jueves. 04.06.2026
ELECIONES CASTILLA Y LEÓN

Las derechas en su laberinto

La lógica lleva a pensar que la sangre no llegará al río y que esas pugnas partidistas desembocarán en acuerdos gubernamentales, pero hay que verlo

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Todo resultado electoral es el daguerrotipo de un instante. Una imagen fiel, pero evanescente de un particular momento político. Fiel, porque muestra con la máxima exactitud posible las grandes tendencias que están operando y la maraña de preferencias e identificaciones políticas del cuerpo electoral. Evanescente, porque el irrepetible panorama sociopolítico que refleja puede cambiar y adoptar poco después formas imprevisibles.

Al mismo tiempo, los votos obtenidos devuelven a los partidos su talla política real y las restricciones con las que chocarán sus programas, lo que les permite observarse con los ojos de los votantes y les ofrece la oportunidad de corregir su rumbo.  

PP y Vox pugnan por la supremacía política, electoral y social en el creciente espacio de las derechas reaccionarias y compiten por cobijarse bajo las belicosas alas de Trump

Por último, el paso de los votos por el cedazo del sistema electoral transforma la voluntad popular en poder político democrático. Tras conocerse el resultado electoral, los votos trascienden en representación política y prolongan su incidencia a lo largo de una legislatura, lo que facilita la gobernanza o revela una crisis de gobernabilidad a la que la política democrática debe encontrar una salida si no quiere que elitistas y oscuros intereses la impongan.

El resultado de las próximas elecciones autonómicas de Castilla y León se conocerá el próximo 15 de marzo. La cuestión determinante que se dirime en ellas es si las derechas reaccionarias obtendrán la mayoría absoluta. La respuesta que ofrecen las encuestas es inequívoca: PP y Vox conseguirán con holgura la mayoría absoluta de los 82 escaños en juego. Al igual que ya la obtuvieron en Extremadura y Aragón.

En todo el mundo, el ascenso de la extrema derecha es el signo más relevante de estos tiempos. No vale de nada resignarse, pero de nada vale tampoco negar lo evidente, tocar a rebato en actos que no llevan a ninguna parte o trasladar la solución de los desafíos inmediatos a un futuro en el que las extremas derechas demostrarían su mala gestión y su antisocial gobierno.

Conviene, no obstante, matizar y advertir que las previsiones electorales en tiempos tan convulsos son cualquier cosa, menos seguras. Y esa advertencia vale también y sobre todo para futuras citas electorales. Más aún si persiste esa amenazante espada que pende sobre la humanidad desde que el pasado 28 de febrero se inició la irresponsable e ilegal agresión militar de EEUU e Israel contra Irán que ha incendiado toda la región de Oriente Medio, de cuya estabilidad depende una parte sustancial de la producción y el comercio mundial del petróleo y el gas natural con los que funciona el mundo. De prolongarse esta guerra, la Tierra se llenará de furia e inestabilidad. Y el shock de oferta global tendrá impactos de enorme alcance que ni Trump ni sus asesores han sopesado.

El laberinto de las derechas

Otro asunto distinto, pero de no menor importancia, es si PP y Vox serán capaces de atemperar sus riñas y formar gobiernos autonómicos o si su desencuentro obliga a repetir elecciones. Ambos partidos necesitan diferenciarse de su copartícipe en la aventura reaccionaria que impulsan. Y ambos partidos tratan de achicar el espacio electoral de su imprescindible socio para negociar desde una posición de fuerza mejores condiciones, cargos y prioridades gubernamentales. En eso siguen enredados, escenificando una confrontación política y cultural que está sacando a la luz un laberinto de declaraciones y pulsiones que obstaculizan su alianza. La lógica lleva a pensar que la sangre no llegará al río y que esas pugnas partidistas desembocarán en acuerdos gubernamentales, pero hay que verlo.

PP y Vox comparten objetivos en este ciclo electoral: evidenciar la debilidad del Gobierno de coalición progresista y de las fuerzas políticas y sociales que lo sostienen y conseguir en las próximas elecciones generales la bancarrota de las fuerzas de izquierdas y la retirada definitiva de Sánchez. Están interesados y se saben condenados a entenderse, pero deben disimular coincidencias para no contrariar a segmentos de su propio electorado ni despertar a sectores progresistas que dormitan en la abstención o dudan en volver a votar a los partidos progresistas que les han defraudado.  

El disimulo de PP y Vox y la ambigüedad de sus relaciones mutuas acaban cuando comienzan a gobernar juntos las administraciones autonómicas y toman decisiones que, por beneficiar a élites domésticas y a intereses de la administración Trump, terminan perjudicando a las grandes mayorías sociales y a España. Justificar las decisiones y políticas trumpistas quebranta a Europa y contribuye a la demolición de un orden internacional sustentado en reglas e instituciones multilaterales que encauzaban la colaboración de la comunidad internacional y facilitaban desescalar conflictos y negociar soluciones pacíficas sobre la base del respeto a la legalidad internacional. La posición subordinada y complaciente de PP y Vox con las políticas belicistas y el desorden mundial que impulsa Trump en su propio beneficio (y en beneficio de los poderes oligárquicos que representa y que lo sustentan) va en contra de la mayoría social trabajadora y el conjunto de la ciudadanía española.

