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La nación que, en el último siglo, ha atacado a más paises que ningún otro, lo ha vuelto a hacer. USA, junto con Israel, su gendarme en la región está bombardeando Irán. La zona ya la conocen bien, pues ya han atacado anteriormente Afganistán, Siria y, dos veces, Irak.
Al igual que en otros casos, las razones aducidas son, alternativamente, políticas y militares, aunque es difícil no ver los motivos económicos que, en forma de gas y petróleo, justifican de verdad los bombardeos de Irán. Por eso, ante tantas razones explicativas, hay a quien, además de a los republicanos norteamericanos que tienen que apechugar con haber hecho presidente a Donald Trump, les parece estupendo eso de la guerra. Aquí en España tenemos a uno que cree que los derechos humanos se defienden matando gente.
La defensa de la paz no se hace solo declarándolo o poniéndose tras una pancarta. Que también
Son momentos, estos, de recordar a Erasmo cuando decía aquello de "Dulce bellum inexpertis". El autor del "Elogio de la locura" ponía un ejemplo con ese aforismo, de hasta dónde puede llegar la estupidez humana. Porque, efectivamente, la guerra solo puede ser bella para quien no la conoce. Lo que, por otra parte, no deja de ser una explicación benéfica para los partidarios de la guerra, ya que los trata, nada más, que de ignorantes. O, como diría Carlo María Cipolla, tontos.
Pero hay otra clase de amantes de la guerra. Y, aquí habría que volver a citar a Cipolla, son los que desean la guerra, el mal, para otros, porque, con eso, se benefician ellos. Son los malvados. Bien sea ganando dinero, mucho dinero, vendiendo armas, bien sea tratando de obtener réditos políticos acusando de buenismo, o peor todavía, de woke, a quien se le ocurra invocar el derecho internacional, el diálogo o, simplemente, la paz.
Los defensores de la guerra, como aquellos que aplaudieron en el Congreso cuando Aznar nos metió en la guerra de Irak, deberían conocer, nuevamente, el rechazo de la mayoría social
Pero esos valores son los que, y no hace falta hacer muchas encuestas para comprobarlo, acepta la mayor parte de la sociedad de cualquier país civilizado. Y, también de España, un país que no intervino en las dos guerras mundiales del siglo pasado, que castigó electoralmente a los que nos metieron en la guerra de Irak y que, solo por un referéndum ganado milagrosamente, se mantuvo en la alianza militar de la OTAN.
Por eso, los defensores de la guerra, como aquellos que aplaudieron en el Congreso cuando Aznar nos metió en la guerra de Irak, deberían conocer, nuevamente, el rechazo de la mayoría social. En cualquier foro y, sobre todo, en unas elecciones.
Porque la defensa de la paz no se hace solo declarándolo o poniéndose tras una pancarta. Que también. En democracia, se hace votando a los que propugnan la paz y haciendo, más que nunca, que ese voto sea útil. Está en juego, nada menos, la vida de muchas personas.
Y, frente a la voluntad popular, es decir, frente a la ética de este principio, se oirá el argumento de la ética de la responsabilidad. Nada más falaz que considerar responsable el seguidismo de los violentos.
Aunque, aún hay algo peor que justificar la guerra y es banalizarla utilizándola como simple argumento contra tu enemigo político.
Pues si la guerra tiene que ser un argumento electoral, ganemos esa guerra contra la guerra en el campo de batalla de las urnas.
(Y, por cierto, que el próximo 8 de marzo se recuerde aquel 23 de febrero del calendario juliano cuando las obreras rusas pidieron “pan y paz”)




