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José A. Santalices | @jasagoes
La historia arranca del cortometraje homónimo realizado en el año 2020 que fue seleccionado en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes con una protagonista, nuevamente encarnada por la actriz Zoe Stein, que en aquel esbozo de la historia familiar del personaje durante sus vacaciones de verano mallorquinas, lograba reunir de forma casi mística a su abuelo con su difunta abuela, fruto de una curiosidad adolescente que jugaba a imitarla a través de gestos, expresiones y un vestido rojo que traía de vuelta la memoria de su pariente.
Forastera es una coproducción de España, Suecia e Italia cargada de un realismo mágico que Aleñar acierta a plasmar de forma casi orgánica
“Llorarás cuando menos te lo esperes, no te preocupes por eso ahora” le dice el personaje de la madre Pepa (Núria Prims) a Cata, al final de Forastera, queriendo aliviar el sentimiento de culpa de esa joven que experimenta un verano de autodescubrimiento, diciéndole que lo único importante al sufrir una pérdida es que el que se va supiera en vida lo que le queríamos, una frase que parece remitir al carácter particular de cada duelo, transitado de manera distinta en cada persona. La ópera prima de Lucía Aleñar Iglesias, que ha resultado galardonada con el Premio Pilar Miró a la mejor dirección novel, narra de forma deliciosamente artesanal una historia de reconciliación familiar a través de los ojos de Cata (Zoe Stein) quien pasa un nuevo verano en la casa familiar de sus abuelos en Mallorca, disfrutando de atardeceres y de primeras experiencias amorosas, cuando presencia en primera persona la repentina muerte de su abuela, personaje dibujado como alguien libre que había dejado huella en la niña. Tras este duro golpe, asistirá a la difícil aceptación de esta pérdida por parte del abuelo Tomeu (Lluís Homar), lidiando con la tensa relación de éste con su propia madre, todo ello mientras se resiste a dejar ir el recuerdo de su abuela, a quien debe su nombre.
Seleccionada como uno de los filmes de la Sección Punto de Encuentro de la Seminci, Forastera es una coproducción de España, Suecia e Italia cargada de un realismo mágico que Aleñar acierta a plasmar de forma casi orgánica a través de la expresiva mirada de su actriz y de unas imágenes a las que su perspectiva dota de una extraña delicadeza y sensibilidad, a la vez que revisita esos lapsos de tiempo adolescente circunscritos por la calidez de una atmósfera densa típicamente canicular y por las luces crepusculares. La directora otorga también un papel protagonista a la casa familiar quien, junto al mar omnipresente, suponen un entorno emocional seguro para Cata mientras transcurre la narrativa, no en vano la casa y los objetos personales de su abuela que utiliza para disfrazarse de ésta juegan un papel importante en el “homenaje” que permite a la niña no soltar su recuerdo mientras se aleja de la realidad en cada una de esas recreaciones. La casa, que rechaza vender molesto el personaje del abuelo ante la sugerencia de la madre de la niña, que se debe entender como hogar, cabría pensar que, considerando las intenciones de venta de la madre, acabará como un recuerdo congelado, un eco de lo que alguna vez fueron en ella, y entonces, ese día en el que ya no huela a sobremesas en familia mirando al mar, ni a partidas de mus en la terraza con los vecinos, podría entenderse que no fue nunca la casa, sino que siempre fueron ellos.
La película parece sugerirnos que más allá del desafío que supone para la reorganización de los roles familiares la pérdida de uno de sus miembros, siempre estamos a tiempo de ser amables con la manera elegida por cada miembro de transitar por ese dolor, íntimo y personal, al tiempo que los demás debieran respetar el nuestro, y la manera de relacionarnos con el recuerdo del ser querido que se ha ido, sin que seamos juzgados por ello. Quizás la sensación de vacío que se abre y que genera desajustes en el núcleo familiar, debiera utilizarse a favor, en un duelo compartido que sirva de unión a los que se quedan, que deberán aprender a sobrellevarse, y cuyas relaciones van a evolucionar irremediablemente tras la pérdida, así como a pararse a una observación del otro como el que hace la madre con su hija en la escena final, reconociendo la figura de cohesión que ésta ha representado tras el terremoto familiar.
La directora otorga también un papel protagonista a la casa familiar quien, junto al mar omnipresente, suponen un entorno emocional seguro para Cata
“Forastera” es una de esas historias que no adolece de moralina alguna, un drama revestido de honestidad que invita a un ejercicio de dignidad dejando al espectador con una sensación positiva al plantear una mirada hacia el futuro poniendo el foco en la actitud de cómo afrontar el duelo más que en la tristeza inevitable de éste, un ejercicio que, como en el caso de Cata, puede significar un viaje de aproximación a la edad adulta y de autoafirmación que anteponga el abrazo de un abuelo improvisado profesor de autoescuela sobre un romance inmaduro al que conviene hacer “ghosting”.




