viernes. 19.04.2024
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Volvamos al pasado reciente, la jornada de reflexión del sábado 22 de julio. Ese día, el electorado estaba rumiando la oferta programática más confusamente sugerente desde aquel "Por el cambio" que llevó al poder al PSOE en 1982. Se trataba de "derogar el sanchismo", es decir, ahormar el antisanchismo político para representar el descontento con el gobierno de coalición de PSOE con Unidas Podemos.

Al electorado, pues, se le simplificaba la reflexión: tenía que elegir entre sanchismo y antisanchismo. Así de sencillo, cosa que, si se le reconocen ventajas a la simpleza, hay que agradecer al Partido Popular y a sus expertos en comunicación. Pero, ¿qué eran ambas cosas? Pues depende desde qué posición de la simpleza se analizaba el asunto.

Para unos, el sanchismo era continuar con unas políticas sociales de apoyo a los colectivos más vulnerables, de igualdad de derechos entre hombres y mujeres y de defensa de estas ante agresiones, por el mero hecho de serlo. También, mantener una política económica que ha logrado mejorar la contratación laboral y aumentar el salario mínimo al tiempo que se combatía con éxito la inflación, y crecía el PIB, después de haber salvado, con los ERTEs, miles de empresas y millones de puestos de trabajo. Y, eso, mientras había que lidiar con una pandemia, un volcán en erupción o una guerra en Ucrania. Ese más de lo mismo era llamado "AVANZAR" por el PSOE, ya que incluía una transformación digital, una mayor preocupación por el cambio climático y una profundización en la igualdad de derechos.

Para los otros, en cambio, el sanchismo consistía en un contubernio con los enemigos de España, un blanqueo de los herederos del terrorismo etarra y, quizás sobre todo, haber sentado en el Consejo de Ministros a populistas, comunistas y, ¿quién sabe?, si masones. Eso, y lo del Phantom, el "que te vote Txapote", lo de Correos, el calor y algunos highlight de ese calibre, resumían la perversidad del sanchismo para los seguidores de esa tendencia.

El electorado eligió sanchismo. ¿No querían plebiscito? Pues he ahí su resultado

El antisanchismo, pues, significaba oponerse a todo eso que había que "derogar" aunque no se llegó nunca a concretar en qué consistía la tal derogación, ya se tratara de salario mínimo, pensiones, fondos europeos o derechos sociales de algún tipo. No hacía falta, ya que se confiaba en que el "antisanchismo natural" ese que anidaba no solo en la derecha, sino en una parte del propio PSOE, actuara por sí solo.

Para los “sanchistas”, en cambio, el antisanchismo era muy sencillo de definir, se trataba, simple y llanamente, de RETROCEDER.

Y, el electorado, el día 23 ha elegido entre esas dos cosas. Con la misma simplificación que se le había propuesto, el antisanchismo se vio representado en 170 escaños del Congreso de los Diputados (136 del PP, 33 de VOX y, quizás, 1 de UPN) y, por diferencia, el sanchismo iba a ocupar el resto de los asientos, es decir, 180. Puestas así las cosas, el electorado eligió sanchismo. ¿No querían plebiscito? Pues he ahí su resultado.

Lo que pasa es que, ahora, hace falta seguir reflexionando porque las cosas no son tan fáciles. Ni el antisanchismo, ni, mucho menos, el sanchismo, son tan homogéneos como se pretende. En el lado "renovador" hay diferencias sustanciales entre los posibles "compañeros de cama". En el PP se suele decir que el programa de VOX tiene dos partes: una mitad que coincide con el del PP y otra mitad que no se puede aplicar porque no es constitucional. La primera mitad les ha permitido "acostarse" juntos en una parte de España (Extremadura, Valencia, Baleares y Castilla y León) y convivir, como amigos, en otras (Andalucía y Madrid). A nadie les puede caber dudas de, si las necesidades de la patria lo exigieran, y la aritmética parlamentaria lo permitiera, ambas formaciones llegarían hasta el altar para bendecir su unión. Y, seguramente, como antaño, saldrían bajo palio.

