martes. 28.05.2024

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

El D’A ha celebrado su edición número 14 con la ambición de un adolescente de seguir creciendo y expandiéndose con más títulos, eventos y formatos, pero con el mismo espíritu de exponer los nuevos estrenos de figuras consagradas y, lo más importante, iluminar al público mediante joyas ocultas de nuevas voces. Justamente eso es lo que han hecho con el surcoreano Kim Tae-yang, cuya ópera prima Mimang, acerca del paso del tiempo en las relaciones amorosas, se hizo con el premio gordo de la sección competitiva Talents. Para el cine español, la sección Un Impulso Colectivo galardonó finalmente a un sospechoso habitual del festival, Marc Ferrer, por Reír, cantar, tal vez llorar, un melodrama colorido y cautivador se abre paso entre el desorden con su narrativa refrescante, relajada pero vanguardista, en palabras del propio jurado. En la misma sección, se premiaron los cortometrajes Contadores (Irati Gorostidi Agirretxe) y Four Deaths (Roger Alsina Uribe), mientras que Sueños y pan, de Luis Soto Muñoz, se llevó el premio OpenECAM, que le cederá algunos recursos para realización de su siguiente título. El jurado de la crítica consideró como mejor película la comedia Vera y el placer de los otros, de los argentinos Federico Actis y Romina Tamburello. Por último, el público aupó HLM Pussy de Nora el Hourch, y el cortometraje, Els buits de Isa Luengo, Sofia Esteve Santonja y Marina Freixa Roca. Menos cercana y contundente que la reciente How to Have Sex (Molly Manning Walker, 2023), el debut de el Hourch indaga en el consentimiento sexual en la era de las nuevas tecnologías de una manera un tanto didáctica, pero con verosimilitud y una configuración solvente del trío de amigas protagonistas, fácilmente empatizable.

  1. La cosecha francesa
  2. Lidiando con la identidad y la existencia
  3. Road-movies urbanas
  4. En el filo de realidad

Con la Biznaga de Oro del Festival de Málaga bajo el brazo, inauguraba la edición Segundo premio, la relectura libre que Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez realizan de un trascendental momento en la trayectoria del mítico grupo indie Los Planetas. Como ya realizara en otras aproximaciones a hechos reales como Un año, una noche (2022), Lacuesta se desvincula de lo estrictamente verdadero para adentrarse en variables que exploran sus sujetos de estudio y pegarse a los temas en los que quiere incidir, llegando en varios momentos a una fabulación onírica. Como bien reza el claim, no es una película sobre Los Planetas, sino inspirada en ellos con la que, nuevamente, reinterpreta los códigos del biopic musical. Ambientada en la Granada de mediados de los noventa y tomando las distintas crisis que gestaron y culminaron en la publicación de Una semana en el motor de un autobús (1998), uno de los discos más aplaudidos de la historia de la música en España, el film está plagado de atractivas decisiones de dirección que dan lustre a un guion ya algo trasnochado sobre el tóxico ambiente del músico a contracorriente, lleno de excesos y egolatría. Los fans de la banda granadina saciarán cualquier necesidad de nostalgia, pero los espectadores casuales probablemente no terminen de conectar con una historia más que superada en la que la estética va por delante de cualquier tipo de sustancia.

El Festival, además, revolucionó la comunidad cinéfila catalana con la visita de Alice Rohrwacher, cineasta esencial del cine europeo contemporáneo

La cosecha francesa

El cine francófono desembarcó fuerte en el festival. Prueba de ello es la retrospectiva dedicada a la cineasta Catherine Breillat, quien ha vuelto a ponerse detrás de las cámaras tras una década alejada de ellas con El último verano, que aprovechó para presentar en la Filmoteca de Catalunya junto a otros títulos de su filmografía. La película que ha marcado su regreso es un remake de la no tan lejana cinta danesa Reina de corazones (May el-Toukhy, 2022), que acierta al poner la tijera donde la nórdica se alargaba. Resultando más cálida que el material original y poniendo más énfasis en la captura de los cuerpos apasionados en esta turbia relación entre madre e hijo del marido, El último verano, sin embargo, acaba impactando menos que su referente todavía bastante vivo en la memoria, resultando un aporte que no se desmarca excesivamente del original. Breillat, a su favor, sabe crear el paisaje para la historia en cuestión, en la que sobresale una Léa Drucker poliédrica.

