TRIBUNA DE OPINIÓN

Iñaki Gabilondo o la lucidez del sentido común

Hay personas cuya inteligencia deslumbra y la de Gabilondo, además, acompaña y humaniza.

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La conversación que mantuvieron Aimar Bretos y Iñaki Gabilondo fue uno de esos raros momentos televisivos en los que el espectador siente que no está simplemente viendo una entrevista, sino asistiendo a una conversación verdaderamente interesante.

En tiempos de polarización y espectáculo, escuchar a Gabilondo reivindicar la utilidad social del periodismo fue reconfortante

Gabilondo se mostró como como el hombre profundo y coherente que siempre ha sido, y quizá ese sea hoy el elogio más grande que puede hacerse de un periodista que a sus más de ochenta años conserva una lucidez intelectual admirable, pero también algo aún más difícil de mantener intacto con el paso del tiempo como es la curiosidad, la capacidad de escuchar y una enorme conciencia moral de lo que significa vivir en sociedad, pues no habla desde el resentimiento ni desde la superioridad del veterano, sino desde una inteligencia serena, afinada por la experiencia y la reflexión.

Impresiona escucharle analizar el presente con una claridad que muchos no alcanzan por más que recurran a discursos grandilocuentes en esas tertulias vociferantes tan en boga.

Hubo momentos especialmente brillantes, como su reflexión sobre el patriotismo, alejada de banderas agitadas y consignas huecas. Gabilondo reivindicó una idea mucho más noble y exigente de amar a un país basada en respetar sus instituciones, cuidar la convivencia, defender la verdad y preocuparse honestamente por el bien común.

Frente al patriotismo convertido en espectáculo o arma arrojadiza, él profundizó en la descripción de un patriotismo sereno, cívico y profundamente democrático, y lo hizo con suma elegancia.

También resultó especialmente valiosa su advertencia sobre el error de algunas generaciones jóvenes al frivolizar o incluso mitificar el franquismo, pues no habló desde el dogmatismo ni desde el resentimiento, sino desde la memoria de quien conoció realmente lo que significaba vivir sin libertades.

Su intervención tuvo la autoridad moral de quienes no necesitan exagerar porque vivieron en primera persona aquello de lo que hablan. Y es precisamente por eso que sus palabras sonaron tan necesarias al recordar con enorme sensatez que las democracias pueden deteriorarse cuando la memoria se banaliza.

Otro de los aspectos más emocionantes de la entrevista fue su defensa del periodismo entendido como servicio público, casi como una obligación ética. Esa idea de que comunicar no consiste en exhibirse ni en imponerse, sino en ayudar a comprender el mundo y acompañar honestamente a la ciudadanía.

En tiempos de polarización y espectáculo, escuchar a Gabilondo reivindicar la utilidad social del periodismo fue reconfortante, pero quizá lo más admirable durante la entrevista fuera su calidad humana. La humildad con la que habla, la ausencia absoluta de vanidad, la ternura que transmite al referirse a la vida, al paso del tiempo o a los afectos.

Frente al patriotismo convertido en espectáculo o arma arrojadiza, él profundizó en la descripción de un patriotismo sereno, cívico y profundamente democrático

Hay personas cuya inteligencia deslumbra y la de Gabilondo, además, acompaña y humaniza, no necesita elevar la voz porque posee algo mucho más poderoso y mucho más escaso como es su autoridad moral.

Y vayamos ahora al entrevistador, Aimar Bretos, un profesional como la copa de un pino que estuvo magnífico y en su sitio en todo momento. En una época dominada por la interrupción constante y el exhibicionismo, Bretos es maestro en la práctica del difícil arte de escuchar.

Supo crear el clima perfecto para que la conversación respirara, dejando espacio a los silencios, a los matices y a las reflexiones pausadas. Su manera de entrevistar demuestra respeto por el entrevistado y también por la inteligencia del espectador.

La pasada noche no vimos únicamente a un gran periodista entrevistando a otro gran periodista. Vimos a dos generaciones del mejor periodismo dialogando con inteligencia, sensibilidad y respeto. Y terminamos la entrevista con una la sensación extraña y hermosa de haber escuchado a alguien que todavía cree en la dignidad de las palabras, en el valor del sentido común y en la necesidad de seguir pensando el mundo con honestidad y humanidad.