martes. 23.07.2024
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“Pocos llegan a ver lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.
Nicolas Maquiavelo


Hoy la verdad está en crisis y es evidente que el bulo, la mentira, el fango o el insulto dan votos

“Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas”. Con esta afirmación, la filósofa Hannah Arendt comenzaba su artículo publicado en 1964 titulado: “Verdad y política. Un estudio sobre la banalidad del mal”. En él, se interesaba por dos cuestiones: por un lado, intenta responder a la pregunta de si siempre es legítimo decir la verdad y, por otro, indagar el daño que la política podía infligir a la verdad, básicamente por medio de la mentira. Ambas cuestiones, pero sobre todo la segunda, estaban motivadas por la enorme cantidad de mentiras que se usaron en la controversia desatada contra su persona por su crónica en el caso “Eichmann en Jerusalén”. Insistía en que la elección moral sigue siendo libre, incluso en el totalitarismo y que esta elección tiene siempre consecuencias políticas. Decir la verdad es una manera de empatizar y construir relaciones fuertes y duraderas. Decir la verdad nos hace más humanos, más cercanos y nos permite relacionarnos más y mejor con las personas a las que queremos o con las que tenemos un proyecto en común. Y ciertamente, decir la verdad es el valor fundamental de una personalidad honesta; con mayor motivo deberían estar comprometidos con la verdad quienes se han postulado para dirigir las instituciones del Estado. Sin embargo, hoy la verdad está en crisis y es evidente que el bulo, la mentira, el fango o el insulto dan votos.

Que se lo pregunten al tal “Alvise”, eurodiputado electo y líder de la agrupación “Se Acabó la Fiesta”, incomprensiblemente premiado con 800.000 votos en las últimas elecciones europeas; al jurar este lunes pasado la Constitución en el Congreso, ha prometido, con cobardía meditada, que, una vez que sea oficialmente miembro del Parlamento Europeo, es decir, alcanzada la impunidad que le proporciona el cargo, difundirá audios y documentos de jueces, políticos y periodistas a los que, sin detallar, acusa de saquear España cometiendo innumerables delitos, arremetiendo contra el sistema constitucional, al que califica de “partitocracia corrupta”, para acabar celebrando la victoria en Francia de la ultraderecha de Marine Le Pen y defendiendo la “deportación masiva” de todas las personas migrantes que hayan entrado en España de forma ilegal. Y, sin ingenuidad por mi parte, con indignación y utilizando el célebre “Yo acuso” de Zola, pregunto a todos esos cientos de miles de ciudadanos que le han votado: ¿conocen cuál es el verdadero programa de este personaje?, ¿tienen claro por qué le han votado?, ¿conocen cuáles son los valores democráticos de este sujeto y al servicio de quién está? En este teatro esperpéntico en el que las derechas de “Alvises y Vox” están convirtiendo la política, la víctima de sus peligrosos desaciertos es la ciudadanía, hasta situarla en el despeñadero del desconcierto, la incertidumbre y el desánimo. Es el momento de tener clara como norma de acción democrática lo que escribió Aristóteles: “Ningún ciudadano debería votar a un político ni a un partido que no le conste fehacientemente que es honesto, leal, sincero y coherente”.

Con Donald Trump el fracaso de la verdad está garantizado y vergonzosamente indultado y perdonado

Se atribuye a Shakespeare la siguiente paradoja: “No me hagas preguntas y así evitarás que te responda con mentiras”. El ejemplo más actual de tal paradoja lo acabamos de comprobar días pasados en el debate norteamericano entre Biden y Trump. Si Biden, un candidato decente, ha demostrado ser ya un personaje decrépito y con dudosa posibilidad para una exitosa gestión, Trump, una vez más, ha demostrado ser un personaje amoral, sin prestigio ético, narcisista y delincuente mentiroso, del que la propia CNN ha comprobado que mintió más de 30 veces en el debate. Su patológica capacidad para la mentira le convierte en un serio peligro para liderar un país como Estados Unidos con quien, de llegar a gobernar, la democracia americana quedaría tocada con una influencia perversa en el orden mundial. Si la democracia es un sistema diseñado para proteger y facilitar la transparencia de la verdad, con Trump el fracaso de la verdad está garantizado y vergonzosamente indultado y perdonado.

