domingo. 23.06.2024

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A veces el fragor de la batalla no deja ver el hecho incontrovertible de que tarde o temprano llega la hora de la reconstrucción. Una hora que, al menos en el campo de la política española, parece por desgracia bastante lejana. Pero que tenemos que hacer que llegue. 

Con la costumbre provinciana -sí, provinciana- de poner el foco únicamente en lo que sucede en la capital del reino, se nos están pasando por alto evoluciones de suma importancia conceptual, que no deben pasar inadvertidas. 

Hay una campaña electoral en Euskadi, y se habla poco de ella. Y se habla poco de ella porque parece ser que allí no vuelan los insultos de estofa miserable a los que trata de acostumbrarnos la muy zafia dirección del PP madrileño, y por otras razones no menos sorprendentes: un escenario electoral en el que todos los candidatos se presentan por primera vez, es decir un escenario, gane quien gane, de renovación política. Un escenario que parecía imposible viniendo de haber sido el teatro de una confrontación librada no por medio de la palabra, sino del crimen. Un claro escenario de progreso, en el más puro sentido del término.

El otro día el ministro de Economía decía que en tres meses no le han formulado ni una sola pregunta parlamentaria sobre los temas de su competencia. Esta estafa se tiene que acabar

Hay una campaña electoral en Cataluña, y según todos los indicios las políticas puestas en práctica por el Gobierno del Estado durante la anterior legislatura han cambiado el mapa de enfrentamiento que había hace años por un mapa de debate político en el que se vuelve a dar preferencia a los servicios públicos, a la gestión económica, a la cuestión social, sobre los debates identitarios. 

Por supuesto que ni en un caso ni en otro se han superado por completo los traumas del pasado, pasarán décadas para que se superen, pero lo que está claro es que se han puesto las vías correctas en la dirección correcta. Es decir, se demuestra que siempre es posible la reconstrucción. Si se quiere.

He pasado los últimos tres días fuera de Madrid, y el mayor reproche que ha llegado a mis oídos es que fuera de este teatro en el que todos tiran tomates hay una voluntad clara y marcada de volver a los tiempos en que se escuchaba un texto inteligente sobre las tablas. Hay una voluntad de recuperar la civilización que se contrapone a una voluntad de eliminar los restos que aún quedan de ella.

Pero, si seguimos hablando de teatro, en una democracia los ciudadanos no pueden asistir como espectadores a una disputa como esa. Su lugar está en el escenario, y el escenario son las sucesivas elecciones. Es preciso enseñar a los que ponen los pies encima de la mesa que la ciudadanía quiere ver documentos sobre la mesa, planes. El otro día el ministro de Economía decía que en tres meses no le han formulado ni una sola pregunta parlamentaria sobre los temas de su competencia. Esta estafa se tiene que acabar.

Reconstrucción