Catherine Corsini deja atrás el tono eminentemente cómico de su película previa, La fractura (2021), pero mantiene su eco social en Le retour

Stéphane Brizé deja atrás la “trilogía del empleo” que le ha ocupado y pisa el terreno del drama romántico reposado y sin aspavientos en Hors saison, con la historia de dos examantes que, 15 años más tarde, se reencuentran fortuitamente en un balneario. Pudiendo recordar por razones temáticas a la reciente Vidas pasadas (Celine Song, 2023) o a la trilogía de Antes de Richard Linklater, el film carece de garra suficiente en sus diálogos y desarrollo para sostenerse en sus 115 alargadísimos minutos, ofreciendo más de un posible final. Su falta de ritmo se acentúa a causa de una caracterización de personajes poco inspirada, dificultando la conexión del espectador con esta pareja de pijos. En el reverso de sus fallos, se halla el verdadero sostén de la obra: unos atractivos y compenetrados Guillaume Canet y Alba Rohrwacher que elevan el conjunto.

Catherine Corsini deja atrás el tono eminentemente cómico de su película previa, La fractura (2021), pero mantiene su eco social en Le retour. Basada en una experiencia parcialmente vivida por la propia directora gala, quien regresó de mayor a la casa en la que habitó durante sus primeros años de vida, Corsini filma una película veraniega de descubrimiento de un par de hermanas racializadas que regresan a Córcega junto a su madre, mientras simultáneamente abre un espectro de temas importantes como la cuestión racial. Aunando el drama familiar plagado de secretos y el film de iniciación, Le retour ofrece un contraste entre la luminosidad del verano y lo grisáceo del secreto, en una película que acaba perdiendo fuerza por ciertos excesos efectistas en su trama que le restan foco y poso, puesto que el material de base ya era suficiente para sostenerla, quedándose en un insatisfactorio término medio.

Lidiando con la identidad y la existencia

Malgorzata Szumowska volvió a hacer tándem en la dirección junto a su fiel director de fotografía, Michal Englert, enWoman Of..., relato de reconocimiento de la identidad sexual de una mujer trans a lo largo de más de 4 décadas en una Polonia evidentemente tránsfoba. Una crónica que comprende desde finales de la década de los setenta hasta nuestro presente, en un melodrama funcional y efectivo, pecador de alguna afectación de más, pero bastante emocionante gracias a la capacidad que tiene para acompañar la denuncia, trascendencia de sus temas con una trama que tiene clara su dirección. Asimismo, es la encarnación de Malgorzata Hajewska-Krzysztofik un canal solvente a través del cual vehicular su discurso.

Nuri Bilge Ceylan expone sus reflexiones sobre el mundo y la humanidad a través de largas y ricas conversaciones en Sobre la hierba seca

Tras dar un golpe en la mesa internacionalmente con Solo nos queda bailar en 2019, Levan Akin vuelve a poner el foco en la comunidad LGTBIQ+ de un modo sensiblemente más contenido en Crossing. A través del viaje de una mujer y un joven de Georgia a Estambul para buscar a una sobrina de la que no tienen noticias, el director sueco retrata sin maniqueísmos ni sensacionalismo un colectivo muy estigmatizado en el Próximo Oriente. Tratada con una cierta distancia que, curiosamente, no está rendida con la calidez ni la humanidad, Crossing tarda un poco en arrancar y, si bien no cala tanto como su obra precedente, es un paso que avanza adelante en el camino de la representación respetuosa, militante y natural que Akin efectúa en contextos poco agradecidos para ello.

