Avisperos: Los Balcanes 1914, Oriente Medio siglo XXI
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Finalmente, el liberalismo occidental se ha rendido al colonialismo sionista; como ha comentado el embajador de los estados Unidos: “Israel tiene un derecho bíblico de dominio sobre las tierras de Oriente Medio”, y EE. UU cumple con su destino manifiesto, poniendo el mayor poder militar del planeta a su servicio. Netanyahu ha conseguido lo que llevaba muchos años persiguiendo: comprometer a los países occidentales en su choque con Irán por la supremacía en la Región.
El liberalismo europeo se retira de la historia, como en ella entró, en una guerra de religión, disfrazada de conflicto entre civilizaciones, y el capitalismo europeo se desprende de su cobertura humanista. En 2026, las armas y el poder militar son la única expresión del carácter de los estados nación occidentales, como lo eran en 1914. La hora liberal concluye su ciclo europeo, después de una mejoría agónica, y despertar de fantasías, que no podremos verificar: lucha contra el cambio climático, solidaridad pandémica y modernización verde e informática, que no va a cumplir.
El liberalismo reformista europeo alcanzó su punto álgido en la pandemia del COVID-19, con las medidas solidarias tomadas por la Comisión para reflotar Europa: financiadas con eurobonos, concedió créditos y subvenciones para impulsar la economía verde y para la digitalización de los países menos avanzados, y las subvenciones para reflotar las economías más dañadas por los ceses de actividad. El refrendo a la excepción energética ibérica confirmó al gobierno progresista español, que ha resultado uno de los principales beneficiarios; lo cual facilitó el éxito de las subidas del salario mínimo, y los buenos indicadores macroeconómicos nacionales, habidos desde entonces.
El primer mandato europeo de Ursula Von der Layen fue un hito agónico; en el continente donde comenzaron las mayores matanzas en la historia de la Humanidad. Desde la reunificación alemana, la deriva del proyecto europeo, entre su dependencia del protectorado estadounidense, haciéndose cargo de los restos del imperio rival soviético, y arreglar la casa común y reconducir el proyecto, adaptándolo al nuevo escenario emergente.
Atender al patio propio, y alimentarlo con una emulsión de liberalismo y socialdemocracia, era el programa de la izquierda, que solo alcanzó niveles de liberalismo reformista, y para eso necesitó afrontar una pandemia. El centro del debate fue la política económica, y las respuestas a la Gran Depresión, y los socios se situaron entre Escila, una Europa alemana, y Caribdis, un continente sin brújula.
Durante la década de la austeridad, y del anti laborismo, la web “Economistas contra la crisis” publicó una serie de artículos, cuyo nexo común era resaltar el carácter keynesiano y progresista de algunas iniciativas liberales, procedentes de la Unión Europea, que se habían producido a partir de julio de 2012, fecha en que Mario Draghi (nuevo director del Banco Central Europeo) inauguró la era liberal europea con la famosa frase: “haremos todo lo posible para salvar el euro, (…), y, estén seguros, será suficiente”.
El éxito en frenar la especulación con la deuda en moneda europea levantó el ánimo liberal-socialdemócrata, creando una ola de optimismo, que aupó a Enmanuel Macrón a la presidencia de Francia. En noviembre de 2018 dio un discurso ante el parlamento alemán, para restaurar el eje central de la Unión. Las palabras del mandatario francés confirmaban el momento liberal reformista, reclamaba prioridad para los trabajos comunes dirigidos a fortalecer la unidad política de la Unión, previos a cualquier nueva ampliación.
La UCD de Ángela Merkel, aún traumatizada por el Brexit, aplaudió el discurso, y evitó pronunciarse; el líder del SPD asumió la cautela de la presidenta, y también calló. La posición de la socialdemocracia alemana, segundo partido y socio minoritario en el gobierno de Berlín, estaba siendo amenazada por el liberalismo del partido de Los Verdes, desde el sorpaso de éste en las elecciones europeas.
