ENTREVISTA AL HISTORIADOR JUSTO SERNA

"La historia no nace para confirmar convicciones sino para moderar nuestra impaciencia interpretativa"

Acto de presentación de la colección de ensayos 'Qué es'. De izq. a dcha: José Luis Ibáñez Salas, Manuel Rico, Justo Serna y Ramiro Domínguez Hernanz.

El director de la revista Historia 21, José Luis Ibáñez Salas, entrevista al historiador Justo Serna con motivo del lanzamiento de la colección de ensayos Qué es.

 

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José Luis Ibáñez Salas | Con Justo Serna, profesor de historia contemporánea, ensayista y autor de distintos libros, uno está muy acostumbrado a charlar. No necesariamente sobre el pasado. Los historiadores hablamos también del presente. De hecho, cuando hablamos del pasado hablamos también del presente. Le pregunto sobre su reciente libro, Qué es la historia (publicado por Sílex ediciones), concretamente sobre la diferencia entre el pasado y el presente, y él me dice:

Justo Serna | La distinción entre el pretérito y el hoy suele presentarse como una divisoria nítida: lo que ya ocurrió frente a lo que todavía ocurre. Pero cuando uno trabaja con las huellas del pasado sabe que esa frontera es más porosa de lo que admitimos. El pasado no está ahí aguardando a que lo visitemos. No es un territorio disponible, sino un repertorio de restos vivos o inertes, un campo material e inmaterial que se activa cuando accedemos a los archivos (de todo tipo). ¿Para hacer qué cosa? Pues preguntarnos qué hacían quienes nos precedieron. Y esas cuestiones las planteamos desde el presente, inevitablemente desde el presente.

La historia no nos devuelve jamás lo ocurrido tal cual fue. Nos devuelve lo que podemos entender de ello, lo que nuestro método, aparato conceptual y deontología nos permiten

Lo que recuperamos no es el pasado en bruto, sino lo pretérito mediatizado o traducido por nuestras preguntas, exhumado con método. El pasado está irreparablemente condicionado por nuestras expectativas, por nuestras incertidumbres e incluso por la sensibilidad del momento. Pero no nos abandonamos a cualquier respuesta. Nos sometemos a una disciplina que compartimos con otros profesionales, que nos vigilan. Las respuestas que damos deben probarse y deben comunicarse. Nuestros pares académicos, efectivamente, nos vigilan. No vale cualquier cosa.

Saberlo nos obliga, por tanto, a cierta humildad: la historia no nos devuelve jamás lo ocurrido tal cual fue. Nos devuelve lo que podemos entender de ello, lo que nuestro método, aparato conceptual y nuestra deontología nos permiten. La reconstrucción del pasado es siempre una empresa de traducción, y toda traducción, al tiempo que ilumina, inevitablemente traiciona, deja fuera acepciones o sentidos que son intraducibles.

Por eso digo que la diferencia entre pasado y presente es decisiva y equívoca a la vez. Decisiva porque el pasado es irrepetible, pertenece a quienes lo vivieron, con su horizonte de expectativas y sus propias categorías mentales. 

La historia, en el fondo, es un ejercicio de anacronismo controlado, el único modo de hacer que el tiempo muerto del pasado siga siendo una fuerza viva

Es equívoca…, pues porque nuestra aproximación está fatalmente teñida por la actualidad. Es esa mediación la que permite, paradójicamente, que haya historia: solo en el presente surge la necesidad de explicar y comprender lo que otros hicieron ante circunstancias distintas o parejas.

El pasado no explica el presente de manera mecánica, no es un manual de instrucciones para aplicar ahora o en lo venidero. Pero al provocarnos extrañeza, nos obliga a interrogarnos sobre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Ya se sabe «el pasado es un país extraño en donde las cosas se hacen de otra manera». Esa interacción —ese vaivén temporal, ese diálogo discontinuo y urgente— es el espacio propio del historiador. 

