martes. 23.04.2024
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Si hay algo que ha caracterizado secularmente a la derecha española ha sido su incapacidad para hacer amigos. Ignorar el carácter verdadero de España, las distintas sensibilidades que subsisten bajo el mismo techo patrio, despreciar a quienes defienden posturas opuestas o discrepantes con las órdenes e intereses de los poderosos, presentar como única alternativa válida el pensamiento único que resulta de mezclar a Vázquez de Mella con Manuel Fraga, Rouco Varela y Milton Friedman lleva a un callejón sin salida en el que sólo los acólitos, los logreros y los medrosos tienen cabida.

Es cierto que Alberto Núñez Feijóo lideró al partido más votado en las pasadas elecciones; no es cierto que las haya ganado, porque para cantar victoria en unos comicios en un sistema parlamentario hay que tener la capacidad de entender la realidad de España, la habilidad de saber negociar incluso con organizaciones que no coinciden con el propio ideario y muchas veces entran en clara pugna. Insultar, descalificar y despreciar de modo reiterado y altanero a quienes podrían haber sido compañeros de viaje es una estrategia que lleva a la más absoluta soledad y que invita a la melancolía y a la huida hacia adelante, esa que lleva a no reconocer los errores propios y culpar de ellos a quienes viajaban en vagones diferentes y en dirección contraria.

España tiene un problema doble de cara a formar gobierno. El Partido Popular había dado por hecho gracias a los sondeos, encuestas e informaciones mediáticas que habría un gobierno de su partido con Vox. Ningún dirigente de ese partido expresó antes de los comicios duda alguna al respecto. Se habían celebrado banquetes, verbenas y aleluyas mucho antes de que el asado saliese del horno, la música sonase por las calles y los curas volteasen las campanas. La soledad, aunque guarnecida por los poderosos de la banca, la energía, la industria y la distribución, apareció cuando todos esperaban bailar sobre la tumba de Pedro Sánchez, ese hombre maldito que logró apaciguar las aguas turbulentas de Cataluña y que, equivocándose mucho, consiguió poner en marcha un país destrozado por la pandemia y por la crisis aún no resuelta de 2008. El Partido Popular no tiene quien la escribe pese a su triunfo, sólo Vox con quien había preparado a última hora la estrategia murciana para intentar despistar al electorado. Por cierto habría que estudiar por qué una región como la murciana que fue durante años proclive al voto a la izquierda, se ha convertido en la provincia con mejores resultados para la ultraderecha. Despejaría muchas incógnitas.

El otro problema para formar gobierno es Puigdemont. Es un caso especial el de éste político con pocas ganas de serlo que además tampoco fue independentista en sus principios pero que, debido a su poca personalidad y preparación, se vio arrastrado en 2017 a convertirse en héroe y líder de una facción del independentismo. Dado su papel actual, creo que nadie puede saber qué va a hacer su partido. Se dice que no será capaz de votar lo mismo que PP y VOX para impedir un hipotético gobierno de coalición PSOE-SUMAR, pero cuando se hace tanto el ridículo, cuando uno se encierra en un bucle interminable de victimismo y ensoñación, cuando son los acontecimientos los que marcan tu forma de ser y pensar, cualquier cosa es posible. No descarto que Puigdemont se abstenga en segunda votación, pero en cualquier caso la necesidad de contar con esa abstención para sacar la labor de gobierno durante los próximos años no la veo factible, porque Puigdemont y los suyos creen lo mismo que el Partido Popular, que cuanto peor, mejor, esperando sacar cuantiosos intereses para su causa de una situación revuelta o de un periodo de gobernabilidad inestable.

Con todo y con eso, conviene escuchar el análisis que hizo Pablo Iglesias de los resultados electorales, si Sánchez fuese capaz de atar los hilos para reeditar la coalición, pueden ustedes estar completamente seguros de que la presión mediática, fáctica y tal vez callejera llegaría a extremos no conocidos en los cuarenta y seis años del régimen democrático vigente. La derrota, porque eres el derrotado cuando no tienes con quien dialogar para pactar y formar gobierno, de los que se suponían ganadores indiscutibles crea siempre malestar y frustración en cualquier partido, pero cuando ese partido se cree dueño de un país, cuando considera que todos los demás están equivocados, cuando tiene fe ciega en que lo mejor para España es privatizar España, entonces la lógica tristeza se torna en odio, en rabia, en irracionalidad, cualidades nada adecuadas para la actividad política en un régimen democrático.

Dudo que se llegue a formar un nuevo Gobierno Sánchez porque al entrar en la ecuación el partido de Puigdemont todo queda al albur de los prontos, los arrebatos y la fuerza del sino. Pero si tal cosa sucediese, los insultos, las descalificaciones, los bulos, las difamaciones, los acosos sufritos hasta ahora serán recordados como cosa inocente. El gobierno será acusado de golpista, ilegítimo, separatista, filocomunista, antiespañol, bolchevique, etarra; los medios de comunicación y las redes sociales arderán de noticias falsas y descabelladas que pretendan dar la sensación al ciudadano de que está en manos de unos depravados que recién llegaron de los infiernos a las órdenes de Lucifer para romper la España una, grande y libre que nos legó Francisco Franco; los toreros sacarán sus espadas y banderillas dispuestas a aplicárselas a quien corresponda, los dueños del dinero pondrán el grito en el cielo ante cualquier decisión que aspire a una mejor distribución de la riqueza e Isabel Díaz Ayuso terminará de despejar la margarita para decidirse a enterrar a Feijóo ignorando que ese hombre está hecho de su misma madera, de su misma crueldad.

No vienen tiempos fáciles, aunque debieran serlo tal como indican los marcadores económicos y la situación general de un país que lidera el crecimiento económico en la UE con la inflación más controlada. Debiera ser un tiempo de acuerdos para combatir el cambio climático que no sólo amenaza nuestra naturaleza sino también al turismo, una de nuestras principales fuentes de ingresos, un periodo para fomentar el optimismo de la población, su confianza en sí misma y en la democracia, en una sistema que respeta a los que más ingresan pero que cumple con su obligación constitucional de dar amparo a quienes peor lo están pasando. No será así, la maquinaria de destrucción masiva de los ultras españoles está engrasada y dispuesta a hacer todo lo que esté en sus manos, que es mucho, para impedir que gobiernen de nuevo quienes subieron el Salario Mínimo más de un treinta por ciento, prohibieron el despido libre e instauraron el Salario Mínimo Vital.

Haciendo amigos