Macrón, como todos los gobernantes franceses desde 1990, recelaba de la determinación europea de una Alemania unificada, una vez convertida en la gran potencia de Europa. Desde la descomposición de Yugoeslavia, los cancilleres habían jugado a recomponer el hinterland de influencias en Centroeuropa. Primero Croacia y Eslovenia, más tarde Georgia y Ucrania; la construcción de la gran conducción de gas ruso hacia Alemania creaba recelos en Francia, aún anclada en los viejos acuerdos sobre el carbón y el acero, y en la mutua dependencia energética franco-alemana, como pilar del Mercado Común. Una de las condiciones planteadas por Mitterrand a Kohl, para permitir la anexión del este alemán había sido: aprobar El “euro”, y un compromiso firme de avanzar hacia la unidad continental.
Por ello, Macrón propuso, ante el parlamento alemán, congelar todos los acuerdos de nuevas incorporaciones a la Unión Europea, y condicionarlas, más tarde, a la conclusión de los temas pendientes desde 2015: unión financiera, flexibilizar los procedimientos de llegar a acuerdos, la eliminación de la unanimidad y, por último, clarificar la fiscalidad del tesoro europeo para soportar el euro.
A pesar de obtener nulas resoluciones; Macrón había creado una expectativa al conjunto de la U.E; el simple hecho de poner sobre la mesa los incumplimientos de los planes, y acompañarlo con las necesidades organizativas del proyecto europeo; anteponer los dos requerimientos europeístas al mandato norteamericano para los europeos, de hacerse cargo de los restos del imperio ruso, financiarlos e integrarlos. Ya era bastante.
El juego de gran potencia centroeuropea jugado por la Alemania unificada no era bien visto por Rusia, ni beneficiaba a la Europa del sur, siempre amenazada por la visión ordo liberal heredada del Marco alemán, y su alergia a la deuda. Grecia, que tuvo que soportar la prepotencia del gran país y renunciar a su voluntad de disponer de un gobierno de izquierdas sensible a los problemas sociales de su población.
España, Portugal, Italia e Irlanda vivieron varios años bajo amenaza de quiebra financiera, y aún no se han podido recuperar en servicios esenciales de sus estados del bienestar: la sanidad está siendo privatizada, como lo están las universidades, y no existen posibilidades de presupuesto para viviendas sociales y servicios esenciales, como los transportes. Europa está gripada, pues las necesidades de modernización se amontonan, y las instituciones europeas no responden, ni dejan actuar a los estados nacionales. El euro nos expone a una competencia global, para la cual necesitaríamos a la Unión; y es en esa contradicción donde se agudizan los problemas creados por la agresión rusa contra Ucrania.
Las medidas de 2020 tomadas por la Comisión habían sido muy esperanzadoras, pero insuficientes para los desafíos de la globalización, una economía marcada por una competencia tecnológica feroz, y liderada por dos potencias, una de ellas con un mercado de más de mil millones de personas, la otra, detentadora de la moneda de uso global, no necesita el soporte de valores equivalentes, y los excesos de EE.UU los pagamos los países vasallos.
El final de la hora reformista europea empezó en marzo de 1922 con la invasión rusa de Ucrania; pero no fuimos conscientes de éste retroceso hasta junio de 2024, cuando la guerra puso al descubierto la dependencia estratégica de Europa respecto a los EE.UU. Lo débil que éramos, en esas condiciones, para mantener los acuerdos que Europa tenía, especialmente los referentes a la lucha contra el cambio climático, que tanto prestigio nos había creado en el Sur global.
Una mezcla de resabios coloniales, falta de reflexión sobre el fascismo y los crímenes nazis, mezclados al anquilosamiento neoliberal de la burocracia de Bruselas han terminado con el impulso reformista liberal, y han abierto el camino al populismo. En el verano de 2024, la presidencia estadounidense de Biden estaba en descomposición; dinamitada por el apoyo a Israel y la destrucción de Gaza. El gobierno sionista, en realidad, estaba cumpliendo el mandato norteamericano de mantener el dominio de la región.
