sábado. 24.02.2024
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(...) toda descripción o representación geográfica necesariamente esconde una acción de proyecto no declarada, a menudo no deliberada y ni siquiera consciente.

Giuseppe Dematteis

(…) es la coreografía de la celebración o la protesta del espectáculo o el duelo, lo que otorga vida y significado a las fábricas silentes de la Arquitectura.

Luis Fernández Galiano

Hace meses que oigo noticias sobre la reforma de La Puerta del Sol, incluso me invitó a ver la obra el amigo y arquitecto de esta operación, y respondiendo a la misma acudir al terreno cuando aún se amontonaban maquinaria y acopios, que no permitían una visión clara, para formar una opinión responsable. Cuando las noticias ya daban cuenta de su inauguración he acudido al lugar, por amistad y responsabilidad ciudadana y profesional, para realizar unas “visitas de obra”, en distintos días y horas, en pleno bullicio o en calma, y penetrar en ella desde las distintas calles que allí desembocan, y recorrer la nueva obra con pausa e interés, para adquirir el conocimiento suficiente y poder formar una opinión solvente.

Con ese conocimiento y las citas que encabezan este artículo como guías, he redactado estas notas críticas, con la extraña sensación de estar realizando un ejercicio inútil, una especie de autopsia sobre un cadáver ya embalsamado. Un lamento sobre lo que debió y pudo ser una nueva plaza y no una simple reforma más de esta malformada Puerta del Sol

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Giuseppe Dematteis nos viene a decir que la primera virtud del urbanista, del arquitecto, más importante que su capacitación técnica, es saber leer la geografía, ciudad o campo, para descubrir qué proyecto implícito encierra, para sacarlo a la superficie y formalizar la respuesta adecuada. Una nueva geografía de la ciudad. Una lectura que parece haber estado ausente al proyectar una nueva forma para este simbólico espacio, en el corazón de Madrid.

La Puerta del Sol ha sido y debe seguir siendo ese gran vacío destinado a acoger a los ciudadanos en momentos intensos y tensos de la historia de España

Luis Fernández Galiano nos empuja a oír el clamor coral que, repetido a lo largo de su historia, ha quedado impreso en sus piedras y paredes y que, más que su desdibujada forma, ha dado significado a esta plaza. Porque la Puerta del Sol ha sido y debe seguir siendo ese gran vacío destinado a acoger a los ciudadanos en momentos intensos y tensos de la historia de España. Así lo ha sido este "espacio común", que ha visto las navajas de los madrileños contra los mamelucos de Napoleón, más afilados y fieros los ojos que pintó Goya que la punta de sus navajas. Así ha sido, cuando don Niceto Alcalá Zamora proclamó el triunfo de la II República, desde el balcón de la Casa de Correos, ante una multitud plena de alegría y esperanza. Así ha vuelto a ser, cada primero de mayo, como culminación de las manifestaciones reivindicativas de los sindicatos, hasta que la ceguera del PP negó este valor simbólico a este sitio. Así bulló con la prometedora sentada del 15M, que durante días trasformó la plaza en el corazón de España y eco de otras plazas hermanas en el ancho mundo. Así se repite cada 31 de diciembre con la celebración bulliciosa del nacimiento de un nuevo año. Así debería haber acogido a las manifestaciones de apoyo al masacrado pueblo gazatí y las convocadas por los movimientos feministas. Así debería instituirse como culminación de toda manifestación masiva de los ciudadanos, defendiendo sus derechos y revindicando más libertad, igualdad y fraternidad.

Sin olvidar la presencia siniestra de la policía política del franquismo, que ocupaba la Casa de Correos, y los gritos de los atormentados que se filtraban por sus muros.

Sin este maridaje entre "piedra y carne", sin el eco de las pisadas que han hoyado tantas veces este trozo de Madrid, no puede proyectarse, no solo reformarse, la Puerta del Sol, para convertirla en una plaza, en el ágora de la ciudad.