Las proclamas patrióticas de PP y Vox dejan de ser creíbles cuando defienden a Trump y sus intenciones de imponer su voluntad y la ley de su fuerza al resto del mundo. Con esa atadura, la defensa intermitente de la democracia, la Constitución Española o los Derechos Humanos que practican PP y Vox se convierte en inverosímil. Más aún si coinciden con el recetario trumpista de políticas autoritarias, iliberales, xenófobas, racistas, antisociales y contrarias a los derechos de las mujeres. Es imposible defender al mismo tiempo la soberanía nacional de España y justificar la actuación de un imperio que desordena el mundo y utiliza su capacidad de intimidación contra el Estado español y su legítimo gobierno cada vez que Trump considera oportuno o cree que la seguridad nacional de EEUU, el insultante bienestar de sus élites o los beneficios de sus grandes conglomerados empresariales pueden sufrir algún riesgo o merma.

PP y Vox pugnan por la supremacía política, electoral y social en el creciente espacio de las derechas reaccionarias y compiten por cobijarse bajo las caprichosas y belicosas alas de Trump, con la consiguiente dependencia de EEUU y de su agresiva y errática conducción de la política exterior estadounidense. Esa pugna es una fuente permanente de tensiones y desgaste de la imprescindible alianza que pretenden. Y el ascenso electoral de Vox frente al estancamiento del PP no ayuda a que encuentren la salida del laberinto. La distribución del voto entre PP y Vox en las elecciones autonómicas de Castilla y León puede proporcionar nueva información que ilumine el escenario en el que las derechas representan una trama de coincidencias, pendencias y desgaste que no permite atisbar un fin ni un final claros.

Un apunte sobre las izquierdas

En el campo de las izquierdas, las fuerzas políticas afrontan problemas de mayor calado por múltiples razones y causas muy diferentes. Algunas de esas causas son globales y escapan por completo a su capacidad de resolverlas; otras, sin embargo, nacen de errores no forzados y desaciertos que podrían tener solución o, por lo menos, un mejor tratamiento que limite sus peores consecuencias.

Lo que parece obvio es que para derrotar la ola reaccionaria que se nos viene encima no basta con constatar los líos entre las derechas ni es suficiente la audaz denuncia por parte del presidente Sánchez de los desmanes de Trump y de sus colegas de correrías bélicas, Netanyahu y Putin, o la lúcida reivindicación de una mayor integración y autonomía estratégica de la Unión Europea acompañada de una firme defensa de la legalidad internacional. Tampoco valen de mucho las llamadas retóricas a la unidad de las fuerzas de izquierdas que, como no acaban de aterrizar en propuestas concretas y practicables, no tardan en convertirse en munición contra la cooperación y la convergencia electoral posibles.

El enésimo intento de reordenar el espacio político de las izquierdas o las improvisadas propuestas de convergencia electoral valdrán de poco si no se sustentan en unos mínimos criterios y perspectivas comunes que permitan seguir colaborando y trabajando juntos en un Gobierno de coalición progresista que defienda a las grandes mayorías sociales trabajadoras, los sectores en riesgo de exclusión y los derechos de toda la ciudadanía.

Hay mucho malestar acumulado y mucho miedo al futuro esperando alguna señal por parte de los partidos progresistas y de izquierdas de que quieren y pueden abordarlos y resolverlos con medidas reales y posibles. Y no hay señal más potente y eficaz que la que puede dar el actual Gobierno de coalición progresista en lo que queda de legislatura para resolver problemas acuciantes de la mayoría social que la protejan y ofrezcan avances en las perspectivas de paz, seguridad económica y futuro que reclama.

Esas señales merecen una reflexión especial que deberían impulsar las principales cabezas y líderes de las formaciones de izquierdas. Para eso están, para sopesar las soluciones posibles, construir alianzas sólidas y alternativas amplias que permitan llevarlas a cabo y revertir el ascenso de las extremas derechas. Y lo primero que deben hacer para lograrlo es dejar de sestear, dejar de joder con la pelota de los egos y los agravios recibidos y dejar de estar en la inopia. Pueden hacerlo. Quizás, los malos resultados electorales que seguramente obtengan las izquierdas el próximo domingo en Castilla y León les apremie a hacerlo. ¡Ojalá!, porque aún es posible generar nuevas resistencias y movilizar las energías democráticas de la ciudadanía para derrotar a las derechas reaccionarias en las próximas elecciones generales, sean cuando sean convocadas por el presidente Sánchez.

Las derechas en su laberinto