jueves. 23.05.2024
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Desde que la derecha de Aznar (reunida en un partido que juntaba ultras con "gente de bien", y cuyo santo y seña fue el ataque a Irak con la oposición de una mayoría abrumadora de españoles), puso sus botas en la Moncloa, cada vez que ha vuelto a gobernar, tanto en el gobierno central como en las CCAA, se ha producido un deterioro de la calidad de nuestra democracia; básicamente: de limitación de libertades (excepto para beber cerveza) y restricción de derechos sociales.

Desde entonces se han producido cambios, también en esa parte del espectro. Hoy en día, con la aparición de Vox, como fuerza autónoma del PP, si este quisiera gobernar con los resultados que puedan salir de las próximas elecciones generales, estaría atado de pies y manos a un socio que, desde su extremismo de ultraderecha, reducirá, sin duda, no solo el espacio de los populares sino el de la misma democracia. Dicho claramente: la alianza de las derechas (el ticket Abascal/Feijóo) produciría más y más deterioro democrático y un gran retroceso en derechos sociales y civiles.

Entre los distintos ejemplos y las evidencias de dicho deterioro, podríamos incluir el bloqueo permanente del CGPJ o el desmantelamiento de los servicios públicos, y de entre todos ellos, sobresale por su gravedad, la negativa a reconocer la victoria del adversario, instaurada por Aznar a raíz de los atentados del 11M, para deslegitimar la victoria electoral socialista de 2004. Una estrategia de deslegitimación continuada y ampliada en las sucesivas derrotas electorales.

Podríamos continuar relatando otras verdades incuestionables porque, de un tiempo a esta parte, varios temas sobrevuelan el debate político, pero uno de ellos tiene el peso suficiente como para acaparar el interés de los ciudadanos: el paulatino deterioro de la sanidad. Este, se encuadra también, como lo anterior, en la voluntad de las derechas de gobernar atendiendo a sus exclusivos intereses. Recordemos que en el sistema liberal la atención sanitaria no es un derecho, y en el sistema USA, que se podría estar invocando como modelo a seguir por la derecha, lo que impera es, directamente, el sálvese quien pueda.

Es evidente que aquí no ha sido así: como entendieron antes que nadie con la mejor voluntad los usuarios del sistema hasta el presente. Sin embargo, ahora se pueden vislumbrar algunas de las ramificaciones inquietantes, para el reparto de culpas. Nuestro sistema sanitario sufre ahora las consecuencias de la pandemia, y, aún más, del austericidio que se impuso como salida a la crisis financiera de 2008. Paralelamente, se ha acelerado una gran deriva tecnológica, farmacológica y hospitalaria del conjunto de la asistencia sanitaria (que encarece significativamente la prestación de servicios). El gran aumento permanente del gasto farmacéutico amenaza la propia supervivencia del sistema, mientras la industria "justifica" el alto precio de sus productos con el coste de la investigación, cuando apenas supera el veinticinco por ciento del total. Y todos estos aspectos negativos se han reforzado durante el siglo XXI con el paso de la medicina de las máquinas (la tecnomedicina) a una digitalización galopante y descontrolada, actualmente, con un gran protagonismo de la inteligencia artificial y la llamada medicina de los códigos.

Dicho esto, ya que nadie niega esa problemática, pese a esas insuficiencias y teniendo en cuenta las dificultades de todo tipo, los logros de nuestro sistema sanitario fueron y siguen siendo a pesar de todo más que notables. Frecuentemente, en nuestros análisis intentamos argumentar que el centro del problema está en que no hay empleados públicos que atiendan a los ciudadanos, no son suficientes. Tampoco la organización y la dirección de los servicios públicos han cambiado con la velocidad requerida. Más aún: algo semejante a lo que ocurre con los sistemas informáticos, que no funcionan correctamente para suplir la carencia de personal cualificado. El resultado es que los ciudadanos podemos tratar de reclamar una mejor atención con los instrumentos que pone a nuestra disposición el propio sistema democrático, pero, en el fondo, cada día parece más difícil resolver esas deficiencias, y tenemos por lo tanto que resignarnos a una mayor desatención que va creando un sentimiento importante de desafección con el sistema. Se habla ya de una Administración hostil. Y empieza a haber toda una picaresca en los aledaños de los sistemas de citas.

En España, además de todo lo anterior, hay que tener muchísimo cuidado con la estrategia de la oposición conservadora, porque el modelo a seguir de las derechas es el modelo Ayuso, de desmantelamiento de la sanidad y los servicios públicos, de recortar el Estado del bienestar y favorecer los negocios del sector privado. En definitiva, la construcción de una sanidad privada para ricos y de reducir la sanidad pública a una atención precaria para pobres. Sin olvidarnos de la gestión privada de la sanidad pública, actividad que se produce fundamentalmente en las comunidades con gobiernos del Partido Popular. Por supuesto (sin prejuicios ideológicos apriorísticos lo decimos), detrás de esos diseños siempre hay grandes grupos empresariales que, contando con la ayuda inestimable de los gobiernos de las derechas, se aprovechan al máximo de su protección y se lanzan sobre los recursos allí donde huelen el negocio, para hacer caja.

Nuestro sistema sanitario se enfrenta cuanto menos a un escenario de incertidumbre

Así que cuando creíamos que teníamos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, aquel mito de "sistema muy bien valorado en todas las encuestas", nos encontramos con que, de repente, la sanidad pública se está convirtiendo, como decimos, en una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos. Una y otra vez, con ocasión de la celebración de distintos foros y en diferentes oportunidades, resonaban los cánticos anunciando un presente y un futuro brillante para nuestra sanidad publica. Pero, en la pandemia nos hemos enterado de que durante los gobiernos de Rajoy se habían cerrado camas de hospitales y de UCI (los célebres recortes; recordemos que España va con retraso en inversión en sanidad, servicios sociales e investigación, si nos comparamos con los países de nuestro entorno). Y para que no pensemos que se trataba de una broma de mal gusto, ahora vemos que faltan pediatras y médicos de familia, se cierran centros de salud y, como consecuencia, se colapsan los servicios de urgencias en los hospitales, al tiempo que cada vez más gente recurre a los seguros privados. De modo que no podemos dejar de pensar que nuestro sistema sanitario se enfrenta cuanto menos a un escenario de incertidumbre.

Hemos pasado de sentirnos plenamente protegidos a sentir que el propio sistema está en peligro. Al tiempo, se ha producido un profundo cambio de modelo de atención, con enormes repercusiones tanto en el propio sistema sanitario como en la economía, la sociedad y la cultura sanitaria y un deterioro importante de la accesibilidad y de la atención. Pues bien, ¿cómo está funcionando realmente nuestro sistema sanitario? Nuestro sistema sanitario público se encuentra en una de las crisis más graves de su historia reciente. Incluso el estrés que afrontó después de la irrupción de la covid 19 parecía menos tangible: en el confinamiento saludábamos con aplausos a los sanitarios. Por todo lo dicho anteriormente, hay que reconocer en primer lugar que es muy difícil de reconducir la actual crisis sanitaria a corto plazo. Para comenzar, es evidente que el futuro de la sanidad pública es el futuro de sus profesionales. Es cierto que faltan médicos en algunas especialidades como la primaria, pero si algo es necesario es mejorar las condiciones laborales y de conciliación del conjunto de los profesionales sanitarios, favoreciendo contrataciones estables y dignas, el desempeño de las mismas y la carrera profesional. Empecemos por ahí.

GASPAR LLAMAZARES Y MIGUEL SOUTO BAYARRI

La sanidad y el cuidado de sus profesionales