lunes. 15.04.2024

Frente a la bronca y el desconcierto políticos, estoicismo

Las palabras pueden alcanzar un grado de irracionalidad y agresión que invitan a la violencia, en una estrategia de acusaciones sin tregua, preparando una atmósfera pública tan cargada de odio y de un clima tóxico que debilita, corrompe y destruye la convivencia ciudadana. 
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Congreso de los Diputados

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“El pueblo tiene el mismo derecho a la verdad que a la vida,
a la libertad y a la búsqueda de la felicidad”.

Epicteto


Una de las obras más sencillas de Ortega y Gasset, pero de enorme interés, al estilo de los Ensayos de Montaigne, es El Espectador. El contexto histórico en el que lo escribió fue en plena guerra mundial, en la que España fue neutral por su atraso económico, su crisis política y su humillación moral en años anteriores, además del estado de represión y revueltas en aquellos años de la población española; El Espectador es un libro escrito en voz baja pero que incita e impulsa al lector a convertirse en espectador, a reflexionar. Sin pretensiones ni comparaciones indebidas, siguiendo el consejo de Ortega, uno quiere convertirse también en espectador para reflexionar sobre lo que está sucediendo en la actual realidad española: el bronco y sórdido espectáculo que contemplamos el miércoles día 13 y este miércoles día 20, en la sesión de control al gobierno, metidos en el barro y el ventilador, con un lenguaje chulesco e hiriente, con un fuego cruzado de insultos, reproches y mentiras, más todo lo que rodea a los múltiples casos del enriquecimiento inmoral por el cobro de comisiones ilegales en la compra de mascarillas en tiempos de Covid y sus diferentes actores que aparecen de continuo en los medios, el acostumbrado matonismo macarra de un Miguel Ángel Rodríguez y sus amenazas a un medio de comunicación, etc…, no deberían tener cabida en una democracia seria; esta escalada indecente y una polarización y bajeza insultantes utilizadas de continuo, no solo degradan a quienes los protagonizan sino que avergüenzan a quienes, desde la ética ciudadana, lo contemplamos y escuchamos. La mayoría de la ciudadanía española, desconcertada, no está preparada para estas vergonzosas actitudes y situaciones. Y sonrojan aún más los aplausos enfervorizados de las bancadas respectivas que dan más alas al aumento de la sinrazón.

Los temas que importan a los medios y, sobre todo, a los políticos, no son los que importan a los ciudadanos

La acelerada actualidad de la vida diaria manejada por la política deja al descubierto que los temas que importan a los medios y, sobre todo, a los políticos, no son los que importan a los ciudadanos, al utilizar una farsa de hacer política que desdibuja y deforma la realidad; ¿la razón?: encubren o aparcan la realidad y presentan casi en exclusiva lo que a ellos conviene. El esperpento, lo grotesco y las mentiras se imponen y la percepción que de la realidad política tiene el ciudadano acaba enturbiada, sumida en la incertidumbre; el ruido y el barro se imponen opacando la verdad. Asumiendo el principio de realidad, la incertidumbre forma parte de nuestra vida y hay que aceptarla; pero también hay que asumir que, si el futuro se percibe incierto, en la ciudadanía surge la desconfianza en nuestros sistemas político, jurídico, social, económico, educativo y, sobre todo, en sus dirigentes. La permanente confrontación en la que nos están instalando los actuales políticos genera una pérdida de fe y confianza en el proyecto colectivo común al que llamamos España: es el viejo fantasma de la polarización, la misma con la que Miguel de Unamuno la definía con su “Me duele España”. Lo que hoy llamamos “crisis de la democracia”, no es otra cosa que un colapso de confianza en los profesionales de la política, aquellos que, elegidos por los ciudadanos, hoy representan y dirigen la sociedad. Al escuchar su permanente ruido, sus insultos, sus mentiras, su confrontación sin llegar a acuerdos, ¡qué razón tenía Manuel Azaña, quien fuera presidente de la Segunda República cuando dijo: “No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla”. Resulta descorazonador contemplar que quienes deberían solucionar los problemas que preocupan a los ciudadanos, son quienes los crean.

Las palabras pueden alcanzar un grado de irracionalidad y agresión que invitan a la violencia y destruyen la convivencia

Cuando los escuchas, las palabras y argumentos razonables, las sensatas y fundamentadas opiniones, esa mirada positiva que debería acercarles al diálogo, al entendimiento y al acuerdo, se han perdido en el griterío de los insultos, las amenazas y en las provocaciones; se hace patente el extremismo insensato de quienes han aparcado todo rastro de sentido común y hasta de cordura. Sin generalizar, pero en estos meses, desde las elecciones pasadas, en la permanente cantinela de la oposición popular al gobierno “del sanchismo” - con el insultante término de “la fruta”-, parece que no tienen interés en que seamos ciudadanos responsables, capaces de discernir con un espíritu crítico por nosotros mismos, en que sepamos qué significa, desde la educación y la cultura, ser demócratas; no les interesa que practiquemos “el viejo vicio de pensar”. Intentan imponernos su verdad, sin las suficientes pruebas y evidencia de que lo sea, y sin dejar espacio a la discreción. Sabemos, y más en el Parlamento, estatal o autonómicos, en el Senado o en las declaraciones o tuits de los políticos, que las palabras pueden alcanzar un grado de irracionalidad y agresión que invitan a la violencia, en una estrategia de acusaciones sin tregua, preparando una atmósfera pública tan cargada de odio y de un clima tóxico que debilita, corrompe y destruye la convivencia ciudadana. 

