‘El mago del Kremlin’: poca magia para tan apasionante recorrido
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Aleix Sales | @Aleix_Sales
Entre dramas familiares intimistas y obras sobre artistas en crisis, Olivier Assayas hace de vez en cuando incursiones en el thriller político con el que demuestra su polivalencia y deja entrever sus inquietudes ante un mundo que siempre está en declive. Lo hizo con la aclamada miniserie Carlos, sobre el terrorista Ilich Ramírez Sánchez (pieza célebre en la Guerra Fría), o en la irregular La red avispa (2019), que abordaba las infiltraciones en brigadas anticastristas en la Cuba de los 90. Tomando el pulso a parte de la agitadísima actualidad internacional, el cineasta galo cuenta el ascenso y mantenimiento hasta día de hoy de uno de los hombres más poderosos e implacables del mundo: Vladímir Putin. Pero el presidente ruso es tratado como un personaje secundario, muchas veces ausente, ya que el punto de vista de la narración pertenece a Vadim Baranov, un trasunto ficcionado de su asesor político.
El mago del Kremlin es un Assayas funcional que se sostiene por lo apasionante de su trama y la presencia de sus intérpretes
El mago del Kremlin adapta la novela homónima de Giuliano Da Empoli, consultor político, que se inspira en la figura de Vladislav Surkov, el hombre a la sombra de Putin, desde sus tiempos en Moscú como director teatral vanguardista, su paso como productor de televisión que le valió el acceso a las élites y su entrada en el gabinete de Putin con el fin de construir la imagen querida de la Rusia contemporánea. La película de Assayas es un repaso didáctico a esta trayectoria del líder ruso vista desde su entorno, que suscita interés informativo para todo aquel que la desconozca, pero la voluntad de abarcar tres décadas en dos hora y media causa que no trascienda el contenido de un artículo de Wikipedia y su valor cinematográfico se debilite. Pasa demasiado de puntillas por varias situaciones y carece de cuerpo para generar una tensión sostenida en las escenas, así como ahondar más en sus personajes, ya que está todo el rato pendiente de avanzar al siguiente momento clave. El montaje de la película, francamente una árdua tarea, se estructura en varios episodios enlazados de forma poco orgánica mediante el uso de un perezoso fundido a negro, evidenciando que el material demandaba un desarrollo más extenso en formato de miniserie con el que, precisamente, profundizar más allá del hecho y mimar la construcción dramática. Aunque el contenido es concentrado y todavía logra que la propuesta resulte entretenida, lo jugoso del relato no muta en el film vibrante que debería ser por el parco tratamiento emocional y vagas pinceladas psicológicas. Es una película sumamente racional y expositiva en la que todo queda verbalizado, pero le falta más sangre en las venas y una ambición artística mayor.
De hecho, esto último supone una ligera decepción viniendo de Emmanuel Carrère, que novelizó la vida de Eduard Limonov, la cual posteriormente el cineasta ruso Kirill Serebrennikov llevó al cine en Limónov (2024), apostando por un acercamiento menos formulaico del que, tal vez, debería haberse impregnado un poco más. En contrapunto a la caracterización básica del guion, está un reparto correcto que aporta más matices que los que el texto ofrece, con un frío Paul Dano a la cabeza que consigue establecer una cierta empatía con el espectador y una Alicia Vikander que recupera su magnetismo en pantalla. Es, pero, Jude Law quien exprime más sus instantes en pantalla con su encarnación de Putin, inflexible y regio sorteando la caricatura. El mago del Kremlin es un Assayas funcional que se sostiene por lo apasionante de su trama y la presencia de sus intérpretes, pero no invoca a la magia del título al no dar espacio suficiente para que ésta aflore por encima del dato, potenciando la dimensión humana de sus personajes.