Por otro lado, la guerra contra la invasión rusa estaba estancada en Ucrania. Todo hacía prever un retorno de Donald Trump a la presidencia que, en este segundo mandato, podría tomar iniciativas muy peligrosas, para la estabilidad global, y para los socios europeos, enrocados en el protectorado estadounidense.
En septiembre de 2024, el expresidente Draghi emitió un informe, a petición de la Comisión de la UE, conjunto con el de otro exmandatario, el italiano Enrico Letta; en sus recomendaciones solicitaban un fondo común europeo de 800.000 millones de euros para financiar la modernización tecnológica y energética de los países de la Unión, la autonomía estratégica de una defensa europea común, y financiar los programas tecnológicos, energéticos y armamentísticos comunitarios, mediante la emisión de eurobonos. El informe pasó de las mesas de todos los comisarios, a los cajones de sus escritorios y, finalmente, a las estanterías, ante la oposición del gobierno alemán.
La nueva presidencia de los EE.UU había puesto patas arriba las relaciones atlánticas, traspasado el peso de la guerra en Ucrania a manos de los europeos e inaugurado una nueva era, sin reglas; gobernada por un triunvirato de grandes potencias nucleares en competencia, inestable y muy peligroso. Europa tenía la opción de plegarse al hegemón, o inaugurar una era de autonomía estratégica y unidad europea. Sin embargo, las recientes elecciones al parlamento europeo no favorecen la unidad, ni la toma de decisiones; porque, los liberales reformistas habían perdido posiciones, y la izquierda se había hundido.
El momento, para Trump, era óptimo, y se quitó la careta, actualizó la doctrina Monroe, deteniendo al presidente de Venezuela, y comenzó una ofensiva contra los inmigrantes hispanos. Sin embargo, no contó con la clase media ilustrada de su país, empobrecida por años de neoliberalismo y harta de las razones de Estado, se lanzó a la calle en solidaridad con los hispanos, y los índices de popularidad del presidente estadounidense han caído en picado; la reacción ha sido la fuga adelante más peligrosa. Trump ha cerrado aún más los lazos con su principal aliado internacional, Netanyahu, y se ha saltado el último baluarte constitucional: declara la guerra a Irán, sin contar con las cámaras parlamentarias.
Con ello, lanza un doble mensaje global: en el interior, el proceso trumpista no tiene vuelta atrás; para el resto mundial, proclama que los EE.UU son la principal potencia militar, y no necesitan permiso de nadie para imponer su Ley; aprovecha lo odioso del régimen de los ayatolás, para intentar lavar la imagen del estado genocida de Israel, y comunican a China y a Rusia, las potencias contra las que no pueden actuar, que su soledad puede ser estratégica.
Trump tiene el apoyo de las tres potencias europeas, subidas al recuerdo del Holocausto, y que utilizan el feminismo cuando les conviene. Cuenta con las rivalidades interreligiosas del Islam en la región. Convencido de que nadie arriesgará nada por ese régimen, arrasa la legalidad internacional, y regala a Israel una ampliación del caos en su entorno geográfico; un desorden que, principalmente, perjudica a sus múltiples enemigos, los cuales tardarán muchos años en recuperar un mínimo de tranquilidad, y de paz, porque la destrucción de Irán multiplicará los conflictos en el área, otorgando a EE.UU, y a su presidente, el control global del petróleo.
En el actual estado de cosas, Alemania hace valer su hegemonía para vetar las emisiones de bonos de la Union europea y esta última, nuevamente, es incapaz de posicionarse ante una violación sionista y estadounidense de la carta de la ONU. Los estados, presionados por la guerra en Ucrania, y maniatados por la falta de estructuras unitarias para la defensa, no disponen de suficiencia financiera, ni de voluntad política para ofrecer a los europeos un futuro pacífico, en un mundo global marcado por los militarismos y la resolución violenta de los conflictos.