En este tiempo de la historia y de las nuevas tecnologías, el problema que tenemos no es de falta de información, todo lo contrario, sino de desorientación, por un exceso de opiniones no fundamentadas, de un ruido ensordecedor y mediático en las redes sociales, que nos impide hacernos una opinión propia, serena y equilibrada y tener nuestro propio criterio. En esta situación, ¿somos capaces de llegar a distinguir qué es lo importante para que una sociedad sea realmente democrática y para que los ciudadanos sepan elegir a aquellos políticos honestos que no les van a decepcionar? Este es el drama en el que estamos: produce desconfianza en la política y nos aleja de ella. Se ha roto la identificación entre los ciudadanos electores y los políticos elegidos al percibir que los partidos políticos no son coherentes con su ideología y que no cumplen el programa electoral para el que fueron elegidos. De nuevo se ha hecho presente la corrupción como uno de los términos que define a la clase política, involucrando no sólo a políticos aislados -no hace falta dar nombres-, sino a partidos en su conjunto. Parece que se enciende de nuevo aquella señal de alarma que se inició con motivo del 15-M de 2011, fecha en la que surgió un movimiento ciudadano con un eslogan muy repetido y referido a los políticos: ¡“No nos representan”! Pero hoy ya no protestamos, hoy exigimos y ante un problema político, hemos de sospechar de aquellas explicaciones que señalan con excesiva rapidez y sin pruebas justificadas quiénes son ya culpables. Hemos aparcado el artículo 11.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que señala que toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia, mientras no se pruebe su culpabilidad.

El viejo Aristóteles tenía razón al afirmar que la política tiene que perseguir el “bien común”; pero bien sabemos que “el bien común” no tiene una única interpretación. A lo largo de la historia ha habido muchos modelos y sigue habiéndolos ahora. Eso es lo que diferencian los proyectos políticos de los partidos; es normal, incluso necesario que las sociedades democráticas dispongan de esa variedad de propuestas y proyectos; no se pueden condenar las diferencias, sí las exclusiones; es lo que sucede en los regímenes totalitarios que solo hay un proyecto y, cuando solo hay un proyecto, no se busca el “bien común” sino el bien de quienes detentan el poder. Somos los ciudadanos los que tenemos que pensar en las distintas propuestas y analizar cuáles nos parecen convincentes y cuáles no. No se trata de que el político de turno nos manipule para vendernos su alternativa. Una ciudadanía lúcida y sensata estudia las distintas propuestas y valora si realmente van a ser mejores o no sin sesgos de ningún tipo. Y eso es lo que nos estamos jugando en estos momentos. Somos muchos los que nos preguntamos si realmente prestamos atención a lo importante, si los que tienen en sus manos el poder y la información, lo políticos y los medios, recogen en sus agendas las grandes cuestiones que nos deberían preocupar. O, por el contrario, en esta agitación que nos invade, somos incapaces de detectar cuáles con los verdaderos intereses, que, sin hacer ruido, preocupan a los ciudadanos.

Son demasiados los “votantes volátiles” que votan con el sentimiento pero no con el conocimiento

Estamos viendo en estos atropellados tiempos postelectorales, que el mayor riesgo que corre tener o no tener un determinado gobierno, no está en sus propuestas y programa, que las del Partido Popular desconocemos, sino en la lucha por conseguir el poder a cualquier precio y la desinformación con la que muchos ciudadanos han ido a votar; son demasiados los “votantes volátiles”, que votan con el sentimiento pero no con el conocimiento, sin capacidad para diferenciar los hechos de las opiniones, incapaces de diferenciar quién actúa con principios y valores éticos y quién prescinde de ellos con tal de conseguir el poder. Y no resulta fácil distinguirlos. Decía Salustio“Es difícil templar en el poder a los que por ambición simularon ser honrados”, pues, en el marco de la ética hay combates en los que no es deshonroso perder.

En el libro de San Agustín “Las Confesiones” se encuentra esta afirmación en forma de pregunta retórica: “Si ille et illi, cur non ego?” (Si aquel y aquellos lo han podido hacer, ¿por qué no puedo hacerlo yo?) Desde la moral de la acción esta afirmación de San Agustín es como una moneda: posee dos caras, dos interpretaciones posibles: la cara del bien, la de la ética, la del buen ejemplo a imitar y la otra cara, la del mal ejemplo también a imitar. Si aquellos, los buenos, han podido hacer el bien, ¿acaso no podré hacerlo yo? Pero si aquellos otros: los que se forran en tiempos de pandemia, los que mienten para mantenerse en el poder, los inmorales, los corruptos…, lo hacen impunemente sin que nadie les pase factura, por qué no puedo hacerlo yo.

