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martes. 27.09.2022

Durante 60 años, entre su fundación y su disolución, ETA cometió casi 900 asesinatos. Sobre todo desde la llegada de la democracia a España, ETA fue la causa de un estado de odio tal que, incluso una parte de la población vio con buenos ojos el empleo de guerra sucia contra esa banda armada.

La respuesta de la democracia fue la utilización de los medios policiales y judiciales y la apelación al mundo terrorista para que defendieran sus ideas abandonando las armas y la violencia y sustituyeran estas por la palabra y las urnas. Ambos medios terminaron funcionando.

La presión de los éxitos policiales, las condenas de los tribunales, la ayuda francesa y el paso del tiempo, ocasionaron el que, desde dentro de la organización, naciera un movimiento, mitad de frustración y mitad de convencimiento de que, efectivamente, debían cambiar la "lucha armada" por su participación en el proceso democrático. Y, en el mundo abertzale, empezó a tomar relevancia el brazo político. Herri Batasuna, Aralar, Batasuna, Euskal Herritarrok y, más tarde, su integración en la coalición Euskal Herria Bildu, fueron los intentos del mundo independentista radical de defender sus ideas por medios civilizados.

Por uno u otro motivo, esa gente hizo lo que se les pedía: abandonaron las armas y participaron en la democracia. Las normas de participación política y las leyes electorales hicieron el resto: legalizar a Bildu, aceptar los votos que obtenían en los procesos electorales e inscribir a los concejales, diputados y senadores que resultaran de esos votos. Por la sencilla razón de que las ideas que defienden no están prohibidas y son tan legítimas como cualquier otra de las que se exponen en los plenos municipales o los parlamentos españoles en los que están presentes. Y por mucho que a una parte, quizás mayoritaria, de la población española, le parezca mal. Hoy, hay que repetirlo, Bildu es la respuesta del mundo independentista a las llamadas al diálogo que se les hizo durante décadas. Pues oigamos su voz en ese diálogo.

Las ideas que defienden no están prohibidas y son tan legítimas como cualquier otra de las que se exponen en los plenos municipales o los parlamentos españoles en los que están presentes

Pero, resulta que esa voz, y su voto, participan en la política española cooperando a la estabilidad de un gobierno progresista al que se trata de desestabilizar acusándole de estar sostenido por los votos de los “herederos de ETA”, la coalición Euskal Herria Bildu, inscrita en el Ministerio del Interior en 2014 y que obtuvo, en las últimas elecciones generales de 2019, 221.073 votos, casi los mismos que el PSOE, en el País Vasco. 

Los primeros que hablaron de los herederos de los terroristas, fueron los herederos del franquismo, aunque, más tarde, fueron los herederos de las mayorías absolutas del PSOE, los que “compraron” el mensaje. Y lo hicieron porque cayeron en la trampa tendida, muy inteligentemente, por la derecha. A pesar de que se sabe, como nos advirtió George Lakoff, que mediatizar el debate político es posible si el interlocutor admite las claves que al mediatizador le interesan para controlar el debate. Y, no cabe duda de que, a la derecha española, le interesa impedir que una izquierda disgregada, como la que existe ahora en España, sumen sus votos en el Congreso de los Diputados para sacar adelante iniciativas progresistas.

Por eso, el mantra de "populistas, separatistas y amigos de los terroristas" es la máxima expresión del mensaje de nuestra derecha para recriminar al PSOE que utilice los votos, no solo de partidos nacionalistas vascos o catalanes, si no los del mismo grupo político con el que comparte gobierno de coalición. Pero, ese mensaje, ha calado en parte de la militancia socialista que está lamentando esas "malas compañías", fuera del Pais Vasco y Cataluña, para la campaña electoral de las próximas elecciones municipales y autonómicas.

A la derecha española, le interesa impedir que una izquierda disgregada, como la que existe ahora en España, sumen sus votos en el Congreso de los Diputados

Es indudable que "el programa máximo" de los partidos independentistas vascos y catalanes es la creación de sendos estados independientes de España, como el "programa máximo" del PSOE es “la transformación individual y corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la nación". Pero ambos programas máximos están precedidos, en su jerarquía normativa, por la Constitución Española de 1978 que impide el cumplimiento de aquella desiderata. Resulta curioso que, lo que se podría conocer como “programa máximo” de Podemos, se basa en una lectura “exagerada” de algunos preceptos de la Constitución, quizás recordando que Oscar Wilde aconsejaba apoyarse firmemente en los principios hasta terminar derribándolos.

Mientras tanto, Bildu, ERC, Junts per Catalunya y, por supuesto, Unidas Podemos, impulsores de algunas de ellas, han colaborado a que las Cortes aprobaran multitud de normas que han mejorado la vida de los españoles durante los últimos cuatro años. Incluso VOX, en alguna ocasión, también lo ha hecho.

En algunas culturas orientales pasa algo parecido. Echan de casa a la hija que se dedica a la prostitución pero admiten su dinero en la familia

Durante esa próxima campaña electoral no se trata de hablar de los votos de Bildu, y mucho menos de los de VOX, que han hecho posible la aprobación de las políticas del gobierno de coalición. De lo que se trata es de poner en valor esas políticas, promovidas por un gobierno de izquierdas, mayoritariamente formado por el PSOE y con un presidente de ese partido. Al que, ahora, se le puede querer mandar de vacaciones mientras dure esa campaña electoral.

Solo falta que se proponga una coalición entre el PSOE y PP. Bueno, falta, pero poco. Hay quien, mientras elogia la labor del presidente del Partido Popular, critica a Podemos, con quien, sin embargo, llegó a gobernar porque no tuvo más remedio “para sacar adelante unos presupuestos”.

En algunas culturas orientales pasa algo parecido. Echan de casa a la hija que se dedica a la prostitución pero admiten su dinero en la familia.

La trampa de Bildu