La historia, en el fondo, es un ejercicio de anacronismo controlado, el único modo de hacer que el tiempo muerto del pasado siga siendo una fuerza viva.

¿Por qué aceptaste el reto de escribir este libro para inaugurar (junto a Qué es la poesía, de Manuel Rico) una colección de ensayos?

Cuando me propusiste inaugurar la colección con este título, me sentí muy honrado y, a la vez, muy inquieto. Empezar una colección con un libro titulado Qué es la historia es apelar a un viejo y saludable historiador, E. H. Carr: ya fallecido, pero de una actualidad indiscutible. Por eso digo lo de saludable. Carr se planteó esto mismo en 1961 con gran acierto y enorme difusión. Recordemos su What is History?

Por mi parte, al sumarme a la colección, comprendí que debía ser respetuoso y, a la vez, atrevido… muchas décadas después. 

Entendí que la tarea consistía en devolver la disciplina a su pregunta fundacional: ¿qué hacemos cuando hacemos historia? Estamos tan habituados al uso cotidiano, rutinario, del término —“la historia”, así, en singular, como si fuera algo monolítico— que a veces olvidamos su carácter problemático. La historia es una práctica, no una sustancia.

Me parecía valioso asumir esa pregunta sin parapetarme tras el aparato académico, sin recurrir a una jerga, ni al protocolo universitario. Había que usar las herramientas de la prosa ensayística. Había que decirlo de manera clara: la historia es un ejercicio de inteligencia pública, una forma de explicar hechos, interpretar conductas y acciones, y no un repositorio inerte de datos ni un altar para la celebración nacional. La historia es un dispositivo de crítica. 

La historia pertenece a todos: es una herramienta civil, no un secreto profesional custodiado por un gremio de especialistas

Acepté el reto porque implicaba escribir con concisión, sí, pero sin renunciar a la complejidad de las preguntas: una concisión verbal que busca la densidad del argumento y no la mera reducción expositiva.

Y también acepté porque el destinatario del libro no es solo el estudiante o el especialista, sino cualquier lector que sospeche que el pasado, lejos de ser un poso inerte, todavía tiene algo que decir sobre la vida en común. La historia pertenece a todos: es una herramienta civil, no un secreto profesional custodiado por un gremio de especialistas. 

Participar en la apertura de una colección divulgativa me permitía reivindicar ese carácter abierto de nuestro oficio, recordando que el historiador debe ser, ante todo, un mediador entre el archivo y la esfera pública: exactamente, alguien que provoca una reflexión que no se clausura. El gran desafío es evitar que la historia se convierta en mera didáctica o en simple memoria instrumental. Para ello hay que mantenerla como una forma incómoda de pensar el cambio y la persistencia de lo humano.

Cada vez estoy más convencido de que el esfuerzo que hacemos los historiadores por explicar el pasado con la intención de esclarecer el presente cae en saco roto ante lo que llamo la Primera Guerra Cultural Mundial. ¿mo ves tú este pesimismo mío?

Comprendo, y en buena medida comparto, tu pesimismo. No es difícil reconocer en el clima actual —esa proliferación de trincheras simbólicas o materiales, esa pugna por apropiarse del pasado como si fuera un botín ideológico— los rasgos de lo que llamas “Primera Guerra Cultural Mundial”. 

En efecto: estamos asistiendo a una disputa donde el pasado se convierte en arma, en consigna o en advertencia, y donde la conversación pública parece perder la capacidad de escuchar sin atrincherarse, donde el matiz es visto como una debilidad o, peor aún, como una traición. La velocidad de la opinión en redes y la polarización de los medios exigen juicios sumarios, y la historia, por su propia naturaleza, trabaja en el sentido contrario: con la lentitud del proceso, con la dificultad de la fuente, con la ambigüedad de la intención, con la falibilidad de la interpretación.

