viernes. 19.04.2024
PP

La primera consecuencia a destacar del resultado de las elecciones generales del 23J es que la inminente llegada de la extrema derecha al gobierno, que se anunciaba tras las elecciones municipales y autonómicas, no se ha producido. A contracorriente de la tendencia general en Europa, la extrema derecha ha sufrido un fuerte retroceso, perdiendo casi 3 puntos y más de un tercio de los escaños que obtuvo hace 4 años. No habrá gobierno Feijóo–Abascal, que las encuestas presentaban como la opción más probable. No lo habrá porque el desplome de Vox desequilibra la balanza a pesar de que el PP ha obtenido un muy buen resultado. Todo lo cual justifica que Abascal reconociera anoche que Vox es el único partido que ha perdido las elecciones sin paliativos. En las cancillerías europeas, se habrán oído suspiros de alivio.

En el régimen parlamentario en que vivimos, el Presidente del Gobierno es elegido por el Parlamento. Los ciudadanos no eligen al Presidente del Gobierno. Eligen diputados y éstos invisten al Presidente. Por eso, quien ha sido el ganador de estas elecciones solo se sabrá cuando un candidato obtenga la investidura por la mayoría de los diputados.

Con ese criterio, hoy por hoy, no hay un ganador claro. La suma de diputados de PP y Vox (169) no es suficiente para investir a Feijoo. Si Feijoo quiere proclamarse ganador de las elecciones, es muy dueño. Pero para ser investido, Feijóo necesita encontrar el apoyo de otros partidos bien sea mediante el voto favorable o la abstención. Con toda seguridad, Feijóo no encontrará los apoyos favorables que necesita. Por eso, para lograr la investidura, el candidato del PP necesita la abstención del PSOE, cosa que Feijóo ya ha pedido la misma noche electoral.

Un cuento clásico dice que había un portugués en un pozo. El portugués gritaba al que miraba desde el brocal: sácame del pozo que en cuanto me saques te mato. Feijóo actúa como el portugués del pozo. Para echar a Sánchez de la Moncloa y para derogar el sanchismo, Feijóo pide el concurso de Sánchez. Creo que nadie debería sorprenderse si Sánchez no se muestra muy partidario de esta propuesta. El cántico celestial de que debe gobernar la lista más votada carece de la más mínima credibilidad cuando el PP no ha respetado esta misma regla en Extremadura, en Canarias ni en numerosos ayuntamientos. En el último tramo de la campaña  Feijóo pidió una mayoría suficiente para poder gobernar en solitario, sin ataduras. No lo ha conseguido, evidentemente.

Reeditar una renovada coalición progresista era el objetivo declarado de Sánchez y Díaz. La coalición se ha quedado corta en esa apuesta al sumar menos escaños que hace cuatro años: el PSOE gana 2 escaños pero SUMAR pierde 4. La suma PP–Vox es mayor que la suma PSOE–SUMAR, a pesar de lo cual, Sánchez puede conseguir más apoyos que Feijóo. Ahora bien, no vale con repetir la mayoría de investidura de hace 4 años porque hace 4 años la investidura de Sánchez tuvo 165 votos en contra y, hoy, los mismos partidos sumarían 177 escaños. Lograr la investidura dependerá de que Bildu y ERC pasen de la abstención al sí y de que Junts pase del no a la abstención. Tendríamos entonces una mayoría “Frankenstein Plus”. No es muy probable que tal cosa ocurra. Pero no es imposible: Sánchez y Díaz lo van a intentar, lo están intentando ya desde el primer minuto. Hacen bien, y ahora diré por qué.

Hay que señalar que la coalición Frankenstein ha sido el caballo de batalla de la derecha durante estos cuatro años. Que el PSOE pacte con comunistas, separatistas, terroristas y otros enemigos de la patria ha sido la causa principal de que una parte del establishment socialista de tiempos de FG haya trabajado contra Sánchez y, por ende, del PSOE. Algún ex-dirigente del PSOE ha dicho que lo más importante de estas elecciones sería que las perdiera Sánchez porque eso abriría paso a su defenestración como líder del partido. No ha sido así: Sánchez sale reforzado.

