dejó, y que me dijo su hijo, Bernat, y es que Siscu renegaba continuamente. Yo también lo hago un poco. A Fer no le gustaba esto y yo hago caso al director. No como cuando tenía 30 años, que me habría peleado con él. Yo le decía que aquí Siscu soltaría un “collons, la puta que el va parir”, pero no lo incluimos. Bernat, su hijo, me comentó que este uso del lenguaje era muy de antes. Para mí, si yo fuera el autor, esto sería muy importante, porque es una marca del contexto de la época, la sociedad, la masculinidad de entonces.
En este aspecto del contexto, hice un aporte a Fer. Estábamos en una casa en Camprodon tres días, documentándonos y mirando fotos. Observándolas, me fijé que no había ninguna mujer entre el equipo de salvamento. Entonces, esto ilustra la época, ya que en ese momento había pocas mujeres en estos ambientes. Afortunadamente, ahora la cosa está más equilibrada.
Esto también es una cuestión de verosimilitud.
Otra cosa divertida al respecto es que yo entraba en las tiendas del pueblo, Camprodon, y me reconocían como actor. Y todos me preguntaban si era el que hacía de Siscu. Lo preguntaban porque Siscu era bajito, y yo le sacaba una cabeza. Pero a Fer no le importaba eso, ya que él valoraba que yo tenía su espíritu. Su hijo Bernat me dijo que su madre no habría soportado que fuera a parecerme a Siscu. Siscu tenía un problema de estrabismo y miraba de un modo muy particular. Lo incorporé primero a mi interpretación, pero lo acabé quitando. También pensé en afeitarme la barba o engordar 10 kilos para parecerme más a él, pero al final, conforme se acercaba el rodaje, lo acabamos descartando.
En las tiendas, cuando sabían que haría de Siscu, más de una persona me preguntó si fumaba. Porque Siscu fumaba muchísimo. Otra característica más de aquellos tiempos. También lo eliminamos de la película, porque el film no es la historia ni la vida de Siscu.
Con Jan Buxaderes tienes esa doble relación padre-hijo y maestro-discípulo. ¿Cómo tejistéis esta relación?
Desde el casting. Cuando quedaban 5 o 6 actores entré a hacer las pruebas con ellos. Piensa que entre ellos estaba mi propio hijo (León Martínez). Pero antes de la fase final, lo solucionamos en casa. Yo le pregunté si quería hacer esta película, pero él me dijo que no se terminaba de ver en este personaje. Le dije que me parecía bien y lo matamos. Yo no quería que se agobiara y, cómo no veía claro lo de la montaña y tampoco se veía muy en el personaje, nos pareció bien.
Volviendo a Jan, cuando quedaban 5 o 6 actores me pidieron venir a hacer improvisaciones de algunas secuencias. La mayoría de los chicos que quedaban eran alumnos míos. Íbamos probando con cada uno y Fer me preguntaba si me gustaban o no. Con Jan fue muy divertido, aunque le metí mucha caña. Las secuencias escogidas no las había elegido yo, pero eran difíciles. No muy complicadas, pero de un nivel para poner el listón actoral en la excelencia. Teníamos que testar emociones como el dolor, el amor, la rabia… Pasamos la secuencia y luego improvisamos. Y en la improvisación fue donde vi la mejor reacción de todos ellos. Se relacionaba muy bien conmigo, desde un lugar muy auténtico, muy de hijo.
Una de estas reacciones fue que él estaba en el texto y yo le preguntaba si me escuchaba cuando le hablaba. Él no lo hacía porque estaba en el texto. Entonces, le pregunté cómo iba vestido así. Lo cierto es que Jan se había arreglado bastante para la prueba, iba muy guapo. Yo, como Siscu, le preguntaba dónde iba así vestido, ya que una persona no iría así a la montaña. Yo salía de la secuencia propiamente para ponerlos a prueba, lo hice con todos. A Fer y a mí nos gustó mucho, porque su reacción fue muy verdadera. No reaccionó desde el texto, sino desde la naturalidad. Se excusó. Por todo esto, el papel fue suyo.
Esta relación entre vosotros queda bien plasmada.
Tiene una mirada muy bonita y un corazón enorme, como Fer.
¿Qué esperas de la película?
