Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Aleix Sales | @Aleix_Sales
En una mañana de invierno barcelonés con unas temperaturas algo por encima de la media, después de días de viento y en contraste a las bajas temperaturas con las que ha rodado, charlamos con Fernando Trullols, director de Balandrau, viento salvaje. Una recreación del dramático suceso en la montaña del título el 30 de diciembre del 2000, que se saldó con 10 víctimas y un único superviviente, componiendo una de las mayores tragedias en el alpinismo catalán. El cineasta nos habla del proceso de producción de la película, así como de la razón de ser de un film que busca arrojar luz en plena la ventisca.
Aleix Sales | ¿Cómo llegaste al proyecto?
Fernando Trullols | El proyecto es un encargo de Tono Folguera y Guille Cascante, que habían estado detrás del documental (Balandrau, infierno helado, 2021), de hace unos años. Ellos tenían la sensación que se tenía que explicar algo más, que había más para averiguar que merecía la pena compartir. Inicié un periplo largo junto a Danielle (Schleif, guionista), entrevistando a un montón de gente de muchos sitios, ligada a los hechos del Balandrau: familiares, voluntarios, bomberos… Intentando averiguar esto, salió la película. Yo pienso que es un gran acto de amor, con toda la humildad, y de respeto para dar testimonio de lo que fueron esas personas y su filosofía de vida tan bonita, gente tan conectada, tan humana… Siempre digo que esto va gente preciosa que va a la montaña, les engancha una tormenta terrible, y otra gente preciosa sale a buscarlos, también hay gente preciosa que los espera… Es un canto a la vida.
También ilustra el sentimiento de comunidad y de ayuda. ¿Trabajaste este sentimiento de comunidad con el equipo de alguna forma en concreto?
Necesito que todo el mundo entienda desde donde hacemos la película: como un acto de recuerdo y homenaje
Lo primero que hice fue subir al Balandrau, e hicimos una pequeña ofrenda. Llevaba flores, que llevo siempre a cada pase que hacemos estos días. Esta ofrenda es para pedir permiso, ayuda, coraje, fuerza… Teníamos que tener claro para quien hacíamos esta película, y desde donde. Primero subí yo sólo con mis amigos, luego con parte del equipo. Hicimos un minuto de silencio muy sobrecogedor. También lo hicimos el otro día en el pase en Camprodon, y lo haré el día del estreno, porque necesito que en esta última etapa (que llegará a completar el círculo con el público), todo el mundo entienda desde donde hacemos la película: como un acto de recuerdo y homenaje. Lo mágico es que era gente normal y corriente.
Tú ya tienes una trayectoria en cortometrajes y en series, pero es tu primer largometraje. Es una ópera prima atípica, porque es una película de mucha envergadura a nivel logístico. No obstante, pasaste muchísimos años como ayudante de dirección al lado de directores de renombre, en producciones variadas y de escalas distintas. A la hora de asumir el proyecto, ¿has incorporado alguna enseñanza de la gente con la que has trabajado?
Es una suerte haber podido aprender de tantos directores, desde Luís García Berlanga hasta Juan Antonio Bayona, que fue el último director con el que asumí este rol de ayudante. Luego pude dirigir muchas segundas unidades de acción, y ya pasé a las series. Ha sido una suerte, porque esta película no la podría haber hecho si estuviera empezando, ni a mediados. Balandrau llegó cuando llegó, y al asumirla me dije que lo daría todo. Me llevé a mi familia, pero también a otros compañeros que son como mi familia, como Álvarito (Álvaro Cervantes), que es mi hermano pequeño; o Marc Martínez, que es mi hermano mayor. Sabía que tenía que rodearme de gente tan comprometida como yo, que a veces no es fácil seguirme, ya que tengo mucho ímpetu. Las centenares de personas que han trabajado en la película han cuidado mucho lo que tenían que hacer.
¿Qué es lo que más te costó de hacer de la película? ¿Ha sido más el reto técnico de rodar la montaña o abordar la vertiente íntima de los personajes?
Es un honor poder haber hecho esta película y mandar al mundo una historia con tantos valores humanos
No sabría decirte, yo creo que ha sido tener que confiar en todos los momentos porque ha sido un proceso muy largo, 3 años en los cuales en algún momento he estado a punto de caer. Y mira que nunca he caído. Pero la película me ha enseñado mucha humildad al respecto. He estado en el hospital, agarrando la mano a mi padre y decirle que no sé si podría hacer eso. Ha sido confiar todo el rato, pero no olvidarse de disfrutar, porque esto es una celebración. Tenemos que estar orgullosos y celebrar el oficio. Cada reto tenía su miga. La ventisca, por ejemplo, la rodamos bajo la consigna que la gente lo viviera. Esto es lo que pedía Josep Maria (el único superviviente de la tragedia), que la gente entendiera cómo fue esa tormenta. No obstante, el hacer una película de personas y acercarnos a ellas también tuvo su aquél. Como padre, hijo, amigo, hermano -que he perdido dos hermanos en mi vida-, he tenido mis “Balandraus” como ellos, lo cual me ha ayudado a identificarme con ellos y comprenderlos. Los personajes me han enseñado el lado de la luz. Es un honor poder haber hecho esta película y mandar al mundo una historia con tantos valores humanos.