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La piel gruesa de una plaza reclama un pavimento que le otorgue identidad y sensualidad. Un pavimento que, como una alfombra pétrea, invite a transitarla sin direcciones preestablecidas ni rugosidades molestas que hieran los pies y disuadan de sentarse o tumbarse sobre ella, Y no un patchwork de diferentes materiales y texturas, algunas de ellas agresivas, que restan unidad a la plaza y pretenden fragmentar su uso, diferenciando espacios para actividades distintas, en lugar de dejar que sea el movimiento espontáneo de la gente lo que dibuje la arquitectura de la plaza. Si un adecuado pavimento es condición primera de una buena plaza, el hoy ejecutada no lo es.

¿Qué hacen el caballo y el Rey en esta plaza, en el ágora de Madrid, siendo el ágora un espacio esencialmente republicano?

¿Qué hacen el caballo y el Rey en esta plaza, en el ágora de Madrid, siendo el ágora un espacio esencialmente republicano? Sin afán iconoclasta, opino que sobran caballo y Rey. Pero si más sabios y tolerantes que yo entienden conveniente su presencia, por convicción monárquica, criterios estéticos o pereza, muévase al menos su localización. Recule hacia la fachada entre Mayor y Arenal, buscando respaldo en ella. Al menos suprímase la pueblerina fuente-peana con sus chorritos, redundante con el propio pedestal que sostiene la estatua, y constituye un obstáculo, con su envoltura de grueso granito pulido, para la necesaria isotropía de la plaza.

Mejor, si se decide conservar este grupo escultórico, apoyar el pedestal sobre el pavimento y situar “caballo y Rey” a la altura que pensó el escultor, más coherente con la visión del peatón.

Y los kioscos. Si bien podía apostarse por el cilindro como la forma más neutra para alojar los kioscos, con un diámetro y altura ajustada —¿6 m de diámetro y 3.5 de altura?— cuando estos se agrupan formando un cluster o macla, con una altura excesiva para su función y además se revisten con pieles brillantes y reflectantes, estas agrupaciones, dada su ubicación, perturban, casi impiden la visión panorámica de la plaza, cuando se desemboca en ella por las calles Mayor, Arenal y Carrera de San Gerónimo. Mas grave en esta última, pues al obstáculo de la macla de kioscos se suma la presencia de esas absurda jorobas acristaladas, que no cristalinas, que cubren la estación de metro y ferrocarril.

Opino que, el obstáculo visual de estos kioscos así agrupados puede minimizarse deshaciendo la macla, ajustando la altura de cada cilindro, buscando una envoltura más neutra y haciéndolos recular hacia las fachadas de Mayor-Arenal y, sobre todo, en la comprendida entre Alcalá y San Gerónimo.   

Y, como acto de expiación, desmontar las absurdas jorobas y sustituirlas por un volumen cristalino más escueto y rebajado.

Y qué decir de los bancos, esas enormes “esculturas yacentes” de granito, que se quiebran para formar de unos absurdos corralitos con la pretensión de fomentar el descanso y la conversación. Olvidando que este espacio, sin arbolado, no ha sido ni puede ser lugar de estancia y reposo. Solo de tránsito y manifestación ciudadana.

Y a la ostentosa masa, cabe denunciar su equivocada colocación, invadiendo el corazón del hemiciclo y desdibujando el arco que conforma este espacio. Cuando serían más adecuados unos bancos lineales, sin afanes escultóricos, más próximos y acordes con la arqueada fachada entre Arenal y Alcalá.

Las esbeltas y agigantadas farolas, fernandinas o isabelinas, no parecen otra cosa sino una exaltación del tipismo madrileño.

Lamento, escribí al principio de estas líneas. Y un lamento es este artículo, a toro pasado, que no espera consuelo, porque la arquitectura cuando se hace piedra tiene voluntad de permanecer.

Descompuesta y triste se queda la Puerta del Sol, cuya vida ha transcurrido sin saber qué ser, si cruce de caminos o plaza mayor de Madrid. Porque puerta nunca ha sido.

La maltratada Puerta del Sol