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Antonio Lázaro
Los clásicos no están para apolillarse ni fosilizarse. Hay que desempolvarlos, airearlos, aggiornarlos, sacarlos, sí, por qué no, del armario, léase depósito o almacén.
En el caso de Cervantes y el Quijote, ni el padre ni la criatura, ni autor ni Libro, con mayúsculas, han tenido, creo, suerte con el cine. Hasta ahora.
Cervantes, erigido en gloria nacional desde finales del XVIII, y el Quijote, libro (me temo) más leído fuera que dentro de España, pero que circula ya por nuestro ADN y torrente sanguíneo y emocional “como si lo hubiéramos leído”, no tienen esas grandes películas, pues plurales deberían ser, que merecen la altura del escritor y de su novela, cabeza de todos los cánones habidos y por haber. De todos y todas elogiada, porque lo vale.
Es una película que cumple el adagio de Jean Luc (Godard): el cine es emoción a 24 imágenes por segundo. El Cautivo lo consigue y lo es
Desde el cine mudo, decenas de adaptaciones ha tenido la madre de todas las novelas. Se destacan muy pocas. Y en mi opinión, las más dignas son eso, dignas, como mucho notables, nunca excelsas ni al nivel del Libro. Todas están lastradas en mayor o menor grado de solemnidad, freno y marcha atrás academicista. No digamos las españolas. En las últimas décadas del siglo XX, tanto el meritorio Cervantes (1981), una superproducción televisiva de Alfonso Ungría, con Julián Mateos de protagonista, como la versión de Gutiérrez Aragón buscaron el aval argumental de Camilo José Cela. Mas no ya del Cela radical o rebelde del Pascual Duarte y tantas otras novelas, sino la más sosegada del académico que acabó siendo nuestro genial Nobel, habiendo sido ingenio lego (no universitario) como el propio Cervantes.
La de Orson Welles no pasa de magno divertimento. No puede equipararse a sus versiones shakespirianas. Ni de lejos a esa ópera magnífica que fue la recreación de Campanadas a medianoche, a través de Falstaff, su alter ego. De hecho, casi lo mejor del pastiche wellesiano son los gags, chistes y chascarrillos del impagable Jess Franco, con que esté zurció la versión estrenada urbi et orbe con ocasión, creo recordar, de la Expo de Sevilla. ¿Por qué? Porque, con mayor o menor acierto, rompía el tufo a polilla y la caspa sobre los hombros de anteriores versiones.
Con el Quijote pasa como con las Coplas de Jorge Manrique: que nos ponemos insufriblemente engolados. Y con la biografía de Cervantes, más de lo mismo.
Hasta ahora.
El Cautivo aporta un título más de gran interés a la singular filmografía de Alejandro Amenábar y creo que va a marcar un saludable antes y un después en la adaptación al cine de nuestros clásicos
Creo que el film de Alejandro Amenábar marca un antes y un después. Luego entraremos en matices, detalles y algún reparo. Pero es una película que cumple el adagio de Jean Luc (Godard): el cine es emoción a 24 imágenes por segundo. El Cautivo lo consigue y lo es. Su Cervantes es creíble. Seduce y destila ternura, dolor, compañerismo, instinto de supervivencia, amor. Y encarna el leit motiv esencial de su Quijote: el ansia y la lucha por la libertad.
(No en vano Cervantes engendra, vale decir idea o concibe, como declara en el prólogo, su obra maestra allí donde toda incomodidad tiene su asiento, en la cárcel. Y en qué pensaba Cervantes en la cárcel: pues en lo que todos y todas en el talego, en su libertad. Solo que él lo trasvasaría más tarde a la mejor novela de la Historia.).
Mucho sabemos de la novelesca vida de Cervantes en que fue o pudo ser desde el rey de la comedia (aunque lo destronó enseguida Lope), avezado espadachín, funcionario recaudador, espía al servicio del imperio, donjuanesco galán, fundador de la novela moderna como género y cautivo en Argel, entre otras cosas que quizá aún no sepamos. Poliédrico, desde luego.
Amenábar ha hecho, y sabiamente, lo que hay que hacer: trasladar a nuestro imaginario actual a un personaje tabuizado, como era Cervantes, conseguir que empaticemos, que nos metamos en su piel, que disfrutemos con las historias que cuenta o lee, que soñemos con él, que proyectemos nuestras fugas de ese baño de Argel que a todos y todas, de uno u otro modo, nos aherroja y aprisiona.
