lunes. 26.02.2024
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El del realizador ucraniano Konstantin Lopushansky es un cine de la disolución. El protagonista de su tercer largometraje Sinfonía rusa (1994) declara a su generación como hija “del epílogo universal”, a la cual solo le queda seguir la inercia hasta que todo acabe de forma tan rotunda, que sus existencias pasen a ser un presentimiento nebuloso para lo por venir. Todo ello es esa negligencia de la inteligencia que asume como estrategia una voluntad equívoca que es incapaz de predecir el propio daño en la acción vital. Como advertía la poeta cubana Yarelis Montero, “no busques refugio en los dioses, no en la silueta que dibuja el espejo”. En esta complejidad psicológica han caído los dirigentes de Junts en una interpretación mórbida de la historia y del actual momento político. Considerar que es una actitud política brillante presionar constantemente hasta su desgaste a un gobierno progresista que reconoce la singularidad catalana, que intenta desenredar el galimatías jurídico que se desató contra los nacionalistas catalanes y reactivar la deteriorada convivencia en Cataluña por la agresividad conservadora ante el hecho diferencial al otro lado del Ebro, facilitando, consciente o inconscientemente, el ascenso de una derecha malquista con el catalanismo y propensa a deslegitimar a los partidos soberanistas, no parece una estrategia política inteligente.

No existe en Junts una reordenación intelectual de lo que el nacionalismo catalán debe representar en el rígido arquitrabe de la particularidad política que representa el régimen del 78. Pretender una ruptura unilateral y en solitario con la monarquía postfranquista agotando la oxigenación que supone un ejecutivo de progreso es una frivolidad política condenada al fracaso en la que no cayeron los nacionalistas catalanes de 1931. Astillar la cohesión de una mayoría parlamentaria claramente rupturista con el statu quo del postfranquismo es devolver Cataluña al receso de su autogobierno y a los soberanistas a las ergástulas que la derecha siempre les tienen preparadas.

El nacionalismo catalán debe coadyuvar a la profundización democrática, a la consolidación de un concepto amplio en el contexto de la España poliédrica para poder avanzar

El conservadurismo carpetovetónico ha propiciado que España carezca de lo que Mommsen, al describir las costumbres de Roma, llamaba un vasto sistema de incorporación. Se ha producido, como consecuencia, un vértigo centrífugo en la poliédrica realidad social, territorial, institucional y ética en un país donde la tradición autoritaria, puesta al día y ampliada por la FAES, propició la carencia de un espíritu colectivo, a la manera del volksgeneist alemán o del republicanismo francés surgido tras la revolución de 1789. O de la propia revolución americana, cuya estela aún se deja ver dos siglos después.

Cataluña vive, como consecuencia, un proceso de ruptura no tanto con España sino con el Estado postfranquista, como existe una ruptura social, que sólo podrán ser sobresanadas con una auténtica revolución democrática para la reconstrucción de un Estado que sea reflejo de la realidad del país en todos sus ámbitos constitutivos. El nacionalismo catalán, por tanto, debe coadyuvar a la profundización democrática, a la consolidación de un concepto amplio en el contexto de la España poliédrica para poder avanzar, a su vez, en su singularidad cultural y política al objeto de que, como afirmó Manuel Azaña, la libertad de Cataluña sea la libertad de España.

Junts y el error como estrategia política