domingo. 14.04.2024
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Empezaré por explicar porqué que me niego de forma terminante a usar el término “debate”, lamentablemente convertido ya en uso universal para designar algo que es lo contrario de uno de los momentos más esenciales de un proceso deliberativo. Esa perversión del lenguaje -una más entre las que a diario lo degradan- tiene su principal origen en los medios de comunicación y, en concreto, por excelencia en uno: el audiovisual, es decir la televisión.

Ésta, ya sea pública o privada, está dominada ya sin remisión por la lógica mercantil y por tanto, por la conversión de todo y, en especial de lo que se vende como información, en espectáculo, es decir en el paso de todo por la trituradora que rige las reglas del mismo, cuya más genuina y cabal expresión reside en el mundo deportivo antítesis de la deliberación.

No es por tanto casual que bajo ese término -“debate”- se ha acabado por designar y anunciar lo que hacen los concursantes de los ‘reality’ y de cualquier otro formato de la telebasura’, en que los participantes usan la palabra como vehículo para tratar de expulsar a los otros.

Pero lo grave es que esa misma patología haya hecho metástasis en el órgano deliberativo por excelencia -el Parlamento-, en donde lejos de razonar bajo las implacables reglas de la lógica, acompañadas de buena retórica y de eficaz prosodia -o sea de debatir-, se monologa o se “discute”, con la vista puesta en lo que saldrá simultáneamente en las pantallas, convirtiéndose así los integrantes de la Cámara en patético sucedáneo de los concursantes de dichos programas de “entretenimiento”.

Y esa es la razón por la cual a lo que pude ver ayer noche en la televisión pública lo denomino “encuentro”, porque la afinidad con las competiciones deportivas que reciben ese mismo nombre salta a la vista.

Por decirlo de una vez: dos o varias personas cruzando entre sí palabras más o menos articuladas, trufadas o no de insultos, silenciosas o vociferantes, por el mero hecho no convierte ese intercambio, esa cháchara, en debate.

Hecha la aclaración pasemos a la sustancia de la reflexión: al Encuentro de anoche.

Ni el formato, ni la puesta en escena, reunían -ni pueden obedecer- a las mínimas condiciones, para un fructífero debate; hasta a la figura de lo que solía designarse como moderador se le ha pasado a llamar “árbitro” ; y para mayor acercamiento a lo deportivo el escenario está festonado de cronómetros.

La más que desgastada y banal estructura de los clásicos “bloques temáticos”, además de tediosa, no hace sino reproducir lo peor de las campañas: la reiteración de lugares comunes condensados en eslóganes cada vez más pueriles y estúpidos, como los que nos agreden desde banderolas y lonas invasoras del espacio público, hoy para vendernos candidatos y mañana para endosarnos ‘securitas-direct’, cosméticos o sucedáneos de café.

Así pues, los comentarios sobre lo visto ayer han de ceñirse a lo que realmente fue -un encuentro electoral dentro y al final de una interminable campaña-, y no a lo que se anunciaba que iba a ser: un “debate”.

Como tal hubo que juzgar también el realizado días antes, “entre los siete”; o el repleto de trampas, árbitros y jueces de línea mentalmente sobornados, celebrado días atrás por el canal berlusconiano, en penoso ‘remake’ de un combate de lucha libre de la época de aquellos juguetes rotos con los que nos entretenía la televisión franquista en blanco y negro hace ya más de medio siglo.

Para analizar o juzgar el comportamiento de los participantes en cualquier encuentro de este género y para evaluar en consecuencia sus posibles efectos -yendo un poco más allá de adivinar quien fue el ganador o ganadora y quien se quedó a la cola- es preciso “distanciarse” de uno mismo, no juzgar desde nuestras propias ideas o preferencias lo que cada uno de ellos dice o expresa con su lenguaje corporal.

Por lo general eso es lo que harán la gran mayoría de los espectadores, es decir quienes se limiten necesariamente a presenciar, puesto que no pueden intervenir o si lo hacen es con improperios o exclamaciones desde la soledad de su cuarto de estar; o sea como en el fútbol, ya sea en las gradas, ya sea desde casa o en el bar de la esquina.

En esa toma de distancia es aconsejable aproximarse a la recepción que, entre los diferentes grupos de espectadores, puede tener lo que se está presenciando. Grupos que, simplificando, pueden resumirse como los mandamientos de la santa madre iglesia, en dos: por un lado, los que ya tienen opinión formada, suficiente como para estar seguros de qué votarán y por quién lo harán y los que no piensan hacerlo; y por el otro lado, el variopinto grupo de indecisos de última hora que no por serlo dejan de tener ideas y preferencias acerca de los participantes en el encuentro, y por tanto no permanecerían con su corazón y con su mente en blanco ante su televisor.

Además, incluidos en cada uno de los dos grupos y más allá de los 4 millones y pico que miraron la televisión, están también, virtualmente, los otros veinte millones de potenciales votantes, que verán (o no) los comprimidos titulares que en los próximos días darán cuenta de los resultados del debate; en especial de la ganadora -lo más probable en este caso es que sea “ella” la elegida- y del perdedor.

Es altamente improbable -o al menos irrelevante en cantidad- que el tal encuentro, tanto en quienes lo presenciamos en directo, como en los ausentes que solo perciban lo resumido por otros en dichos titulares, altere la decisión del primero de esos grupos, o sea de los ya convencidos, cuyo mayor entusiasmo o menor agrado por lo visto o leído no tendrá mayor influencia en la papeleta que depositarán el próximo domingo en las urnas o que ya depositaron en Correos.

Todo lo más puede modificar en algunos casos la dirección del voto al interior de cada uno de los dos bloques en liza. La atención por tanto a la hora de evaluar la eficacia de los mensajes de cada cual ha de centrarse en el segundo de los grupos, tratando desde ese campo juzgar el acierto o no de los mismos.

Por mi parte al contemplar desde la diversa óptica del segundo de esos grupos -los indecisos-, yo diría en conclusión que tanto Yolanda Diaz como Abascal -no sabría decir quién más- supieron aprovechar bastante bien la oportunidad que el encuentro les brindó, para animar o rescatar a un paquete importante de sus potenciales votantes; y ello con independencia de las posibilidades -mayores o menores- de traducir para sí esos votos en escaños (no cabe olvidar que el “encuentro” era muy madrileño, y los participantes demasiado condicionados por la ubicación del “estadio” donde se estaba celebrando).

Creo en cambio que el actual presidente las desaprovechó y dudo mucho que lograse reparar de modo significativo los desperfectos acarreados en su precedente comparecencia en la ratonera berlusconiana.

Y por último, ¡qué decir del rebelde incompareciente!

El encuentro sancionó, con la certera colaboración de la insistente vicepresidenta, lo acertado del nuevo término FEIVOX con la que el aspirante gallego acaba de ser rebautizado.

Creo que en su decisión de no acudir y contemplar el debate desde el hotel en que se hallaba en postrada convalecencia -¡qué se mejore Don Alberto!- fue un error, una llamativa falta de reflejos para vislumbrar la fluidez de los acontecimientos. La sagaz táctica de no arriesgar hace quince días cuando se veía como triunfador, se ha traducido en torpeza de quien piensa y se recita a sí mismo que es bueno que siempre hablen de uno, aunque sea para mal.

Entre otras cosas perdió la ocasión de mostrarnos una vez más como “parte contratante de la primera parte”, el papel que para la contraparte no podía tener otro destino que la basura.

Reflexiones sobre el encuentro electoral en TV