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Fran Nieto
El director y guionista Diego Céspedes emplea tropos típicos del cine queer o LGBTQ+ en La misteriosa mirada del flamenco. La familia, específicamente la búsqueda o creación de nuevas familias independientes de los lazos de sangre, pero basada en el sufrimiento y la soledad compartidos, es uno de los temas más comunes en el cine queer. El pequeño pueblo minero chileno sirve como analogía representativa de un mundo de la década de 1980 en el que la homosexualidad y la identidad transgénero no solo eran extrañas para muchos, sino sobre todo resultaban aterradoras. La ignorancia y el sensacionalismo llevaron al ostracismo absoluto de la comunidad LGBTQ+ en el apogeo de la epidemia del sida en la década de 1980, un grupo social que, entonces como ahora, ya enfrenta prejuicios, hostilidad y discriminación social.
En un pequeño pueblo minero chileno, en los ochenta del siglo pasado, las infecciones de una nueva enfermedad inexplorada van en aumento. A medida que aumenta el número de muertes, las mujeres transgénero del pueblo se convierten en el blanco de los mineros. Se les acusa de conquistar a los hombres con solo mirarlos a los ojos, contagiándolos así con "su" enfermedad. A medida que las medidas para combatir la epidemia se vuelven cada vez más drásticas, es Lidia (Tamara Cortés), de 12 años, la única hija de la comunidad transgénero, quien se encarga de descubrir la verdad sobre la misteriosa enfermedad.
La película funciona como un comentario abstracto sobre la epidemia del SIDA de la década de 1980
La película presenta esta cruda realidad mediante un estilo surrealista y realista mágico. La alegoría del SIDA es evidente en el contexto de la trama, aunque nunca se menciona explícitamente. Tiene el mérito de conseguir visualizar una enfermedad misteriosa y mortal, supuestamente transmitida por el amor de un hombre heterosexual por una mujer transgénero. Los recursos estilísticos mencionados funcionan especialmente bien desde la perspectiva de la protagonista, una niña recién aterrizada en la adolescencia. El personaje de Lidia combina la ingenuidad infantil con cierta audacia y valentía. En su búsqueda de respuestas, los límites entre la fantasía y la realidad se difuminan en su mente infantil. Esto le confiere a su personaje en ocasiones un tono casi de cuento de hadas, que también se refleja en la trama de las fábulas contadas por los aldeanos.
Más allá de su enfoque estilístico, La Misteriosa Mirada del Flamenco aborda, por un lado, la homofobia nacida del miedo y la ignorancia, y por otro, el amor, la empatía, la solidaridad y la humanidad. De este modo, la película funciona como un comentario abstracto sobre la epidemia del SIDA de la década de 1980 y, a pesar de todo, sigue siendo relevante y actual en los tiempos de iluminación médica de la década de 2020 con respecto al SIDA.
El elenco queer ofrece una interpretación cercana a la realidad sin igual
A pesar de las ocasionales debilidades en la estructura narrativa y el ritmo, nos hallamos ante una película que transmite con eficacia su mensaje cargado de emotividad. El elenco queer ofrece una interpretación cercana a la realidad sin igual. Matías Catalán como Flamenco y Paula Dinamarca como Mamá Boa, en particular, crean con naturalidad un retrato auténtico de una familia de conveniencia que, gracias a su profundo vínculo emocional, se convierte en mucho más que eso. A pesar de un personaje con algo menos de profundidad, Tamara Cortés como Lidia resulta tan cautivadora como sus colegas.
En definitiva, a través de su realismo mágico, este encomiable trabajo dirigido por Diego Céspedes, en el que es su debut en el terreno del largometraje, transmite visualmente la magia de su propio mensaje emocional y entrelaza tropos típicos del cine queer, como la exclusión, la familia y la empatía, en una conmovedora experiencia cinematográfica.