Alexandre Koyré, filósofo e historiador de la ciencia, en su obra “La función política de la mentira moderna”, se preguntaba cómo identificar a los políticos mendaces, mediocres y falsos, inmersos en ese magma que es la acción política, cuál es su perfil para saber ubicarlos: y la respuesta no es otra que observando sus conductas. Es ese político que se dirige a aquellos ciudadanos ingenuos que pueden servirle como trampolín para conseguir el poder y sus oscuros intereses. Pero no se puede olvidar los que de ellos decía Charles Péguy“El triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes”. O como afirmaba Edmund Burke, el filósofo y político, padre del liberalismo conservador británico, defensor del Estado de Derecho: “Para que el mal triunfe basta con que los buenos se estén quietos y no hagan nada”.

Si los buenos ciudadanos, que los hay y son mayoría, no hacen nada, el mal puede triunfar

Y ciertamente, si los buenos ciudadanos, que los hay y son mayoría, no hacen nada, el mal puede triunfar. Y ser buen ciudadano consiste en alcanzar una visión informada y objetiva de la realidad, con una solidaria empatía que le conduzca a desear vivir en una sociedad equilibrada, igualitaria, sensible ante el sufrimiento, la corrupción y la injusticia, respetuosa con las diferencias, dispuesta al diálogo… Y desde estas circunstancias, recurriendo de nuevo a Ortega, como espectador, para no caer en el virus antidemocrático que nos pueden contagiar estos sesgos de polarización política, acudo a la filosofía, al estoicismo, esa corriente de pensamiento que intentó enseñar que se puede evitar la ansiedad, la frustración, el miedo, la desilusión, el odio, la insatisfacción…, puesto que todo eso no es más que el resultado de mirar el mundo de manera equivocada. Esto es lo que afirmaron en sus respectivas obras los grandes filósofos estoicos de la antigua Roma: Séneca, Epicteto, Adriano y Marco Aurelio. Los cuatro vivieron en los siglos I y II de nuestra era. Séneca fue tutor del emperador Nerón; Epicteto, un esclavo que obtuvo la libertad y que fundó una escuela de filosofía, y Marco Aurelio y Adriano, emperadores de Roma. Sus vidas no podrían haber sido más distintas, y, sin embargo, los cuatro abrazaron el estoicismo como guía para vivir una vida buena.

“Memorias de Adriano” es, sin duda alguna, uno de los textos más brillantes y profundos de la literatura del pasado siglo XX; precursora en gran medida del prestigio que el género histórico ha gozado en las últimas décadas. La forma que le confiere su autora, Marguerite Yourcenar, la de una larga epístola y dirigida a Marco Aurelio, permite que la voz del emperador Adriano fluya sin intermediarios y nos revele los acontecimientos de su vida pasada y su interioridad. En esta novela, Yourcenar reconstruye la biografía del emperador y el contexto histórico en el que surge y se desarrolla, pero también recrea un modo de ver el mundo y las formas en las que una mente como la de Adriano se relaciona con él, es decir, una filosofía de la vida. En sus reflexiones Adriano se cuestiona si ha merecido la pena abandonar la posibilidad de ser feliz por mantener el poder absoluto con una frase que es todo un legado para la historia de la política y los políticos: “Lo esencial es que el hombre que ha llegado al poder haya podido probar después que ha merecido ejercerlo”.

Desde el reconocimiento de su enorme capacidad para la reflexión, quiero cerrar estas páginas recordando la obra de un amigo, Alfredo Fierro, catedrático emérito de Psicología, que cuenta con una amplia producción, haciendo referencia a una de sus muchas obras que abraza las ideas básicas del estoicismo como guía para vivir una vida buena titulada: “Buen vivir y buen hacer”. Bajo la denominación “buen vivir” incluye todos los registros “positivos” de la existencia: la felicidad, el placer, los goces, la alegría, la paz... El buen vivir depende mucho de circunstancias azarosas, del “destino”, que dirían los antiguos, pero también, en alguna medida, de las propias acciones, del propio “hacer”, de un “buen hacer”, pues el largo plazo de una entera vida, un buen vivir se halla ligado a un buen hacer. Resalta Fierro en sus reflexiones que una porción, tal vez no grande, pero sí significativa, de la calidad de vida depende objetivamente de cada cual, del modo en que uno dispone el espacio y entorno circundante, inmediato, y en qué organiza y emplea su tiempo, no sólo el de ocio, tiempo libre, sino también el de su rutina diaria, su día a día.

Decía Séneca en un pasaje de la Consolación que le escribió a su madre para que dejase de lamentar la pérdida de su hijo, desterrado en Córcega, que las circunstancias externas no deben tener demasiada influencia en nuestras vidas, ni las favorables encumbran al sabio ni las adversas lo abaten. Hay que esforzarse por depender lo más posible de uno mismo, en ello está la más importante de las satisfacciones. Buena lección para estos tiempos de incertidumbre.

Frente a la bronca y el desconcierto políticos, estoicismo