Naka Kansuke es un escritor japonés, hipersensible y solitario, rasgos definitorios de su personalidad. Tras completar sus estudios universitarios en 1910, se enroló como voluntario en la Guardia Imperial para alejarse de su entorno; cayó gravemente enfermo en 1911 y, tras dos meses de estancia hospitalaria, decidió apartarse del mundo y retirarse de la vida social a la manera de un ermitaño. En una de su más conocida obra, “Perros”, desde el pesimismo convencido de un espíritu desengañado incapaz de creer en la bondad de las personas, se cuestiona el mito de la bondad natural del ser humano sin dejar un resquicio a la esperanza; en sus reflexiones explora las vicisitudes de la existencia humana y nos previene de las trágicas consecuencias que sufre el ser humano cuando decide seguir sin freno el dictado de sus más irracionales deseos. Reconocido por sus contemporáneos como un escritor único, Naka Kansuke no se dejó llevar por tendencias ni polémicas literarias y fue hasta el fin de sus días un pesimista romántico incapaz de creer en la bondad natural del ser humano.

En estos tiempos de incertidumbre lo que molesta de los políticos es su escasa credibilidad y su manifiesta incapacidad para los acuerdos

Habiendo leído parte de su obra, pero sin descender al pesimismo de Kansuke, contemplando la realidad en la que estamos envueltos, a veces uno tiene el peligro de caer en la tentación pesimista. Así lo reconoce, mencionándola de nuevo, Hannah Arendt en su colección de ensayos sobre cómo les afectaba el tiempo histórico a ciertos personajes admirados y admirables, titulado “Hombres en tiempos de oscuridad”. Según Arendt, si la función de lo público es echar luz sobre los sucesos del hombre y la historia, hoy -escribe ella-, para bien o para mal, la oscuridad ha llegado cuando esta luz se ha extinguido por “lagunas de credibilidad” y “gobiernos invisibles”, con discursos que no revelan lo que es, sino que lo que quieren esconder…, degradando la verdad con trivialidades sin sentido. Nada de todo esto es nuevo. Nuestros ojos se están acostumbrando a la oscuridad que apenas podrán distinguir si la luz es la luz de una vela o la de un sol brillante. Pues cercano al pesimismo de Kansuke y a los tiempos de oscuridad de Arendt, resulta preocupante escuchar casi a diario a nuestros representantes políticos cómo convierten sus intervenciones en una bronca cruzada de reproches y descalificaciones, hasta dinamitar la confianza en el sistema político, en un bochornoso espectáculo de ruido, sin llegar a interiorizar que ese ruido deteriora gravemente la democracia; consideran que el insulto y la mentira avalan y refuerzan su vacía y engañosa argumentación.

He titulado estas reflexiones “Sobrevivir a los malos gobernantes”; la razón del título lo justifica constatar lo poco que tardan los políticos en decepcionar a los ciudadanos que en ellos confiaron su voto. Así lo escribía Daniel Innerarity hace tiempo en un artículo en el diario El País, titulado “La decepción democrática”. En estos tiempos de incertidumbre, en los que la polémica constante es un error, lo que molesta de los políticos es su escasa credibilidad y su manifiesta incapacidad para los acuerdos.

Una de las expresiones que sin pronunciarse se piensa y se cultiva en el mundo de la política, es el llamado patriotismo de partido, al punto de considerar que uno deja de ser patriota político si no comparte y defiende la línea de pensamiento que el líder del partido marque en cada momento, aunque sea contradictoria con la que ha mantenido en momentos anteriores. Con el realismo de un lenguaje correcto y sincero, a tal comportamiento, lúcida e irónicamente, se le puede calificar de incompetencia; teniendo claro que un incompetente puede, por una acción casual, acertar alguna vez. Hablar de incompetencia política es recurrir por su implacable claridad a las tesis que popularizó el sociólogo Laurence J. Peter en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Fue de los primeros en atestiguar la proliferación de la mediocridad a lo largo y ancho de la historia. Su tesis es conocida como “el principio de Peter”. Tal principio afirma que, en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta llegar a un nivel en el que es “incompetente”. Este fenómeno, más frecuente de lo que pensamos, se refiere a que, si un empleado es eficiente en un determinado nivel, lo ascenderán a otro superior. Lo estamos viendo en todos los campos, de modo especial, en la política, en la que un militante de partido, si es obsequioso con el líder (denominado vulgarmente “pelota”), es recompensado con un ascenso, sin que nadie se haya parado a pensar si tal militante está preparado para desempeñar otras funciones diferentes. Desde el principio de Peter, solemos decir que las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad hasta que alcanzan su nivel de incompetencia. Bien lo describió Ortega y Gasset cuando dijo que “todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”. Desde este principio es fácil explicar por qué tantos puestos importantes en la política son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivos puestos.