Algunos opinadores de la derechona están sorprendidos y escandalizados por el empeño del noble pueblo español en votar mal

Algunos opinadores de la derechona están sorprendidos y escandalizados por el empeño del noble pueblo español en votar mal. Los electores han mandado al Congreso a una horda de rojos, separatistas, antiguos terroristas y nacionalistas de diverso pelaje. Son reincidentes y me temo que la repetición electoral no cambiará mucho las cosas como indica la experiencia. Desde hace ya unos cuantos años, la gobernabilidad del país depende, en buena medida, de ellos. Y con esos bueyes hay que arar.

Importa analizar la experiencia de estos cuatro años de coalición progresista en el estado de lo que algunos llaman los grandes consensos de la transición: la unidad de España, el funcionamiento del sistema democrático, las libertades y derechos fundamentales y el Estado del Bienestar.

Durante estos cuatro años la unidad de España en ningún momento ha estado en cuestión. A más a más, el independentismo catalán retrocede a ojos vistas. Recordemos que hace cuatro años, las calles de Barcelona ardían y el conflicto indepe estaba en plena vorágine. Si la práctica es el criterio de la verdad, la verdad es que la política catalana de Sánchez, incluidos los indultos, no ha servido para promover la ruptura de España sino, exactamente, para todo lo contrario. No es un dato baladí que el PSC haya obtenido más votos que todos los indepes juntos, que han reunido poco más del 28% del electorado catalán. No sé qué es lo que pretenderán obtener a cambio del apoyo a la investidura de Sánchez, pero, sinceramente, no están para tirar cohetes. La gran incógnita está en Junts que se ha convertido en una fuerza política disruptiva e imprevisible. En todo caso, cualquiera que mire las cosas con un mínimo de sentido común, convendrá que la política catalana de Sánchez ha sido un éxito.

Durante estos cuatro años las instituciones democráticas han funcionado con total normalidad, a excepción hecha del CGPJ, ocupado por el PP– Vox contra lo que ordena la Constitución. Docenas de importantes leyes han sido aprobadas acorde a las normas. Casi todas ellas han sido recurridas al TC, con poco éxito. No existe el más mínimo indicio de que se recorten las libertades y los derechos de los ciudadanos, antes al contrario: se han ampliado derechos individuales. No se ha encarcelado a ningún miembro de la oposición: al talego solo han ido los condenados por corrupción de épocas pasadas. Y no todos. En materia de corrupción, esta legislatura está siendo de las que menos escándalos se han registrado. La mayor amenaza para el funcionamiento del sistema democrático español es la proliferación de fakes que ha sido la especialidad de la derecha, algunas más fruto del delirio que otra cosa, como aquella de que, diez años después de su disolución, ETA gobierna en España. Por cierto, no se conoce ningún peaje a Bildu, seguramente porque no lo ha habido.

Finalmente, el Estado del Bienestar ha sido fortalecido. Y los temores de que el PSOE se iba a “podemizar” no sólo no han sucedido sino que Podemos y su área de influencia se han “socialdemocratizado”.

Todo esto me lleva la conclusión de que ninguno de los males augurados por los que tanto se ha criticado al gobierno de coalición y a la mayoría frankenstein que lo sustenta se han materializado: España no se ha roto ni tiene trazas de irse a romper; la propiedad se sigue respetando escrupulosamente; las instituciones funcionan y el PSOE no se ha “podemizado”. La clave está en fijarnos qué es lo que se pacta y no solo con quien se pacta. Por eso me muestro favorable a intentar un pacto para una mayoría “Frankenstein Plus” sobre la base de una agenda concreta de medidas, que dé como resultado un perfil progresista.

¿Y si esto falla? Pues la coalición PSOE–SUMAR estará en mejores condiciones para volver a las urnas dentro de unos meses. Continuará porque hay mucho más que analizar.

Panorama después de la batalla