martes. 28.05.2024

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Un novillo espetado en un olmo, con doce lechones cosidos alrededor para darle sabor, era el plato exultantemente excesivo y hortera de la boda de Camacho el rico, que no pudo catar el pueblerino, sin oficio ni beneficio, Basilio, el amor secreto de la novia, la bella Quiteria. En la boda del alcalde Almeida no hubo tampoco basilios pobres y sí esa élite estamental y chocarrera que lleva medrando desde los lejanos tiempos feudales. Es esa España clasista y autoritaria que necesita de un poder judicial no renovado, de la espuria utilización de la posverdad, el mantenimiento de la política lejos de la praxis democrática y bendecir el franquismo al que tanto le deben. Representan un poder fáctico cuya metafísica, psicología, pasión por el dinero y el lujo, se sostienen en la violenta voluntad de mantener al país en un tiempo tóxico destinado históricamente a pasar. Nadie puede contradecir sus privilegios y canonjías de señores de horca y cuchillo sin que sea tachado de furibundo antipatriota y enemigo de la nación porque solo hay una España: la de ellos.

Asistimos al risorgimento del españolismo del caudillaje trufado de sectarismo cainita que sustantivamente se fundamenta en una suplantación de la propia nación

Representan una sociología morbosa que exige jueces amables, medios de comunicación sumisos y funcionarios “patriotas”, para que su voluntad sea el único orden que se perpetúe en contra de una cada vez más difícil convivencia democrática. El conservadurismo español es el resultado de unas cuantas analogías. Entramos en el caliginoso mundo del lenguaje orwelliano, donde el escritor británico George Orwell en su novela “1984” recrea la manipulación del lenguaje como forma de dominación en virtud de lo cual cambiando el nombre de las cosas se cambian las ideas que se tienen de ellas. De este modo, en ese mundo orwelliano el Ministerio de la Verdad se encargará de falsificar datos y estadísticas, el de la Paz se encargará de dirigir la guerra y el del Amor a torturar a presos y disidentes. Las palabras no se utilizan para transmitir significado sino para ocultarlo.

Los excesos verbales, la agresividad argumental con modelos de los años treinta del pasado siglo, el maniqueísmo excluyente entre buenos y malos españoles, la consideración de enemigos de España a los que no comparten las ideas derechistas, la manipulación de los poderes del Estado, singularmente el poder judicial, para criminalizar al adversario político, la estimación del franquismo y su acto inaugural del 18 de julio como fuente legitimadora del actual poder constituido, configuran un artefacto ideológico tendente a vaciar la vida pública mediante espacios de autoritarismo predemocrático. 

Asistimos al risorgimento del españolismo del caudillaje trufado de sectarismo cainita que sustantivamente se fundamenta en una suplantación de la propia nación. Y es que una nación adquiere la fantasmagoría de la inexistencia cuando todo aquello que pudiera constituirla está exiliado, exilio intelectual y psicológico que es el peor de todos. Aquellos que gritaban “vivan las cadenas” y arrastraron con sus brazos la carroza de Fernando VII eran víctimas de esa inexistencia de la nación suplantada por déspotas, prejuicios y supercherías que pasaban por la esencia de lo español. Cuando los intelectuales de la Agrupación al Servicio de la República en los años 30 -no es fácil encontrar tanta inteligencia junta-, redactan su manifiesto, aluden al factor determinante de la permanente decadencia española: “La monarquía no ha sabido convertirse en una institución nacionalizada... ha sido una asociación de grupos particulares que vivió, parasitariamente sobre el organismo español, usando del poder público para la defensa de los intereses parciales que representaba...” Siempre lo mismo.

La boda de Camacho el rico/Almeida