La crisis existencial y la ansiedad social característica de la generación milenial viene cristalizada por el argentino Martin Shanly en Arturo a los 30. Shanly también la protagoniza interpretando al Arturo titular, un homosexual descolocado en su realidad que rememora a modo de diario pasajes de sus últimos años, en una estructura en flashbacks fluida pero irregular en sus distintos episodios. Shanly entrega un film agradable de ver, pero menos fresco de lo que promete al no encontrar un equilibrio sólido en su humor. Hay golpes muy resultones, pero otros pasajes más lineales donde no sobresale porque, como su protagonista, la comedia da algunos tumbos sin ir fuerte a por una propuesta. No juega a lo ridículo, ni a la sátira, pero tampoco apuesta por explorar los mecanismos de la romcom de forma autoconsciente ni por una intelectualización más profunda de sus temas. Arturo a los 30 se mira en las hechuras de Woody Allen en su fondo y bastante en sus formas, palideciendo al no decantarse claramente por ninguna opción, pero siendo lo suficientemente simpática como para caer en gracia.

En un plano muy distinto, Nuri Bilge Ceylan expone sus reflexiones sobre el mundo y la humanidad a través de largas y ricas conversaciones en Sobre la hierba seca, donde asistimos a la desesperanza de un profesor de mediana edad en un remoto pueblo de Anatolia, donde vive desde hace 4 años. Como ya sucediera en títulos previos como Sueño de invierno(2014), los paisajes nevados contrastan con la calidez de las charlas reposadas de interiores que, lejos del tedio, llevan imperceptiblemente al espectador al tempo que el cineasta turco dictamina necesario para que, desde la palabra, el gesto y el silencio, se vaya desplegando la psicología de sus sugestivos personajes y los temas trascendentales que acaban configurando la compleja alma humana, sin esquivar materias y puntos de vista polémicos. Progresivamente cautivadora a lo largo de sus 3 horas y cuarto –solamente manchada por una rotura de la cuarta pared algo innecesaria-, Sobre la hierba seca avanza in crescendo hasta un poderoso y tremendamente emocionante desenlace constituido de una embriagadora fotografía, un monólogo certero, una música acompañante y un actor comedido pero muy elocuente. Es Bilge Ceylan en su mejor versión.

Road-movies urbanas

La ganadora del pasado Festival de Locarno, Critical Zone, también hizo parada en el D’A y sumió al público en un estado oscilante entre lo adrenalínico y lo narcótico. El iraní Ali Ahmadzadeh ofrece una road-movie sucia y nocturna en las calles de Teherán protagonizada por un individuo alienado que conduce bajo las órdenes de su GPS, llevando a distintos pasajeros heridos en su espíritu. A caballo entre el sueño y la realidad, Ahmadzadeh construye a fuego lento un ambiente inquietante en una película que, como su personaje principal, vaga sin rumbo fijo, sin suponer ello un aspecto negativo. Al contrario, el cineasta compensa al espectador en varios pasajes con una inyección de absorbente locura que para nada desentona con el conjunto, brindando más de una secuencia que permanece en la retina de un espectador atrapado. Si bien en su tramo final no está tan arriba como en momentos precedentes, Critical Zone es una obra estimulante y estimulada, coherentemente estilizada e hipnótica en varias capas, especialmente desde su diseño de sonido. Una de las más gratas sorpresas del festival.

Critical Zone también es una mirada a una generación explotada y desesperanzada por las lógicas de una sociedad basada en un capitalismo salvaje que acaba consumiendo a la clase trabajadora. Esto también lo aborda Radu Jude en otra road-movie urbana, menos paradigmática que la de Ahmadzadeh, en No esperes demasiado del fin del mundo. Jude sigue a una joven asistente de producción que viaja por todos los rincones de Bucarest en coche en sus extensas jornadas laborales. Siendo fiel a su sello provocador y sin tapujos, Jude filma un collage por momentos desconcertante en el que, como en su obra precedente, satiriza sobre la Rumanía del presente, esclavizada bajo los dictámenes de la globalización. Ante un panorama pesimista aplicado a una resiliente protagonista, que no es más que una pieza sustituible más de la cadena de producción, el cineasta rumano opta por reírse de la situación, consiguiendo otra vez más que el discurso político que quiere transmitir vaya instalándose sutilmente en el conjunto en lo que parece una tontería. Jude también experimenta con el montaje para evocar el pasado del país y contraponerlo a una actualidad que no sabemos si es mejor o peor, evidenciando otra buena elección de esta película única, audaz y lúcida que, en su banalidad aparente, entraña mucho en sus imágenes. Para el recuerdo queda todo el fragmento en el que interviene Nina Hoss o ese plano final de 30 minutos.

