martes. 16.04.2024
Elisa Lozano Triviño
Elisa Lozano Triviño

Este 24 de enero, la Universidad Complutense de Madrid escribió una de las páginas más vergonzosas de su historia reciente al nombrar alumna ilustre a Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, bajo cuyo mandato la institución que debiera ser el motor de la innovación y el hogar de la inteligencia y el conocimiento ha llegado al borde de la bancarrota.

Es posible que a mí se me escapen los motivos que inspiraron a los jerifaltes de la Facultad de Ciencias de la Información, y de la dirección de la vieja Universidad madrileña, para distinguir a la señora Ayuso con tan alto título, un título que muchos de sus verdaderos hijos ilustres, aquellos que sobresalieron en algún ámbito del saber, que se esforzaron por aprender hasta el límite de sus posibilidades, no ostentan. Puede que tan preclaros señores apreciasen su determinación en los primeros meses de la pandemia para dictar protocolos que impidiesen que los viejos fuesen atendidos en los hospitales, es posible que se conmovieran con aquellas imágenes en que ataviada de riguroso luto, sus ojos desprendían furtivas lágrimas en la catedral de la Almudena como si fuese una Dolorosa de Salzillo, es más que probable que se sintiesen irremediablemente seducidos por su empeño en destruir la sanidad y la educación pública para entregárselas a los especuladores carroñeros, que viesen en sus contrataciones, subvenciones, convenios y favores que en España empieza a amanecer, que su experiencia como responsable de comunicación del perro de Esperanza Aguirre haya marcado un antes y un después en el mundo del periodismo y la zoología, que su victimismo patológico e insultante les tocase los rincones más escondidos de las entrañas, que, en fin, hayan descubierto en ella las cualidades raciales indispensables para ser alguien en un país donde quienes son de verdad alguien o guardan silencio, o se enfrentan a tormentas imprevisibles o se van.

La concesión de un título de relevancia universitaria a una política en activo que jamás destacó por su vida académica ni por su sabiduría, denota que el franquismo sigue vivo

Sin embargo, yo, que no tengo esa capacidad de ver lo que no existe, considero que el premio con el que la Universidad Complutense ha resaltado la valía inmarcesible de Isabel Díaz Ayuso no es otra cosa que una decisión política de sus más enfervorecidos seguidores universitarios, encaminada a arropar a la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid en el camino que los designios de Dios le tienen reservado: Liderar a España, igual que Thatcher hizo con el Reino Unido, hacia su disolución como Estado Social y de Derecho en el que todos los ciudadanos son iguales ante la ley y la obligación ineludible de los políticos es anteponer el interés general al particular y al de los particulares, independientemente de su nombre o de su riqueza.

No creo que la Universidad deba ser un laboratorio cerrado a la realidad social que la circunda y de la que ineludiblemente debe impregnarse. Sin perder de vista que su misión principal es el saber, me parecería terrible que el lugar donde reside el conocimiento y el pensamiento crítico fruto del mismo, permaneciese ajeno a lo que sucede a su alrededor, de ahí que desde los tiempos de las primeras universidades, muchos de sus más notables representantes -desde Luis de León hasta Francisco Giner de los Ríos, pasando por los miles de profesores y estudiantes represaliados por el franquismo- hayan sido castigados por el poder con ceses, multas, suspensiones y hasta con la muerte. La concesión de un título de relevancia universitaria a una política en activo que jamás destacó por su vida académica ni por su sabiduría ni por su espíritu crítico, denota que el franquismo sigue vivo en muchas instituciones, pues no era otra la práctica habitual de las universidades durante la dictadura, otorgar todo tipo de títulos, privilegios y honores a quienes mandaban como forma de servir al régimen y de perpetuar su modo de vida.

Díaz Ayuso entró en la Facultad escoltada por la policía y por un nutrido grupo de forofos que la protegían de quienes mostraban su repulsa por un galardón inmerecido

En los últimos años, las universidades madrileñas se han visto salpicadas por escándalos que han afectado muy negativamente a su prestigio y a la moral de los estudiantes que se dejan la piel y el dinero que muchas veces no tienen, para obtener un título que les permita ejercer con honradez una profesión determinada. Se han regalado tesis doctorales, grados, másteres, cursos de posgrado a personas, de todos conocidas, cuya vinculación política era suficiente mérito aunque no hubiesen pisado un aula en su vida ni supiesen lo que significa hincar los codos durante horas y horas todos los días del año. No es cosa nueva, sabido es que durante la Restauración y la dictadura, muchas carreras se obtuvieron del mismo modo, lo que sucede es que ahora esa repugnante corrupción que mata el esfuerzo, no debiera ser posible en una democracia que ya tiene los años suficientes como para haber encontrado la vacuna para erradicar esa herencia perversa.

Elisa, con toda la sinceridad y la fuerza de su juventud y su inteligencia, le espetó que el talento no estaba allí, donde se premiaba a una enemiga acérrima de lo público

Ayer, Isabel Díaz Ayuso entró en la Facultad de Ciencias de la Información escoltada por la policía y por un nutrido grupo de forofos que la protegían de quienes mostraban su repulsa por un galardón inmerecido que humilla todavía más a quien lo otorga que a quien lo recibe. En medio de ese bochornoso acto que puso de relieve que hay una juventud que no está dispuesta a tragar con ruedas de molino, que siente, que piensa, que es capaz de distinguir lo justo de lo injusto, que anhela que el reconocimiento del esfuerzo supere de una vez por todas al del caciquismo, se alzó como un rayo de luz impresionante la voz de la alumna más destacada de la Facultad, la de Elisa Lozano Triviño, una joven de Móstoles que además de tomar cañas y bocatas de calamares si es de ese parecer, estudia, piensa y se siente dueña de su presente y su futuro. Ayuso entró en la Universidad como quien va a ocupar un territorio, Elisa, con toda la sinceridad y la fuerza de su juventud y su inteligencia, le espetó que el talento no estaba allí, donde se premiaba a una enemiga acérrima de lo público, de lo que es de todos, de lo que hace país, sino fuera del salón de festejos, en las aulas, en las bibliotecas, en las calles donde miles de jóvenes se esfuerzan cada día por salir adelante pese a los muchísimos obstáculos que en su camino ponen personas como Isabel Díaz Ayuso, representante de la España más caduca, insolidaria, zafia y cruel.

Elisa Lozano y la dignidad de los jóvenes de hoy