Los gobernantes, en un ejercicio de cinismo antiliberal, acatan la voluntad del autoproclamado emperador y dan por bueno lo que, sin paliativos, es ilegal. El fantasma de 1914 renace en el continente, y Alemania se posiciona con el agresor, hoy Israel, como ejecutor de la política de los EE.UU; Francia y Reino Unido, a su vez, piensan en recuperar pasadas glorias coloniales. Mientras, la Comisión de la UE, obligada por el veto alemán, cambia los objetivos inversores, del conjunto de proyectos verdes e informáticos, se vuelven hacia las industrias de armamentos, e impiden el necesario debate sobre las necesidades y objetivos de la Unión.
La presidenta se convierte en la imagen de la inoperancia, y la ausencia de principios de los socios. La guerra de Ucrania no ha empujado a los alemanes hacia la Unión estratégica del continente, como pregonaron los plumíferos de alquiler en el 2022; los dirigentes de la derecha dudan, cada vez menos, entre sus compromisos comunitario y sus ambiciones históricas: priman estas últimas.
El canciller aprovecha los temores europeos, como una oportunidad de sentar su posición de potencia dominante en Centroeuropa. Se sirve de las estructuras de la OTAN para evitar las presiones hacia la unidad política y militar europea, y alimentan los temores de los países más pequeños del Atlántico Norte y el Mar Báltico, que desean seguir siendo protectorados de los EE.UU.
La expulsión de los judíos, que fue obra de los nazis, le proporciona una excusa perfecta para posicionarse en el lado colonialista de la historia, y defiende los crímenes sionistas y de Trump como un acto de afirmación feminista, a pesar de las protestas de las propias feministas. Francia, siempre detrás de Londres y deseosa de lucir el uniforme militar, se imagina reeditando la Entente europea atlántica, que le permite olvidar Vichy. Estas maniobras impiden que los países más alejados de la línea del frente puedan poner sensatez en el conjunto.
Macrón, asfixiado por la deuda, pone su arsenal nuclear al servicio del militarismo alemán, porque Francia puede caer en manos del populismo fascista del Frente Nacional; con ello, anticipa el panorama que puede dinamitar la UE. El resultado está siendo una descomposición de los consorcios ya en marcha, como el avión de combate europeo, y de la política exterior de la Unión Europea; en manos de un nuevo eje italo-alemán, sostenido por el neofascismo de Giogia Melloni y el canciller Merz, perteneciente al ala más derechista de la CDU alemana.
Las elecciones de 2025 dieron impulso a los neo nazis alemanes, convirtieron en rehenes de la derecha a los socialdemócratas y a los Verdes, y han laminando al resto de la izquierda. Igual ocurre en Francia, donde los populistas de derechas marcan la política, afines a Putin y Trump, obligando a todas las fuerzas del parlamento a colocarse al servicio del Liberalismo más conservador.
Pero, el resultado del final de la hora reformista liberal no ha sido el ascenso de los partidos de la izquierda en Europa, perdidos hace años para la política continental. La falta de programa para Europa les impide construir soportes europeos para las políticas sociales trasformadoras; lo cual dificulta a la izquierda el hacer política en cada uno de los países de la Unión. La perspectiva del trabajo es el enfoque común al conjunto de la izquierda, mientras subsista el capitalismo; sin cultura laborista, la izquierda se fragmenta en pequeños partidos de acción reivindicativa de alguno de los aspectos de la opresión social, irrelevante para las redes centrales del poder social.
En nuestro país, la izquierda se mantiene en posiciones de precariedad parlamentaria, con pactos imposibles para una política realmente social. La población europea percibe que las cuestiones importantes dependen de recursos que, en última instancia se deciden en Bruselas. Por ello, la ausencia de soluciones no empuja hacia el voto de izquierdas, si no hacia la anti política. Porque los partidos sin una fuerte presencia europea no aparecen ante los ciudadanos como agentes trasformadores.