La historia no nace para confirmar convicciones sino para moderar nuestra impaciencia interpretativa

Pero quizá, frente a ese panorama, convenga recordar que la historia no nace para confirmar convicciones, sino para moderar nuestra impaciencia interpretativa. Su función no es proporcionar un repertorio de certidumbres, sino introducir matices allí en donde la polarización los borra, allí en donde el relato binario se impone. 

La historia, la historia honrada, molesta por definición: incomoda tanto al que quiere glorificar como al que quiere condenar sin más, porque revela que, en el pasado, como en el presente, la acción humana es siempre una mezcla imperfecta de luces y sombras, de interés y de idealismo. Su contribución no está en zanjar debates, sino en ensancharlos, mostrando la complejidad del escenario… con la materialidad de lo que realmente ocurrió.

Justo Serna.

¿Cae nuestro trabajo “en saco roto”? Puede que a veces sí, al menos en el corto plazo, en la contienda mediática de la hora. Pero la historia opera con otros tiempos: no pretende convencer al instante, sino crear hábitos de atención y de prudencia. ¿Lo logramos?

Allí donde el discurso público tiende a la estridencia, el historiador —si es fiel a su oficio— ofrece lo contrario: lentitud, matización, paciencia, escepticismo ante los relatos demasiado pulcros. 

Puede parecer poco, un gesto quijotesco, pero es justamente lo que más falta hace cuando los relatos se radicalizan y se cierran a la posibilidad de lo contingente, de lo que pudo ser de otra manera.

La historia no es un antídoto milagroso, pero preserva algo esencial: la conciencia de que las sociedades, como los individuos, no caben en dicotomías, que son herederas de tramas no elegidas y que cargan con legados pesados y contradictorios. Mantener viva esa conciencia, ese reconocimiento de la complejidad y la impureza en medio del ruido, es ya una forma de resistencia civil y de pedagogía ética.

Para terminar esta breve conversación, si tuvieras que nombrar un solo libro que ayudara a la sociedad civil a comprender lo que es el ser humano, ¿cuál elegirías? Sé que eres un excelente lector voraz. 

Para responder a tu pregunta con brevedad se me ocurre hacer lo contrario. Pienso, por ejemplo, en un elenco de autores de la época contemporánea, algunas de cuyas obras me han marcado especialmente. 

Si examino con detenimiento la lista de obras que me vienen a la cabeza —tan variadas en época, género, tono y ambición— podría creer, a primera vista, que se trata de una dispersión: obras que van del liberalismo al marxismo, del conservadurismo contrarrevolucionario a la ficción científica, del naturalismo al ensayo antropológico, de la política a la metafísica, del psicoanálisis a la microhistoria. 

¿Qué podrían tener en común Edmund Burke y Virginia Woolf, Mary W. Shelly y Hannah Arendt, Karl Marx y Fernando Pessoa, Charles Dickens y Michel Foucault, Jules Michelet y Carlo Ginzburg, Max Weber y Umberto Eco, Jorge Luis Borges y Natalie Zemon Davis?

La tentación sería decir que nada, o muy poco. Pero si los reúno es porque forman una suerte de galería de retratos sobre la condición humana. Sus libros, que leo y releo, no son obras cuyas respuestas me valgan. Son libros que me sirven para seguir preguntando. 

Mejor aún: libros que muestran cómo, en cada época, el ser humano vuelve a enfrentarse con los mismos dilemas cambiando de vocabulario, de escenografía, de método. Y esa continuidad en la discontinuidad es, quizá, lo que más nos enseña sobre nosotros mismos.

Comprender al ser humano exige escuchar voces discordantes, perspectivas incompatibles, narraciones que no se dejan reducir a un relato maestro

Lo que atraviesa estos libros no es una doctrina, sino un gesto intelectual: la voluntad de comprender al ser humano en su historicidad, en su fragilidad, en su conflicto y, sobre todo, en su capacidad para inventarse a sí mismo o para estropearse. 

