martes. 23.04.2024

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No creo que cerrar los ojos sea una buena opción en tiempos de desasosiego y retraimiento, tales como los que vivimos cada día con más intensidad. Todo lo contrario, enfrentarse a los problemas, analizar sus causas, buscar las soluciones posibles debiera ser la actitud adecuada para afrontar los desafíos que nos depara un mundo cada vez más incierto. Durante la reciente campaña electoral gallega, que tuvo de todo menos de gallega, algunos medios, algunas encuestas abrieron la posibilidad de que el Partido Popular dejase de tener mayoría absoluta. No sé en qué criterios demoscópicos se basaban para tal conjetura, lo que sí sé es que esa posibilidad sólo sirvió para movilizar aún más al electorado más conservador de la Galicia conservadora. Pero, ¿es Galicia más conservadora, más reaccionaria que Andalucía o Madrid? Sinceramente creo que no, que las elecciones gallegas, planteadas en términos estatales, sólo son un síntoma más del avance de las posiciones más reaccionarias en todo el mundo. Y no sirve que Vox no haya sacado ningún diputado en las gallegas porque gracias a una tupida red de sucursales, en las que colaboran la iglesia, la prensa subvencionada, la patronal, las cofradías y todas las fuerzas vivas del territorio, el Partido Popular ha tejido una red clientelar tan amplia como en las que en tiempos de la Restauración tuvo el Marqués de Figueroa. Ahí no cabe Vox, ni cabe más derecha, todo el espectro ideológico conservador y reaccionario, más el indolente, cabe bajo las siglas del partido fundado por Fraga.

Ahí no cabe Vox, ni cabe más derecha, todo el espectro ideológico conservador y reaccionario, más el indolente, cabe bajo las siglas del partido fundado por Fraga

Sin embargo, como decíamos al principio, sería muy torpe explicar los sucedido en Galicia achacándolo sólo a las particularidades del PP gallego, a la forma de ser sus ciudadanos o a la falta de tiempo para preparar las elecciones tal como alega algún partido de izquierda. Sin haber salido todavía de la ola de neoliberalismo destructor, los electores europeos -los yanquis también, pero eso es harina de otro costal- han decidido que el futuro del continente y del mundo está en el apoliticismo. Un mundo sin políticos gobernado por políticos que cobran del Estado, manejan el Erario y están dispuestos a comérselo con el aplauso de la plebe. Galicia en este caso no es una excepción, sino la norma que rige en Madrid, en Valencia, en Andalucía, en Italia, en Austria, en Finlandia, en Holanda, Polonia, Suecia, Grecia, Hungría y, dentro de muy poco, en toda Europa. Podríamos pensar que, como ha sucedido en otros periodos históricos, la ciudadanía se ha vuelto loca, es incapaz de valorar que vivimos mucho mejor que en el resto del mundo ni de que tenemos servicios y derechos impensables en la mayoría de países. Y sí, hay algo de eso, cuando se rompen las redes de confraternización, de solidaridad, cuando lo único que vende es el éxito personal, la consecución de riquezas a costa de lo que sea y se desprecia con la mayor naturalidad cuanto se ignora, algo grave está pasando, un elemento autodestructivo se ha metido en el seno de las otrora sociedades democráticas europeas poniendo en riesgo su viabilidad a corto plazo.

Pero además de eso, de ese egoísmo destructor y en absoluto generoso, llevamos décadas triturando logros que algunos creían instaladas para siempre en nuestros países, conquistas que daban seguridad y bienestar, cosas que se echan de menos y de las que nadie, tampoco las instituciones europeas, se han preocupado como merecían. La primera de ellas es la enorme incertidumbre en que se mueve la mayoría de la población ante el acoso de la globalización y la digitalización, cuestiones que no son percibidas como beneficiosas por muchos ciudadanos porque no sólo han supuesto la destrucción de millones de puestos de trabajo, sino también la desaparición de la industria, la competencia desleal de productos agrícolas de terceros países en los que no se cumplen ninguna de las normativas medioambientales e higiénicas que la UE exige a los propios y un cambio en las costumbres y modos de vida, de las expectativas, inasumible.

Muchos jóvenes se han desconectado de la política porque no esperan nada de ella, ni casa, ni trabajo, ni pensión, ni absolutamente nada

La política, tanto la local como la estatal o la comunitaria, debe tener en cuenta el bienestar de los ciudadanos y poner los medios necesarios para que éste sea cada día mayor. En muchos casos no ha sido así. Buena parte de los jóvenes de nuestro tiempo no tienen posibilidad de acceder a una vivienda a un precio que esté en consonancia con su salario cuando hace treinta años si era posible; las oportunidades laborales para alguien que no tenga una especialización acompañada de idiomas y de alguna ayudita, se reducen a trabajos basura que no permiten cubrir los gastos esenciales; muchos jóvenes se han desconectado de la política porque no esperan nada de ella, ni casa, ni trabajo, ni pensión, ni absolutamente nada, cualquier alternativa a la situación actual les parece mejor. Por otra parte, hay cuestiones que no interesan lo más mínimo a amplias capas del electorado, entre ellas la atención que se presta a los derechos de las minorías, la memoria democrática o el cambio climático.

Ya se sabe desde la Biblia que el miedo guarda la viña y que mientras el miedo y la incertidumbre ganan adeptos, nada importa la corrupción, ni los derechos humanos, ni el cuidado del planeta

Todo el mundo, o al menos una parte considerable, sabe que las consecuencias del cambio climático están siendo devastadoras, que nadie debe estar enterrado en una cuneta, que cada cual puede amar a quien quiera, pero sucede que elección tras elección las listas de espera sanitarias son mayores, que las viviendas son un lujo inalcanzable para la mayoría sin que las administraciones públicas se decidan a crear un parque de viviendas accesible, que los obreros ya no pueden hacer huelga -derecho hoy casi exclusivamente reservado a quienes pueden cortar las vías de comunicación- ni defender sus intereses porque a la mínima la empresa dice que se va a otro país, que los bancos maltratan a sus clientes y se han convertido en instrumentos de extorsión, que los pequeños agricultores están siendo aniquilados por los costes de producción y los distribuidores y que la ignorancia y la estupidez ganan abrumadoramente la batalla al conocimiento y la reflexión. Si a eso añadimos la desaparición del sentimiento de clase, el desconocimiento de la forma en que se consiguieron los grandes logros económicos, políticos, sociales y culturales a lo largo de los dos últimos siglos y el miedo cerval e inducido a los migrantes que tanto nos ayudan y necesitamos, tenemos el caldo de cultivo perfecto para que la mayor demanda de la sociedad sea la seguridad, y con ella el regreso a una forma de vida en que cada cual ocupe el lugar que le corresponde según rango e ingresos, sin sobresaltos, sin cambios excesivos, sin concesiones. Ya se sabe desde la Biblia que el miedo guarda la viña y que mientras el miedo y la incertidumbre ganan adeptos, nada importa la corrupción, ni los derechos humanos, ni el cuidado del planeta, importa lo inmediato, aunque ello suponga adelantar el final.

Incertidumbre y demanda de seguridad