Sabemos que pueden lograr avances, dentro de los límites de las costumbres; pero, no pueden trasformar los mecanismos de distribución y asignación de la riqueza. Por ello, resultó tan llamativo el posible desplazamiento de la socialdemocracia alemana por los Verdes; éstos aparecen como un partido europeo, pero en realidad son fuerzas muy diferentes, en cada uno de los países. En su país de origen son, desde hace más de veinte años, un ala del liberalismo reformista, o de centro izquierdas, si se quiere. En otros países aglutinan izquierdas diversas, o no tienen representación. Reproducen, como si lo fueran, los males sectarios de la izquierda, incapaz de debatir y consensuar políticas entre sus diferentes corrientes.
La historia de la URSS ha dividido profundamente a los trabajadores del continente, hasta su desaparición en 1990; aún persigue a los comunistas que, en Francia o Italia, constituyeron una fuerza imprescindible para vertebrar el país tras la guerra; y en el caso del Partido Italiano, fue el agente que facilitó la integración de la mitad norte, tras su acceso a la modernidad. La desaparición del PCI ha impedido vertebrar las izquierdas europeas, especialmente los sectores con ideas trasformadoras procedentes del antiguo imperio soviético, aún prisioneros del malestar contra la potencia ocupante, que imponía sus ideas, criterios organizativos y cultura, impidiendo la organización del disenso y la expresión política popular, que siempre es variada y plural.
Sin embargo, las izquierdas occidentales y del este europeo están obligadas a entenderse, porque la decadencia de Europa, de los valores sociales y liberales de las culturas políticas del continente europeo son una tragedia global. Pero solo la paciencia y la voluntad de consenso lo conseguirá; durante muchos años, la palabra socialismo, asociada al estalinismo, o al imperialismo soviético por los que lo sufrieron, no puede aglutinar a los que, sin embargo, si comparten los valores que dieron lugar a las internacionales obreras europeas; como los ideales del sindicalismo europeo son compartidos por los miembros de la CES.
Los valores del feminismo son un patrimonio europeo, con influencia global en ascenso; los del movimiento por la paz, y contra el fascismo alimentaron el anticolonialismo, tras vencer al fascismo, y el eco-pacifismo, que dio nacimiento a los partidos verdes, se expande con las ideas sobre la preservación del planeta, y contra el cambio climático; el republicanismo, las diversas interpretaciones del cristianismo de base y el libertarismo anarquista han creado un poso de cooperación y solidaridad, que es imprescindible para mantener la civilización.
Todos ellos componen mayorías de la izquierda en alguna de las múltiples regiones y culturas nacionales de Europa, y sus expresiones políticas están condenadas a identificar sus valores comunes; los puntos de confluencia que les permitan superar la inoperancia a la que están sometidas.
Una estrategia necesaria para lograr consensos entre todas esas fuerzas es el laborismo, representado por los movimientos sindicales, mutualistas y cooperativos. Pero los programas de la izquierda deben ir dirigidos a todos los demócratas europeos, y construir la sociedad política de la Unión, mediante la afirmación de la autonomía estratégica de la Unión Europea: suficiencia legislativa y administradora en Finanzas, armonizando nuestra fiscalidad, uniendo nuestro sistema bancario, protegiendo el patrimonio financiero de la red comunitaria, y combatiendo la fuga y la utilización anti solidaria de los capitales individuales; en Defensa, creando una estructura de mando y una industria militar común, armonizando nuestros estándares en el armamento y la informática militar; en el desarrollo de la Tecnología, con estrategias para desplegarla, y estándares de control democrático de los fines perseguidos con ella; en la ampliación de la Democracia, que abra caminos a la democracia económica, y hacia una armonización social europea; y en la Ecología y la Energía, retomar y ampliar los acuerdos sobre el cambio climático, los mares y la energía. Estos son cuatro ejes, en torno a los cuales la izquierda europea puede conseguir unidad de acción, y presencia en la Unión.
En ellos puede confluir con el liberalismo reformista, y alejarlo del refugio militarista, presente en las diversas alianzas y ejes, Berlín-Roma, o París-Londres, que pretenden recuperar la supremacía europea, a la sombra norteamericana, como si aún estuviéramos en 1919.