lunes. 04.03.2024
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Oír una y otra vez a los lideres del Partido Popular afirmar que “A este gobierno de Pedro Sánchez, ni agua”, lo que es lo mismo que decir “al enemigo, ni agua”, ilustra con mucha precisión cual es la lógica que está aplicando este partido político. Que es convertir a su adversario en enemigo. Un enemigo al que empezaron negando, a Pedro Sánchez y a su gobierno, la pertenencia al campo constitucional primero y ahora al democrático, con expresiones de dictador o enfermo mental, con descalificaciones que le propician al presidente del gobierno tanto desde el atril de las instituciones como desde los medios de comunicación, así como en sus actos públicos. Así que, siguiendo esta lógica, lo que nos quieren decir es que, en lugar de debatir con él, lo que corresponde es neutralizarlo o eliminarlo “simbólicamente”. Para inmediatamente poner en cuestión su “legitimidad”, como se expresa en su constante afirmación de “gobierno ilegítimo”. 

Una estrategia política la del Partido Popular que acaba instaurando una “democracia brutalizada” al convertir la confrontación de ideas en una guerra de trincheras en la que se pierde la necesaria civilidad para estimular la práctica de la calumnia, el insulto y el ataque directo hacia el oponente, como vemos día a día para convertirlo así en un enemigo. Un enemigo, Pedro Sánchez, que lo han convertido en su oponente absoluto, concentrando en él todas las pasiones y todo el odio, hostilidad o aversión.

Este proceso, que no se vive solo en España, es tentación recurrente porque la construcción del enemigo actúa como un tónico que los líderes irresponsables necesitan para ocultar sus fracasos y fortalecer sus mensajes. Los estudiosos de la materia lo llaman “enemificación”, lo que significa transformar al adversario político en enemigo con la intención de negarle el estatus de adversario, para transformarlo en enemigo al que se le dedican venenosos ataques personales o agresiones verbales dirigidas ad hominem, haciendo imposible el dialogo o un acuerdo, como expresa muy bien la expresión “ni agua”. Así, todas las herramientas disponibles para combatir al enemigo se vuelven legítimas y se acaba confundiendo, como les recuerda constantemente José María Aznar y algunos medios de comunicación, la moderación con la debilidad, la prudencia con la cobardía, el diálogo con la rendición.

La transformación del adversario político en enemigo es un fenómeno global y enmarcado en el avance del populismo

La transformación del adversario político en enemigo, como hoy estamos viviendo en nuestro país por parte del Partido Popular hacia el PSOE, es un fenómeno global y enmarcado en el avance del populismo. Lo podemos ver en muchos países. Una expresión clara es Trump con su permanente impugnación de la legitimidad de sus competidores en la lucha por el poder. Un fenómeno sobre el que hace una década el político canadiense Michael Ignatieff publicó una reflexión que sigue siendo ampliamente mencionada cuando se opina sobre esta materia, y en la que afirmaba que: “la democracia sólo puede prosperar cuando quienes la practican respetan la diferencia entre adversarios y enemigos”, y que  "un adversario es alguien a quien quieres derrotar y un enemigo es alguien a quien tienes que destruir”.

En síntesis, Michael Ignatieff nos viene a decir que la democracia es una contienda entre adversarios. No es una batalla a muerte entre enemigos. Un adversario es alguien que juega según las mismas reglas que tú como en cualquier deporte, que incluso puede ser una batalla durísima como el boxeo,  pero en la que al final del partido o del combate los adversarios se abrazan. Porque el lenguaje de los adversarios está sujeto a reglas, como la democracia, que es también esencialmente un conjunto de reglas. En cambio el lenguaje de los enemigos es propiamente el lenguaje y las metáforas de la guerra. Es el lenguaje que estos días hemos podido oír de la Presienta de Madrid, así como a otros líderes del Partido Popular, “a este gobierno de Pedro Sánchez, ni agua”.

Pero hace muchos años oí que en política la destrucción del enemigo nunca será completa, que los rivales políticos no desaparecen como en un videojuego. Por el contrario, en algunos casos y Pedro Sánchez ha sido en varias ocasiones un ejemplo de ello, su resistencia defensiva suele convertirse en una poderosa resiliencia.

Así que: recuperen a los adversarios. Porque esta política sectaria y de enemigos podrá al final ganar elecciones, digamos “ ganar este partido”, pero el precio será destrozar el terreno de juego, que es lo mismo que decir la convivencia y la democracia.

“A este gobierno de Pedro Sánchez, ni agua”