Son obras que muestran que la condición humana es siempre un problema abierto, siempre un enigma que se formula de modos distintos según el tiempo, la sociedad, el lenguaje o las pasiones que lo impulsan.

¿Soy yo mismo el hilo rojo? En cierto sentido sí, pero no como protagonista. Más bien como lector que establece un puente entre mundos que, de otro modo, no conversarían. El hilo conductor no es la propia biografía, sino la manera de leer: una lectura que privilegia la complejidad frente a cualquier simplificación; que busca lo humano en sus pliegues y no en sus superficies; que sospecha de las respuestas inmediatas y que reconoce en cada autor una tentativa —fallida, valiente, provisional— de pensar lo que somos.

Si hay un núcleo común es este: todos los autores o los libros enseñan que la humanidad no se entiende desde un solo ángulo. No basta con la historia política, ni con la literatura, ni con la filosofía, ni con la antropología, ni con la economía, ni con la semiótica, ni con el psicoanálisis. 

Hace falta un cruce de miradas, un ensamblaje irregular, un collage. Ese collage, en mi lista, no obedece al azar o la mera arbitrariedad. Lo mueve una convicción que no se declara, pero que se intuye: que comprender al ser humano exige escuchar voces discordantes, perspectivas incompatibles, narraciones que no se dejan reducir a un relato maestro.

Así que sí, en cierto modo yo soy el hilo rojo. Pero no por imponerme como centro, sino por ejercer lo que se espera de un lector infatigable —y, en realidad, de un cuidadoso historiador—: hacer convivir lo que parece inconciliable para extraer de ahí una verdad provisional.

La idea de que el sujeto moderno vive en desajuste permanente sigue siendo una herramienta valiosa para pensar nuestras sociedades

Si tuviera que elegir un solo libro que ayudara a comprender lo que es el ser humano, escogería —con todas las reservas que la lectura contemporánea exige— El malestar en la cultura (1930), de Sigmund Freud

No porque el psicoanálisis conserve intacta su capacidad explicativa, pues una parte de sus supuestos han quedado superados. Elijo el Malestar porque Freud supo formular, como pocos, el conflicto fundamental que atraviesa al individuo en sociedad: esa tensión entre el deseo y la norma, entre lo que anhelamos y lo que nos disciplina, entre nuestras pulsiones íntimas e ignoradas y la maquinaria civilizatoria que pretende encauzarlas.

Lo importante no es la literalidad de sus tesis, ni la exactitud de su descripción de los mecanismos psíquicos. Lo decisivo en Freud es su modo de plantear las preguntas: ¿qué precio pagamos por convivir? ¿qué sacrificios exige la vida en común? ¿qué censuras proyecta la cultura sobre quienes la habitan? 

Freud no idealiza al ser humano, pero tampoco lo condena. Lo observa con una mezcla de compasión y lucidez, consciente de que somos criaturas divididas, hechas de aspiraciones imposibles y renuncias necesarias.

Ese enfoque —la idea de que el sujeto moderno vive en desajuste permanente— sigue siendo una herramienta valiosa para pensar nuestras sociedades. Incluso quienes se alejan de la teoría freudiana reconocen que su intuición central permanece.

¿Qué intuición? El malestar no es algo accidental, sino un componente básico de la vida civilizada. La cultura nos protege, nos afina, nos hace posibles, pero también nos restringe. Y en esa tensión vivimos, sobrevivimos.

Por eso elegiría este libro: no porque ofrezca un diagnóstico definitivo sobre el ser humano, sino porque nos obliga a reconocernos en nuestra contradicción, a aceptar que la convivencia no elimina el conflicto, únicamente lo transforma. 

Freud, aun con sus errores y obsolescencias, nos enseña a mirar hacia dentro sin olvidar lo que nos rodea, y a interrogar lo que somos sin renunciar a la complejidad que nos constituye.