La única razón que tenemos para actuar bien es el temor al castigo, el miedo a perder la buena reputación, el pánico a ver manchado nuestro buen nombre

En su libro La República, Platón cuenta una leyenda o mito que resulta muy útil para entender por qué en la vida cotidiana se produce tal cantidad de casos de corrupción, prevaricación, incumplimiento de las leyes y violencia encubierta. Todo ello tiene su origen, al parecer, en la sensación de impunidad de quienes actúan así, en la convicción de que nadie los ve o lo sabe, y por eso pueden engañar sin que se les castigue. Bien explica el mito o leyenda de “El anillo de Giges” de Platón nuestra filósofa y académica española Adela Cortina, para quien el sentido de la ética es imprescindible si queremos construir una sociedad justa e inclusiva. El contexto del relato es el siguiente: Glaucón y Sócrates entablan un apasionante diálogo sobre qué es la justicia y qué es ser una persona justa. Para intentar encontrar una respuesta, a Glaucón, hermano de Platón le parece oportuno contar la historia del anillo de Giges. Después de que el sofista Traxímaco defendiera que es mejor ser injusto que justo, y después de que Sócrates echase por tierra esta idea con hábiles argumentos, Glaucón, que no se queda del todo satisfecho, le plantea a Sócrates el siguiente “experimento mental”. El objetivo de Glaucón no es defender la injusticia y ponerse del lado de Traxímaco, sino ayudar a Sócrates a profundizar en su argumentación en defensa de la justicia.

En síntesis, este es el argumento final del mito de Platón. Giges, rey de Lidia, tiene un anillo mágico que hace invisible a la persona que lo lleva con solo girarlo. Cuando lo rota de nuevo se hace otra vez visible. Esta persona podría matar, robar y violar las leyes con toda impunidad porque nadie la ve. Glaucón está convencido de que eso es lo que haría cualquier que estuviese el anillo en su mano, porque, a su juicio, lo único que nos obliga a obrar bien es que otros nos vean; la única razón que tenemos para actuar bien es el temor al castigo, el miedo a perder la buena reputación, el pánico a ver manchado nuestro buen nombre.

Aplicando a nuestra actual realidad, la sensación de impunidad que da el mito del anillo de Giges, puede tomar formas muy diversas en nuestros políticos. Y es que estamos en una época en la que no triunfa el mejor sino el que aparenta ser el mejor. Si damos el anillo a una persona justa y a una injusta, la injusta, al saberse invisible, actuará a conveniencia e interés propio, porque lo único que le disuade de cometer tropelías es el miedo a la cárcel, a la multa, al descrédito, a la vergüenza social; más la justa seguirá comportándose con justicia, aunque lleve el anillo y nadie la vea porque valora la justicia por sí misma, aprecia a las personas y tiene un profundo respeto por la dignidad de los seres humanos y por su responsabilidad adquirida. Llevado al mundo de la política, una cosa es lo que aparentan los políticos cuando quieren conseguir votos y otra, la realidad que ocultan cuando esa realidad les puede dañar.

Dostoyevski: “El que miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni él ni quienes le rodean”

Razón tenía Alisa Zinóvievna Rosenbaum, la filósofa y escritora rusa-americana de origen judío cuando dijo que “la ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía”. 

En el marco de la diferencia entre “apariencia y realidad”, entre “ser” y “parecer”, somos los ciudadanos, la mayor parte de las veces, los que encumbramos al impostor, desde nuestra propia ignorancia, pues llegamos a creer que ocupan posiciones tan relevantes de poder porque son muy inteligentes, pero, viendo cómo actúan y gestionan, en realidad, nos parecen muy inteligentes tan sólo porque tienen un poder inmenso. Así lo escribió Fiódor Dostoyevski en su novela Los hermanos Karamazov. “El que miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni él ni quienes le rodean”.

Sobrevivir a los malos gobernantes y “el anillo de Giges”