martes. 16.04.2024

Los espectadores de la tertulia de primera hora de la mañana en TVE hemos sido testigos, hoy, de dos hechos consecutivos, uno sorprendente y otro cotidiano que, no obstante, a algunos todavía nos sigue sorprendiendo.

Mientras los tertulianos estaban hablando animadamente del problema nuestro de cada día, es decir, lo catalán, el presentador ha interrumpido las intervenciones para dar paso a una noticia de última hora. Resultaba que, en Baltimore, un carguero con contenedores ha golpeado el pilar de un puente y, este, el tercero más largo del mundo, se ha derrumbado en su totalidad. Hasta aquí, el primer hecho sorprendente. Tanto, que, hasta ese momento, no había ocurrido nunca, por lo menos en Baltimore.

Pero, lo que ha ocurrido a continuación me parece digno de reseñar. Como digo, la noticia era inesperada y, obviamente, ninguno de los tertulianos podía haber preparado nada para comentarla. Tampoco, entre ellos, había ningún ingeniero de caminos especializado en estructuras de puentes. Y, sin embargo, en pocos segundos ya estaban todos especulando sobre las circunstancias y las causas del accidente.

Ya quisiera yo que a gente así les hablaran del cáncer, del cambio climático o de la pobreza en el mundo para que nos ilustraran con soluciones inmediatas a esos problemas

Si se trataba, o no, de un "pilar maestro" sobre el que había impactado el carguero, si ese pilar debía de estar dañado porque no era lógico que un simple choque hubiera causado el derribo total, si no había "cortafuegos" en el puente que hubieran evitado ese colapso, si circulaban pocos o muchos vehículos por el puente, etc, no ha debido quedar nada que decir en ese análisis de urgencia hecho en vivo y en directo ante las cámaras de nuestro canal público.

Y, a mí, como digo, una reacción así de los profesionales del periodismo que se encontraban allí me ha parecido destacable, muy destacable. No por cotidiana esa actuación de los tertulianos televisivos debe dejar de sorprender. Puestos en su lugar, cualquiera de los espectadores que nos encontrábamos delante del televisor en ese momento, no creo que muchos hubiéramos tenido la templanza de ánimo, la capacidad de repentización y, sobre todo, los conocimientos sobre el tema, para hacer un análisis tan pormenorizado de lo que acababan de conocer. ¡Que reflejos!

Ya quisiera yo que a gente así les hablaran del cáncer, del cambio climático o de la pobreza en el mundo para que nos ilustraran con soluciones inmediatas a esos problemas.

Pero hay algo en lo que deberíamos pensar también, y es en el efecto que esas cosas pueden tener en aquellos espectadores que no vuelvan a ocuparse del tema y se queden con esas opiniones como única fuente de información para fundamentar una opinión propia. Por fuerza, algo se les debe de haber pasado a los tertulianos, dada la premura con la que han hecho ese análisis y la falta de datos en ese momento. Por tanto, quienes lo hayan, lo hayamos seguido, podemos tener una opinión falsa de lo que ha pasado.

Y no es lo malo lo que, a 6.000 km de Baltimore, podamos opinar lo que ha pasado en uno de sus puentes, no. Lo malo es que cosas así se repiten todos los días en relación a temas que nos afectan muy directamente y que conocemos solo por la espuma producida en mil y una tertulias de todo tipo y condición.

No digo, entiéndaseme bien, que reniego del debate entre conocedores en cualquier tema, ni siquiera de la libre expresión de opiniones de cualquiera que, sin ser experto en un asunto, debe tener la posibilidad de exponerla, preferiblemente en forma de dudas. No, me refiero a tanta tertulia convertida en cátedra desde la que se imparte dogma. Además, muchas de ellas se hacen en horario infantil, tiempo en el que no todos los adultos han llegado a la madurez mental.

Reflejos periodísticos