En el otro lado, hay diferencias más apreciables y, a lo peor, insalvables, precisamente porque la heterogeneidad es más importante. Bien para integrarse en el gobierno o para apoyarle parlamentariamente, al PSOE le hace falta ponerse de acuerdo con 6 grupos políticos distintos. Y, todos y cada uno de ellos, le van a pedir un precio. Como es lógico y natural.

¿De verdad Núñez Feijóo es tan simple o cree que aparentándolo puede incitar la conmiseración del parlamento?

Hagamos un paréntesis para recordar la candidez aparente de un Núñez Feijóo reclamando la presidencia del gobierno por el simple hecho de contar con el grupo de diputados más numeroso, aunque insuficiente, con el único aliciente que les ofrece, de "evitar el bloqueo". ¿De verdad Núñez Feijóo es tan simple o cree que aparentándolo puede incitar la conmiseración del parlamento?

Pero volvamos al precio de lo que cuesta un gobierno cuando no hay mayorías absolutas. A Pedro, Yolanda no se lo va a poner muy caro. Un poco de vivienda, fiscalidad, salario mínimo y edad de jubilación van a ser temas de negociación y, por su cuantificación, pueden convenirse en esos puntos medios donde suele estar la virtud. No sé si la presencia, o no, de Calviño, puede ser un elemento a considerar, pero no creo que Sumar, deje de hacer eso, sumar.

Con el PNV nunca ha habido problemas de entendimiento, con ningún gobierno de España, porque suelen hablar de cosas concretas y, sobre esas cosas, también es fácil entenderse cuando se tiene la llave del BOE y de los presupuestos del estado, tanto el que se aprueba en Vitoria, como en la Plaza de las Cortes, de Madrid. Tampoco el BNG debe plantear ningún problema que no pueda resolverse.

No hay, en la historia de la democracia española, bloqueo alguno que no se haya resuelto por la aplicación estricta de la Constitución de 1978

Los problemas empiezan con los otros grupos nacionalistas a los que hace falta convencer. Y, alguno de esos problemas, puede que no se resuelvan a base de BOE y de presupuestos, porque chocan con la Constitución. En ese momento, el problema deja de ser problema y se convierte en obstáculo insalvable. Porque ningún gobierno español, ninguno, va a incumplir la Constitución en temas tan graves como los que se pueden plantear. A no ser que se encuentre alguna grieta como la que lleva permitiendo al PP incumplirla en el tema de la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Pero, una cosa es la resistencia pasiva, a lo Gandhi, del PP con la complicidad de jueces, y otra la convocatoria de un referéndum de autodeterminación o la concesión de una amnistía, ambos temas expresamente anticonstitucionales. Y, ante eso, si ninguna parte cede, habrá que pedir el comodín del público, en forma de nuevas elecciones. En 2019 funcionó, porque el público dijo que ellos ya se habían pronunciado y que eran los políticos los que debían ponerse de acuerdo. Por tanto, hablar de bloqueo es una excusa de mal perdedor y peor ganador. No hay, en la historia de la democracia española, bloqueo alguno que no se haya resuelto por la aplicación estricta de la Constitución de 1978.

Pero, hasta llegar a eso, queda mucho tiempo y un verano, tiempo propicio para relajarse y pensar con claridad si merece la pena para algún grupo político pedir cosas que, a la otra parte, le es imposible cumplir sin que cometa una ilegalidad del tipo de las que acaban con sus autores en la cárcel. El episodio catalán de 2017 es un antecedente de ello. A un eminente político catalán le oí una vez hablar de cómo Pedro Sánchez ofrecía, frente a peticiones anticonstitucionales, cosas tan concretas como “cincuenta kilómetros más de autovía”. Y convencía.

Así pues, si se milita en la idea de avanzar, habría que ser optimistas. Estamos más cerca de eso que de retroceder, aunque, de momento, estemos en stand by. Aprovechemos para reflexionar.

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