El foco en la homosexualidad de Miguel, tema por cierto harto ya circulado entre eruditos y cervantistas, no ha hecho sino incrementar, vía morbo, la expectación ante el estreno del film, y eso no está mal. Porque el film que se ofrece vale mucho la pena. Cervantes tuvo amores ilegítimos pero en ningún lugar figura acreditado el de sodomía, “pecado” que se pagaba en el siglo de Oro español con la hoguera. Tenía una hija fuera de su matrimonio, amoríos con la esposa de un tabernero de Madrid (lo que pudo influir en su fuga de Madrid y su posible refugio en Esquivias, huyendo de lo mismo: bigamia y adulterio estaban severamente perseguidos). Y tuvo ante todo, cosa que casi nunca se dice, una esposa, la toledana Catalina de Salazar y Palacios, con quien alcanzó estabilidad emocional y económica y con la que, escapadas profesionales y literarias a su amado Sur aparte, convivió por décadas, lo acompañó en los años de la Corte vallisoletana y estuvo presente a su lado hasta su muerte. Nada indica que fuera una unión solo de conveniencia, ¿y si fue Catalina su Dulcinea, su gran amor?, ¿por qué no pensarlo?
Y cruzando la acera, ¿qué de particular tendría que un hombre joven, recluso por años en un presidio y sin una expectativa clara de liberación, sin posibilidades de una vida en pareja, precisado de algún alivio, incurriera en una experiencia homoerótica? ¿O en varias? De hecho, en la película explicita su pesar y arrepentimiento, y sus deseos de regresar a España. Como también se ha escrito, era más fácil renegar y vivir su homosexualidad, de ser tal el caso, en Argel, que no en España. Mas ciertamente, no lo hizo.
En todo caso, fuera cual fuese, la orientación sexual no quita ni pone a la genialidad tan acreditada, gloria ya en el caso cervantino, de un escritor.
La propuesta amenabariana, nos traslada a un espacio y un tiempo del pasado, al siglo de Oro
El tratamiento del tema en la película es tan elegante como intenso. De hecho, el Bahá lo ama ante todo platónica o quizá mejor, socráticamente. Lo adora como contador de historias, como el gran entertainer que hubo de ser. Lo llega a decir: es la persona más interesante que ha conocido en su vida.
Y cuando se habla de los pequeños placeres y de la cópula, tranquiliza a Cervantes: para eso él ya tiene a sus garzones o efebos. De hecho, él mismo pudo ser uno de ellos en su adolescencia. El ideal sexual, una bisexualidad promiscua, de los renegados con mando al servicio del Turco eran garzones, casi niños. Para que voy a querer, le viene a decir a Miguel, un manco escuálido y mutilado de guerra, entrado ya en años, teniendo un harén de mancebos disponible.
La historia que se establece entre el Bahá y el escritor remite a Sherezade. Y cuando se consolida, apunta a una historia de Poder. Él puede llevar a Cervantes a lo más alto si accede a irse con él a Constantinopla.
Muy acertada la composición del personaje del Bajá: lo tiene todo pero dedica su tiempo a espiar, desde la celosía de su salón, a los cautivos del Baño. Se aburre. Aquel no es su mundo, aunque sea su Rey: él es un renegado veneciano, necesita historias, compañías, lo que le da Cervantes. Siempre entre sombras, hace pensar en otros atormentados ilustres: Calisto, de La Celestina, o el capitán Achab, de Moby Dick.
Y cuando le empiezan a aburrir los libros de caballería, increpa al narrador y mancha su ropa. Qué gran ocasión entonces de haberle contado alguna de las primeras y más básicas aventuras de un proto Quijote que, acaso, bullera ya en la mente del joven Cervantes y que habrían gustado y divertido al veneciano. Menos mal que el lance del ciego, entresacado del Lazarillo, hace que el terrible Bajá se humanice, que ría por primera vez y se enganche para siempre a Cervantes. Cuando este le reprocha su crueldad desmedida, osadía solo a él permitida, el Bahá reconoce su dependencia del Gran Turco: no puede mostrar debilidad, la pagaría cara.
Aunque es la historia del Cautivo, uno de los cuentos más o menos ejemplares que se entretejen en una de las Ventas de la primera parte, el eje, el contrapunto narrativo paralelo de la película. Con algunos matices que ahora se dirán.
El guión es fiel al espíritu de este mix entre el cautiverio de Cervantes y el del Cautivo del cuento, más en absoluto a la letra de los dos relatos (pues relato, y del propio Cervantes, fue también su Informe argelino, un relato interesado e idealizado pues aspiraba a abrirse camino con él). El cautivo de Amenábar sufre calabozos, tortura y hasta una ejecución, interrupta, como castigo a su intento de fuga. Sin embargo, en los cuatro intentos frustrados, a Cervantes no le tocaron un pelo. Desde luego, sufrió prisión mayor, fue encadenado y condenado a 200 bastonazos que jamás se le dieron. En tanto que Rui Pérez de Viedma, el cautivo del cuento, tampoco fue castigado al triunfar su fuga propiciada, con promesa de matrimonio, por la bella agazapada tras la celosía.