En el filo de realidad

Wang Bing aporta otra mastodóntica pieza en su retrato de la China del siglo XXI con Youth (Spring), documental observacional que entra de lleno en los talleres de confección del distrito de Liming, donde los trabajadores acostumbran a ser adolescentes y jóvenes en la flor de la vida. Bing sumerge al público durante 3 horas y media dentro de estos espacios poblados por decenas de personajes en una experiencia muy cercana e inmersiva, estableciendo un excelente paisaje sonoro, con la cual no busca juzgar ni adoctrinar. Carente de progresión dramática y deliberadamente monótona, se comprende qué es lo que quiere hacer Bing en su propuesta –de la cual cumple con sus intenciones-: deshumanizar y anonimizar a las piezas esenciales de estos engranajes de producción al servicio del capitalismo occidental. Sin embargo, es una lástima su compromiso con la distancia emocional y el no querer profundizar en ninguno de sus personajes, llevando expresamente al tedio una película que podría encajar perfectamente como pieza de museo. Pudiendo durar 20 minutos como 20 horas, lo cierto es que, respetando y entendiendo las decisiones del cineasta, se espera llegar a conclusiones más amplias, satisfactorias y hondas sobre el tema en el tiempo invertido. Paradójicamente, en su honestidad, la realidad que retrata acaba resultando algo caprichosa para el espectador.

Un muy original ejercicio de estilo se halla en In Water, una de las aportaciones del hiperproductivo Hong Sang-soo al D’A de este año

La hojarasca, debut en el largometraje de Macu Machín, plantea una hibridación entre el documental y la ficción con el relato mínimo de tres hermanas reunidas en la casa familiar en Canarias para poner orden al asunto de la herencia familiar. Tratando también sobre la memoria y la vejez, la ópera prima de Machín cuida el aspecto visual en esta mezcla de lo dramático con el poder inexorable de una naturaleza hostil que acompaña este drama latente familiar humilde, sabio y sensorial, que tampoco escapa de algún que otro tropiezo propio de una primera película. Con sus más y sus menos, Machín ya es alguien a quien seguirle la pista.

En una línea sensitiva parecida a La hojarasca, pero entregada por completo a la ficción, se encuentra Family Portrait, primer largometraje de Lucy Kerr. Creando una atmosfera que contrasta entre la luminosidad de un día en familia y lo inquietante de la trama –una madre que desaparece durante la jornada, a la que necesitan para hacerse un retrato de familia-, la cinta acaba fagocitada por sus ínfulas pretenciosas, derivando en un film hueco en el que la forma está al servicio de muy poco.

Un muy original ejercicio de estilo se halla en In Water, una de las aportaciones del hiperproductivo Hong Sang-soo al D’A de este año. El surcoreano desenfoca completamente el film, experimentando con el espectador la percepción de unas imágenes más próximas a un cuadro impresionista que a la concepción clásica de la imagen en el cine. Más allá del original recurso, el conciso film de una hora y un minuto se acaba agotando al no sustentarse en un contenido a la altura.

El Festival, además, revolucionó la comunidad cinéfila catalana con la visita de Alice Rohrwacher, cineasta esencial del cine europeo contemporáneo, receptora del premio D’A 2024, quien ofreció una masterclass abierta al público y presentó en la Filmoteca su último trabajo, La quimera. Otra muestra de vigor de un evento que, a pesar de encontrarse por edad en su adolescencia, prueba una madurez y una entidad a la altura de festivales con más solera. 

Crónica D’A 2024: el festival a los 14