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jueves. 18.08.2022
remeros

En el entorno del 14 de Abril, efeméride de la proclamación de la Segunda República, se multiplican distintas formas de respeto y reconocimiento de lo que fue la forma más sofisticada de gobierno humanista que se haya formado en nuestra historia, caracterizado por su afán en la  extensión de la cultura y en la lucha por los derechos de los colectivos más alejados del centro del poder: mujeres y campesinos en los años 30. La admiración por una forma de gobierno que trataba de asimilar los logros de la república de Weimar en lo tocante  a ciudadanía, y a progresar bajo principios morales que habría firmado el mismo Pericles para su Atenas clásica, la  II República concita anhelo y añoranza.

No podía ser de otra manera en estos días de recuerdo. Su trágico fin a manos de la barbarie fascista añade además notas de desesperanza por su pérdida y especulaciones sobre una hipotética vuelta de su querida presencia. Ojalá que así sea. Todo cuanto podamos hacer para revitalizar el republicanismo será bienvenido y de gran utilidad. Yo así lo creo, porque comparto tristeza y esperanza  con quienes conmemoran su nacimiento y lamentan su extinción. Comparto asimismo el no poder sentirme conformado en una organización política en la que un (unos) ciudadanos disfrutan de una reserva de derechos que nos están negados a los demás. Es una cuestión que destroza mi forma de entender la justicia, que no puede estar perturbada por el reparto de derechos exclusivos y de goce privativo. Vamos, que un modelo social que prima a uno (s) y excluye a los otros, me toca las narices.  Hasta el santón del liberalismo John Rawls abjura de los modelos desequilibrados en los que la justicia se distancia de la equidad, y los condena al limbo de las formas estériles, impotentes para generar el desarrollo de las sociedades avanzadas. Toda barricada es digna para apoyar la causa republicana.

Yo quiero traer aquí una causa poco difundida, poco expuesta o poco conectada con el fervor republicano. Es la reivindicación de las fortalezas operativas que posee el republicanismo frente a formas de organización sesgadas en favor de unos sobre otros. Me refiero a su potencialidad organizacional, claramente ligada a las necesidades del modo de vida contemporáneo.

Este siglo XXI que, de manera tan clara calificase Bauman como mundo líquido por su constante proceso de transformación y su inadaptación preconcebida, se entiende como un organismo polimorfo en constante cambio sin dirección consolidada ni por la tradición ni por la aceptación de lo dado, menos aún por lo originado en el derecho divino. El siglo actual es un mundo cambiante y para gobernarlo hay que disponer de una organización tan atenta y acoplable al cambio como éste mismo. La monarquía, la organización jerárquica por excelencia, descansa en una artrosis autoinducida que es la condición más opuesta a lo que el mundo en transformación continua exige.

En el campo de la economía el cambio afecta de modo similar, pero las empresas (bien gobernadas) se apercibieron mucho antes de que el mundo al que se enfrentaban ya no respondía a clisés ni estereotipos provenientes del pasado. Lo que estaba por delante era un reto que pide libertad de movimientos, flexibilidad organizacional y concentración particularizada en unos u otros objetivos. Para ello se requería una revolución operacional en la que las grandes estructuras jerárquicas debían dejar paso a grupos compactos de profesionales y trabajadores comprometidos con un determinado objetivo y autonomía para relacionarse entre ellos y con otras células productivas dentro y fuera de la propia empresa. Esto desde luego exige un cambio actitudinal entre las personas y la organización productiva, que ha trascendido a lo social como las nuevas competencias para trabajar en equipo, aportaciones de creatividad, trabajo incrustado en abstracciones y capacidad para ubicarse en entornos tecnológicos alternativos. Todo ello, como digo, para dar respuesta a los retos de una modernidad sino liquida, sí intrínsecamente cambiante.

La mutación del escenario productivo tiene enormes similitudes con las mutaciones sociales para las que los modelos de organización política no hacen match, no conectan del todo. Los modelos hiperestables en torno a la monarquía o a la plutocracia son, además de moralmente reprochables, operacionalmente obsoletos, incapaces de resolver los retos que el siglo XXI plantea, rígidos e ineficientes como instrumentos de avance hacia el progreso. 

Dos son las grandes cuestiones a las que debemos enfrentarnos en este siglo, por un lado los desmanes de la globalización, por el otro la articulación de las diversas escalas territoriales. Mutuamente influidas, se presentan ante nuestros ojos como realidades engañosamente polarizadoras. Pero no, hay que abordarlas como lo que son, en su entidad integrada.  El republicanismo, particularmente el de corte federal que implica una trasformación operacional apta para abordar los problemas de la justicia, la equidad y el compromiso interterritorial, me parece la forma más sensata de abordar problemáticas difusas, cambiantes y con origen e impacto diferenciado en unos y otros contextos. Europa camina hacia la federalización como respuesta a los retos de la modernidad, y eso debería hacer España, uno de sus estados con mayor fragmentación histórico geográfica.

En beneficio de todos ¡surja la Tercera República!

Tercera República. Razones operativas