jueves. 04.06.2026
FESTIVAL DE CINE DE VALLADOLID

‘Anoche conquisté Tebas’: un milagro fílmico

Bajo un cielo estrellado y entre bañeras con forma de sarcófago, Azorín, director albaceteño, construye una suerte de cuento mágico y experimental que escapa a toda descripción posible.

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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx

Anoche conquisté Tebas’ es una película fuera de su tiempo, mágica e irreal; una de esas historias íntimas cuya mera existencia ya parece un milagro. El debut en el largometraje de Gabriel Azorín es un viaje atemporal e indescifrable que, partiendo de la premisa de un grupo de amigos que visitan el campamento romano de Bande (Ourense) —y, en concreto, sus termas—, acaba convirtiéndose en una historia de confesiones personales, en la que los protagonistas se abren y se sinceran mientras se sumergen en las aguas termales.

Para bien o para mal, Gabriel Azorín nos entrega una rara avis completamente ajena al cine comercial. Una propuesta densa, mágica y extraña

Presentada en el Festival de Venecia y ahora en la sección Punto de Encuentro de la Seminci, nos encontramos ante una propuesta más cercana al cine experimental o de museo que al de las salas comerciales. Es una película que exige un espectador dispuesto, activo, cómplice. La historia comienza con un grupo de amigos caminando, hablando de videojuegos y banalidades; una travesía por pantanos, bosques y ruinas romanas, filmada siempre en planos extensos y, en ocasiones, cenitales —al más puro estilo de videojuego—, hasta llegar a las termas y bañarse.

Es en ese baño, en aguas calientes que parecen mágicas, dentro de bañeras con apariencia de sarcófago, donde los personajes se abren a las confesiones y a la intimidad, mostrando su fragilidad y humanidad. Son charlas bajo el calor del agua, conversaciones en las que no se miran a los ojos, pero sí al corazón. Es entonces cuando ‘Anoche conquisté Tebas’ se adentra en un terreno cercano al realismo mágico, transformando a sus personajes en hombres atemporales, ciudadanos romanos que hablan latín y parecen suspendidos fuera del tiempo y del espacio.

Bajo un cielo estrellado y entre bañeras con forma de sarcófago, Azorín, director albaceteño, construye una suerte de cuento mágico y experimental que escapa a toda descripción posible. Propone un cine reflexivo, pausado, casi hipnótico. Con un tono tarkovskiano que remite a Stalker y Nostalghia, esta no es una cinta para todos los públicos. Incluso para el espectador más cinéfilo, la experiencia puede derivar en cierto letargo o “sueño consciente” durante sus 112 minutos, en no pocas ocasiones excesivamente dilatados. No olvidemos que la media de cada plano secuencia ronda los quince minutos, y en varios momentos la película se muestra demasiado consciente de su propio objetivo.

Para bien o para mal, Gabriel Azorín nos entrega una rara avis completamente ajena al cine comercial —no solo español, sino de cualquier lugar—. Una propuesta densa, mágica y extraña. Fallida y maravillosa. Más lo primero que lo segundo, y también viceversa.

‘Anoche conquisté Tebas’: un milagro fílmico