En este relato, se alude a un tal Saavedra que gozaba de impunidad entre los cautivos nobles, “hombres graves”, de la cárcel. Vale la pena transcribir el párrafo: “Solo libró bien con él (con el Bahá) un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra…”. Cameo muy relevante del propio Cervantes en su novela.
Aunque juega en la trama del jardinero renegado, es especulativa la historia de que el “pecado nefando” pudo ser el detonante de la huida de Cervantes de Madrid a Italia y la mención de una relación de ese tipo con su maestro López de Hoyas, de quien fue discípulo muy destacado. Todas las hipótesis, más bien conjeturas, al respecto que conozco, apuntan en otras direcciones.
En la película, Cervantes es azotado, a menudo aparece con el rostro y el torso crísticamente herido. Cabe preguntarse si, manteniendo un relato más fiel a los hechos (brutalidad del Bahá excepto con Miguel) la historia habría perdido fuerza. Creo que no.
La lingua franca o “sabir”, chapurreado de español, árabe e italiano, que Cervantes manejaba, quizá pudiera haber tenido más presencia en algunos diálogos. Uno se teme que, con tanta recreación, mercadillo medieval y fiestas de moros y cristianos, podrían cantar los exteriores. Pero no, en general, está bastante conseguido y creíble el Argel de El Cautivo y los espacios del palacio del Bahá y de los cobijos abovedados del Baño, así como los ropajes y la ambientación.
El Quijote se prefigura en la espectacular irrupción de los frailes en sus monturas, que sugieren de inmediato a don Quijote y su inseparable Sancho Panza, así como en las aspas del molino, que visualiza el anhelo español, sus ansias de liberación y retorno. Pero, como ya hemos apuntado, se prefieren los coscorrones del cruel Ciego del Lazarillo a un manteamiento del Quijote o a su pelea con esas mismas aspas, que él toma por brazos de gigantes. Como era de esperar, se menciona a Garcilaso y no a Jorge Manrique, que es el verdadero referente poético en el Quijote (y no lo digo yo, sino José Manuel Ortega en su documentado y cabal libro Teoría del Quijote con Jorge Manrique al fondo). ¿Pero cómo se le iba a mencionar si hasta el propio Cervantes, por oscuras razones, lo silencia?
El elenco de actores es excelente, con actuaciones memorables de Miguel Rellán y Fernando Tejero. Y un duelo inolvidable entre el veterano y magnético actor italiano (Alessandro Borghi) y el joven español que encarna a Miguel (Julio Peña), que le da muy digna réplica.
En el relato autobiográfico y en otras crónicas, Cervantes es liberado in extremis cuando ya estaba a bordo de la nave que partía hacia Constantinopla, junto al Bahá. Dicen que se lo llevaba para esclavizarlo. Más parece que fuera para entronizarlo. Pues esclavo de su amor era el propio Bahá. La decisión del Cautivo y la despedida de ambos en la película, marca un clímax dramático importante y acertado.
el castillo de Almonacid, en abril de 2018
La propuesta amenabariana, nos traslada a un espacio y un tiempo del pasado, al siglo de Oro. Terry Gilliam, por su parte, en su interesante El hombre que mató a don Quijote (2019), traslada la trama y la aventura a nuestro tiempo. Un empeño heroico: décadas de lucha con el argumento, los actores que se le morían, los productores y los elementos (un diluvio devastador). Iban a rodar en Portugal y Canarias, pero localizaran finalmente también en los castillos toledanos (¿cómo La Mancha fuera?) de Oreja y Almonacid, que Terry ya conocía de anteriores empeños. Lástima que, mientras la propuesta del español funciona, la de Terry se enreda entre líos de hotel, mafia rusa y avatares de un rodaje, sin dejar de aportar grandes logros, desde luego. Ambas son propuestas valientes y alejadas de ese lastrante academicismo al que venimos aludiendo.
El Cautivo aporta un título más de gran interés a la singular filmografía de Alejandro Amenábar y creo que va a marcar un saludable antes y un después en la adaptación al cine de nuestros clásicos, abordables desde miradas más desprejuiciadas y emocionantes.
Aunque el Quijote sigue pendiente de una gran adaptación al cine…