Y para hacerla te has rodeado de mucha gente con la que ya habías trabajado anteriormente, tanto en el reparto como en el equipo técnico. ¿La elaboración del casting se hizo a través de peticiones tuyas?
Fue un proceso muy bonito con Irene Roquer. Tenía claro que tenía que irme a la montaña con gente que fuera familia y estuviera comprometida. También pensaba, además, que los actores y actrices tenían que ser dignos de representar cualquiera de las personas que estuvieron allí, porque todas ellas tienen su vertiente real, familias que les quieren. Esto lo queríamos cuidar hasta el último detalle. Con Irene comentaba que el film trataba de encender la luz, y necesitaba gente que hiciera ello. Alvarito, que lo conozco desde que tiene 17 años, es una persona que ha venido a encender la luz. Es un faro. También lo tienen Jan Buxaderas, Marc Martínez… Toda la gente de la película tiene esta energía. Luego están los hallazgos que hicimos como, por ejemplo, Bruna Cusí, que al final solamente ella podía hacer así este papel. Un papel que tiene la llave del mensaje clave de la película.
Dices que los actores tenían que ser dignos por la responsabilidad de encarnar personas reales. ¿Diste alguna directriz al respecto sobre cómo tenían que abordarlos?
Hicimos mucha investigación, hablamos con todo el mundo posible que había tenido relación con los hechos para entender los antecedentes. Con Aida de Sàrraga, amiga íntima y coach de actores, trabajamos todos los precedentes, historias, y lo pusimos al alcance de los actores y las actrices. Con esta base, queríamos ver cómo resonaba con su sensibilidad. A nivel técnico, también nos asesoraron expertos en hipotermia, esquiadores de montaña, supervivientes de todo tipo, para ser conscientes del movimiento más técnico. Fue bonito porque era ir aprendiendo, como en una escuela, que te prepara para el rodaje, el momento en que importa que pasen las cosas de verdad frente a la cámara. La directriz ha sido cómo descubrir juntos que teníamos que hacer esta película, qué teníamos que contar.
¿Qué esperas que cause la película?
Es lo que quería Josep Maria: llevar a sus compañeros siempre en el recuerdo, que se les tenga en la cabeza a ellos y a su filosofía de vida
Necesito que la gente le dé una oportunidad y le abra el corazón a la película. El film pide que vayas con el corazón abierto, pero también que uno se abra a una experiencia que seguramente será muy dolorosa, pero que también conlleva mucha luz, que es parte de la vida. Seguramente conectará con momentos muy íntimos y personales de cada uno, así como contribuirá al recuerdo de esta gente. Es lo que quería Josep Maria: llevar a sus compañeros siempre en el recuerdo, que se les tenga en la cabeza a ellos y a su filosofía de vida.
Hace 25 años de los hechos del Balandrau. En una industria más rodada como la estadounidense o la inglesa, esta película se habría filmado antes. Cuando el suceso pasa, ellos en 5 años ya han hecho la película. Aquí entiendo que ha habido un proceso de digestión del tema por parte de los implicados, pero también porque la industria catalana está en un momento más óptimo para asumir producciones de esta envergadura más sostenidamente.
La llegada de Balandrau a la industria es como me ha llegado a mí en la vida: parte de un gran misterio. Nos ha pillado en un momento que supongo que todos podíamos aportar lo máximo. A nivel técnico, Catalunya ahora mismo es un sitio espectacular, con muchísimos técnicos trabajando en producciones locales e internacionales enormes. Por su parte, Josep Maria siempre ha ido contando su historia desde el principio, y Jordi Cruz, el autor del libro 3 nits de torb i 1 cap d’any, que recoge el suceso, hizo un trabajo increíble que nos ha servido de Bíblia. Ha sido una pequeña suma de acciones bien encaminadas las que nos han traído aquí.
El mandamiento de los que nos miran desde la montaña es vivir. Esto es lo que hemos hecho
También ha influido que todos tuviéramos la suficiente madurez, respeto y compromiso para explicarlo así. Coincide, además, en un momento en el que el mundo está muy oscuro, marcado por la soberbia del ser humano y momentos de la naturaleza extremos que no entendemos. Lo que sigue vigente es la gran lección que dieron, cómo se ayuda en tiempos de dificultad, una cosa que jamás pasará de moda. En instantes de máxima dificultad, la respuesta visceral es el amor. Ha sido una de las enseñanzas que me he llevado rodando la película. Los bomberos me decían, con naturalidad y entre risas, que hacía demasiadas preguntas. Nosotros nos planteamos preguntas que ellos ni se habían hecho, porque nosotros teorizamos y ellos actúan directamente, en beneficio de otro.
El ímpetu de los bomberos y los voluntarios se refleja mucho en la película.
Los voluntarios no conocían a la gente perdida. Estaban comiendo el día de año nuevo, se enteraron, se levantaron y se fueron a la búsqueda. Es admirable.
Balandrau contribuye a contar nuestras propias historias, que también tenemos de muy fuertes.
Y entender que la vida no termina en el momento de la muerte. Esto lo decía Javier Marías: la gente muere, pero el legado continua. Las familias siguen llenas de vida, han vuelto a la montaña, como Josep Maria, quien formó una familia y tiene dos hijas maravillosas. El mandamiento de los que nos miran desde la montaña es vivir. Esto es lo que hemos hecho.




