domingo. 14.07.2024

Cristina Rosales García | @cristinagaros_

Tras su estreno en Cannes y Sitges, el pasado sábado se proyectaba en la 33 edición del Fancine de Málaga el primer largometraje del francés Stéphan CastangVincent debe morir, una película sobre la naturaleza de las relaciones humanas contemporáneas camuflada por una aparente violencia gratuita. La historia sigue los pasos de Vincent (Karim Leklou), un hombre mundano en plena crisis de los cuarenta que no puede evitar irradiar cierto patetismo en su manera de deambular por el mundo. Lo que viene siendo un antihéroe en toda regla. A pesar de tener todas las papeletas para ser completamente invisible a ojos de la sociedad, de la noche a la mañana se convierte en el objetivo de aquellos con quienes se cruza. Desde el nuevo becario de su empresa hasta un vagabundo de la calla a quien no había visto nunca, absolutamente todos al intercambiar una mirada con él entran en una especie de trance dantesco durante el cual su único objetivo es matarlo. Y no me malinterpretéis, la cara del actor invita a alguna que otra torta, pero ¿por qué todos odian a Vincent hasta el punto de querer acabar con su vida? ¿De dónde nace tanta brutalidad?

Una película sobre la naturaleza de las relaciones humanas contemporáneas camuflada por una aparente violencia gratuita

El brote de violencia que el protagonista parece despertar en la gente lo obliga a exiliarse en la casa de campo familiar, apartado de la masificación de la ciudad. Es durante su retiro cuando el ritmo de la película va decayendo y se convierte en una especie de estudio del personaje que no termina de arrancar porque Vincent es simple y llanamente un hombre anodino. Un personaje que no merece la pena ser estudiado porque no tiene nada que aportar. Ni siquiera su relación amorosa con Margaux, la camarera del restaurante de comida rápida al que va cada noche, consigue mantener el interés y la tensión de la primera parte de la cinta. Tampoco descubrir que Vincent no es el único al que quieren asesinar sin motivo aparente, pues existe toda una comunidad de personas —que se hacen llamar “Los Centinelas”— que han tenido que desplazarse a la montaña, lejos de la civilización. 

Lo que empieza como una sátira social sobre el mundo laboral acaba convirtiéndose en un estudio acerca de las relaciones interpersonales del siglo XXI

Poco a poco, la violencia extrema se irá propagando por las calles de Francia y, como si de un virus se tratase, cada vez serán más los afectados hasta hacer la situación prácticamente insostenible. La tensión perdida parece recuperarse hacia el final, pero la burbuja vuelve a explotar en la última escena, cuando Vincent y Margaux deciden coger la casa-barco de ella y vivir en alta mar. Un cierre que no convence a un espectador que esperaba más originalidad en un principio.

Vincent debe morir comienza con encuadres cerrados que se van ampliando gradualmente al mismo tiempo que lo hace el alcance de la película, pero flojea en el proceso. Con todo, Stéphan Castang consigue entretener al público con las escenas de violencia poco habituales, como aquellas en las que sus protagonistas son niños. También juega al despiste porque lo que empieza como una sátira social sobre el mundo laboral acaba convirtiéndose en un estudio acerca de las relaciones interpersonales del siglo XXI, que nos lleva a preguntarnos si la violencia gratuita es un producto tan descabellado. La vida se ve a menudo afectada por la soledad, las redes sociales, la inmediatez, el estrés, no tener tiempo… lo raro es que no nos estemos enfrentándonos unos a otros constantemente.

'Vincent debe morir': ¿por qué todos odian a Vincent?