Todo y nada. Después de 40 años de profesión, yo estoy muy feliz y me va bien en la vida. En la carrera, he pasado por todos los sitios. Y mi eslogan sería “pero nunca pasa nada”. Y esto sería una filosofía de vida. Sobre todo, en relación a este curro, que es maravilloso, pero también tiene una cara oscura: la industria, el éxito, el dinero… Tengo la suerte que vengo de una familia muy bien amueblada, hago broma porque mi padre hacía muebles. Lo dicho, que tengo de mi familia una base muy buena, me educaron bien, eran trabajadores muy humildes. Cuando empecé a trabajar y empecé a triunfar -en el sentido que me iba bien, ganaba dinero y recibía buenas críticas-, mi padre ya me decía que no me subiera.
Hasta los 30 años estuve 15 años sin parar y no sabía que era dejarlo. Siempre trabajaba, tenía proyectos, no tantos como Eduard Fernández (que era mi mejor amigo), pero tuve esta suerte. Después paré un poco.
Voluntariamente.
Preferí no renunciar a cosas de la vida que, de haberlo hecho, me habrían llevado probablemente a más éxito
Sí, tuve una crisis, aunque siempre he tenido el coco bastante bien. Sin necesidad de mucha terapia, he tenido esta capacidad para autoregularme. Tuve esta capacidad de decir “basta”. Basta de dinero, basta de viajar, basta de no estar con la familia. Prioricé tener una familia, hijos, un huerto... Mis compañeros se preguntaban por qué paraba ahora, en mi momento de plenitud. Había llegado a una cuota de popularidad que me había explotado en las manos. Luego vinieron unos años de crecimiento personal muy guays, y así nació el Marc de ahora. Empecé también a dirigir teatro, que tenía muchas ganas. A partir de allí, volví a reengancharme como actor. Mi carrera fue eso: éxito, parón, reenganche. Cuando hice el parón, la gente me preguntaba en qué trabajaba. Siempre por trabajo, nunca por cómo estaba. Y yo no soporto a estas personas a las que solamente les interesa el trabajo, la productividad. Hay más cosas en la vida, y no me preguntaban por ellas. Quería explicar que estaba cuidando de mi familia, plantando un huerto con tomateras… Esto también es hacer algo, además de trabajo. Me dediqué a escribir, a la poesía, a la música, a mis canciones… Y volví.
Cuando me preguntas qué espero, yo ya conozco este oficio. ¿Que con la película no pasa nada? Perfecto. ¿Qué va muy bien? Fantástico, por eso lo espero todo. No es fácil llegar a este punto, pero tengo ya 60 tacos. Pero yo me lo he pasado tan bien haciéndola que si no pasa nada, da igual, porque ya estoy satisfecho. Si va bien y me dicen que esta película me llevará luego a hacer un determinado papel con otra persona, pues fantástico, estoy listo para ello. Y si no lo hago, también estoy preparado para el fracaso, porque ya he pasado por ello. Trabajo cada día con actores y lo peor que hay es este deseo de triunfo, ya que genera ansiedad. Más hoy en día, que todo va muy rápido: el éxito, el dinero, la notoriedad… Un día tienes pocos seguidores, haces una serie en Netflix y llegas a 3 millones. ¿Tú crees que alguien con 20 años puede gestionar eso? Ya te digo yo que no. O es una persona muy bien acompañada, o es pasto de terapia. Yo, por suerte, me ahorré esto porque venía de una familia muy centrada, como te he dicho. Mi padre me aconsejaba que desconfiara de todo el mundo, porque hoy puede ser blanco y mañana que no te hagan ni caso. Esto me fue muy bien. Me hice mayor y decidí dejar de perseguir la zanahoria. Escogí la vida al trabajo. Preferí no renunciar a cosas de la vida que, de haberlo hecho, me habrían llevado probablemente a más éxito.
Ahora la industria es muy potente. Cuando empecé, aquí prácticamente no había industria. Yo fui chico Ventura Pons y lo hacíamos con un zapato y una alpargata. Ahora la industria tiene voz propia, más medios, y si me quieren en ella, perfecto. Si no, tengo otras tareas.
¿Hay algo más que te gustaría?
Me gusta mucho poder escoger. Con la boca grande, me gustaría tener 3 posibles proyectos y elegir uno porque me apetece. Aunque si tengo uno, hago como Fernando Fernán Gómez, que decía “vamos a hacer la otra”. Y su representante preguntaba “¿qué otra? ¡Si no hay otra!”. Y Fernán Gómez decía “pues vamos a hacer esta”.
Estás en un punto mental al que mucha gente le gustaría llegar.
Esta es una de las cosas chulas de hacerse mayor. Desde que no puse el trabajo por delante, soy más feliz. Y el coaching de actores, ciertamente, es mi verdadera vocación. Si no sale nada, yo siempre tengo mono de ir a hacer de coach.




