martes. 23.04.2024
Foto: Berlinale
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Cundo pensamos en el Siglo XVIII nos trasladamos a Paris y nos imaginamos frecuentando los debates que se mantenían en sus célebres Salones, nos representamos a Kant paseando por las calles de su Königsberg natal, donde nació por cierto hace tres centurias, o evocamos igualmente los tesoros artísticos que alberga L’Hermitage de San Petersburgo. Pero el combate de Voltaire y los pensadores ilustrados contra las múltiples facetas del fanatismo no tenía lugar el mismo tiempo en todas partes. 

El comienzo plantea lo que se quiere narrar y el relato se basa en hechos reales, lo que te pone los pelos de punta

Esta película seleccionada por la Berlinale nos hace retroceder a 1750, cuando Diderot ya está editando los primeros volúmenes de su Enciclopedia y Rousseau escribe su primer Discurso. Pero sitúa su acción en un rincón apartado de Austria, donde la cultura no tiene fácil acceso y la religión impone su credo por temor al descenso a los infiernos por toda una eternidad. 

Se recrea un mundo en que los roles de género determinan tu destino y los problemas no pueden plantearse si rompen con las convenciones. No hay mucho margen para ejercer libertad alguna y las decisiones vienen absolutamente condicionadas por los hábitos. El comienzo plantea lo que se quiere narrar y el relato se basa en hechos reales, lo que te pone los pelos de punta. 

Todo empieza con los esponsales de la protagonista y se nos va contando cómo transcurren la vida de su comunidad. Las casas no tienen más luz que la del fuego y las luces de la Ilustración brillan por su asistencia. La obsesión por salvar el alma y ser absuelto de los pecados tiene sus consecuencias, porque al suicida se le niega la sepultura en un campo santo, al no haber podido redimir su pecado literalmente mortal. El final es lo que se quiere contar en realidad, pero tarda mucho en llegar y el camino hacia esa meta se hace demasiado largo para los espectadores.

'Des Teufels Bad': las tinieblas del Siglo de las Luces