lunes. 04.03.2024
Brigada Político-Social franquista | Foto de archivo

Bueno, la vida no, pero sí me libraron de una detención por la “Brigada Político-Social” franquista, alguna paliza, o más, y varios años en un penal por sentencia del entonces aún vigente antecesor del TOP, el “Tribunal especial de represión del comunismo y la masonería” que dirigía el coronel Eymar [1].

Eso viene a cuento de una entrevista ayer en Barcelona con estos cuatro universitarios madrileños de Historia, que, desde su trabajo académico y su interés en conocer experiencias vividas de la lucha antifranquista, me ayudaron a recordar algunos años de mi ya algo larga vida. Eran: María de Lombas García, Candela Duarte de Terán, Miguel Martínez Toledano y Joan Segalés Parés.

Con cuatro estudiantes de historia de la Universidad Completense de Madrid

Una de sus muchas preguntas fue si había pasado miedo en aquellos años de actividad antifranquista, cómo, cuándo y cuánto. Desarrollamos una afectuosa conversación al sol, en una placita de Barcelona, en la Sagrera. Una conversación sobre aquellos años, entre 1939, cuando yo nací, y 1975, cuando murió el dictador. Les conté cuándo, en mis recuerdos, parecía que más miedo había pasado. Y cómo algunos platos de duralex me habían salvado.

Fue en julio de 1960, en mi primer viaje a París tras dos años de militancia en el PCE-PSUC, que fue además la última vez hasta 1977, de las muchas de esos años, en pasar la frontera con pasaporte legal. Acudí a una reunión con la dirección del “Partido” (Santiago Carrillo, Gregorio López Raimundo, Jordi Solé Tura, Josep Serradell, Pere Ardiaca, Francesc Vicens, …) para explicar y comentar lo que estábamos haciendo en la Universidad de Barcelona organizando el “Comité Interfacultades” (el “Inter”, precursor del Sindicato Democrático de la Universidad de Barcelona -SDEUB-) con asambleas, manifestaciones, Juicio Bufo en Derecho contra el Opus, adhesión de las “Cámaras de Facultad” del SEU a la Conferencia de París por la Amnistía …, coordinando el movimiento democrático universitario, conquistando espacios de libertad.

En el viaje de regreso la dirección del Partido me encargó traer una maleta con doble fondo y bastantes ejemplares en papel cebolla de “Mundo Obrero”, “Treball”, …, y en la que a la vista sólo había una camisa y una camiseta, probablemente también un cepillo de dientes. Por suerte, me estaba trasladando a vivir con mi compañera, María Rosa Borrás, dirigente universitaria del PSUC, y decidí comprar unos platos de duralex que para nosotros dos constituían una novedad doméstica. En el viaje de regreso en el autobús de Perpignan a Barcelona, la policía franquista de la frontera controló algunos equipajes, instando a abrir los más pesados, entre estos el mío. Sin los platos hubiera sido evidente que algo extraño sucedía (el papel cebolla de los periódicos del Partido pesaba lo suyo) pues una camisa y una camiseta no explicaban el peso de la maleta, sólo los platos parecieron justificarlo. Y por suerte se lo creyeron.  

Fue ayer una larga conversación con estos mis nuevos y jóvenes amigos que me suscitó muchos recuerdos, y algunas anécdotas como la mencionada de los platos de duralex. Fue sobre todo la experiencia, no demasiado frecuente, de comprobar cómo puede interesar a las nuevas generaciones la experiencia vivida en los años negros del franquismo, también la pequeña historia que ayuda a entender la grande.

Fue la satisfacción de comprobar como es posible que los nuevos protagonistas de nuestra vida colectiva pueden no sólo escuchar, sino más bien preguntar, opinar, comentar, ..., también y sobre todo entender desde la realidad de hoy aquellos años de nuestra historia colectiva en la que fuimos contribuyendo a la conquista de las libertades contra la dictadura franquista. Fue la de ayer una emotiva experiencia que enlaza con otra reciente, con estudiantes de ESO y bachillerato de Sant Feliu de Llobregat, en torno a la ocupación de la fábrica SEAT por los trabajadores en 1971[2].

Un buen ejercicio de “historia” que no se prodiga suficientemente en el actual periplo estudiantil de nuestro país, aunque esas experiencias demuestran que interesa a la juventud de hoy, que quizás lo que falta es que lo estimulen las personas e instituciones que pueden hacerlo, que deberían hacerlo por su función y responsabilidad.

Sólo me resta agradecer a mis nuevos amigos madrileños el encuentro de ayer, subrayando la emoción que suscita recuperar y compartir recuerdos, anécdotas, como entre ellos la pequeña historia de esos platos de duralex, y que dan sentido a nuestra vida.


[1] Meses después, a raíz de la detención de una célula del PSUC de Badalona a la que la célula de los universitarios “quemados” del PSUC habíamos pasado un paquete de octavillas, de todo ello me libraron 3 años de exilio en Francia y la RDA y la disolución de este siniestro tribunal sustituido por el no menos franquista Tribual de Orden Público
[2] Blog del autor | Una aportación para la formación de nuestra juventud 

Cuando unos platos de duralex me salvaron la vida