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martes 17/5/22
albert rivera
Albert Rivera.
 

“Pero Jehová le dijo a Samuel: “No te dejes impresionar 
ni por su apariencia ni por su estatura, pues yo le he rechazado. 
La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón”.

(La Biblia. 1. Samuel, 16,7)


Con conocimiento crítico lo escribió el sociólogo alemán Max Weber en su ensayo “La política como vocación”, considerado una obra clásica en sociología y ciencia política: existen los políticos que viven para la política y los que viven de la política; quien hace política y está en ella aspira al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder “por el poder” para gozar del sentimiento de prestigio que el poder confiere. Sin hacer leña del árbol caído, aunque tal vez, el árbol era realmente un arbolito, pero tampoco siendo condescendiente con una persona que pretendía llegar a ser presidente del gobierno, como otro “Adolfo Suárez”, Albert Rivera ha sido uno de esos últimos políticos que define Weber. Analizar la trayectoria de quien aspiraba y soñaba llegar tan alto, ignorando que llegar alto no significa crecer, no implica, como defiende Pablo Ordaz, en un artículo en el diario El País, titulado “En descargo de Albert Rivera”, despellejar al exlíder de Ciudadanos ni tampoco defender la manifiesta incompetencia del despacho de abogados Martínez-Echeverría para contratar líderes como Rivera: ¿acaso no sabían a quién fichaban y para qué? Sin duda, movidos por la “fama del expresidente de Ciudadanos”, el prestigioso bufete quería fichar un “conseguidor”, pero, haciendo castillos en el aire y para desdoro suyo, han representado “el cuento de la lechera”. En estos tiempos de “pandemia” perder olfato e inteligencia para seleccionar buenos profesionales es un mal augurio de futuro, a no ser que, al contratar a Albert Rivera, hubiera otros objetivos no explicitados ni confesables por los responsables del bufete Martínez-Echeverría. 

Cuando, llevando 13 años al frente de la formación, el ex líder de Ciudadanos abandonó la política, entró rápidamente en la fácil dinámica de las puertas giratorias; hoy ha demostrado que se equivocaron con él y que él se equivocó de puerta; desde entonces, su caché personal continúa en descenso. En su discurso de despedida en noviembre de 2019, con un cierto tono de liberación mesiánica, subrayó emocionado ante los suyos, llorosos y serviles, que “la vida es mucho más que la política…”. Y con un “¡Viva la libertad!”, se despidió. En marzo de 2020 anunció su incorporación al despacho de abogados Martínez-Echeverría; dos años después de este fichaje, abandona también el bufete con no poca tensión por ambas partes, se arrojan mutuamente el descontento con un choque de versiones cruzadas. La firma del despacho que confió en la persona del expresidente de Ciudadanos, que según consideraban entonces los responsables del mismo tenía una alta capacidad de gestión, de toma de decisiones y una agenda de relaciones privilegiada, en un comunicado hecho público hace apenas unos días, las críticas a la persona y gestión de Rivera no pueden ser más negativas. Éste es el resumen de la labor que, según fuentes del despacho, ha desarrollado Alberto Carlos Rivera López desde que fuera fichado en marzo de 2020 como presidente ejecutivo de la firma “Martínez-Echevarría Abogados”:

bajo rendimiento, productividad muy por debajo de cualquier estándar razonable”, “nula influencia” y “clientes inexistentes”. “Aunque sabíamos de su completa inexperiencia en nuestro sector, a todos nos ha sorprendido su inactividad, su falta de implicación, de interés y su desconocimiento más elemental del funcionamiento de una organización empresarial”. “No estamos habituados en nuestra profesión a discursos vacíos, a llenar los espacios solo con palabras sin soporte real, a unas exigencias de protagonismo tan acusadas, ni a unas formalidades de ensalzamiento personal que son inexistentes entre compañeros de profesión y, mucho más, entre compañeros de un mismo despacho”. “Nuestro despacho va a seguir creciendo con profesionales de la mayor categoría jurídica, huyendo de políticos vacíos, desinteresados y sin capacidad de trabajo”.

Chirría bastante que un defensor del despido barato como Albert Rivera exija ahora que le paguen uno millonario

Por su parte, Albert Rivera y José Manuel Villegas, reclaman al bufete de Abogados el abono de todas las cantidades que les adeudan en concepto de retribución del pasado y las futuras hasta el 1 de marzo de 2025; además de acusar a la firma de incumplimiento de contrato, tanto en lo que se refiere al papel que se les prometió, como presidente ejecutivo a Rivera y vicepresidente a Villegas, como por la falta del pago del variable y de la entrega de una parte del capital de Right Option, la sociedad que está detrás de Martínez-Echevarría, reclaman al despacho por daños morales y reputacionales por haberles acusado públicamente de “baja productividad”. En el divorcio entre Albert Rivera y Martínez-Echevarría, el bufete ha rechazado la reclamación por considerarla ofensiva y señala su total improcedencia material y jurídica, con la intención de no sentarse a negociar ni llegar a ningún tipo de acuerdo con la defensa de Rivera y Villegas. No habrá armisticio que evite la vía judicial. Ya se han retado en los juzgados: “No vamos a llegar a un acuerdo con Albert Rivera, aunque consista en pagarle 1.000 euros”. “Nosotros hemos cumplido. De llegar a juicio, saldrán a la luz todas las cláusulas del contrato”, han sentenciado. Chirría bastante que un defensor del despido barato, como quería Rivera cuando presidía Ciudadanos, exija ahora que le paguen un despido millonario.

La clarividencia del bufete que le contrató y ahora le despide está a la altura de los evidentes escasos méritos del entonces contratado

En el libro VII de La República de Platón se encuentra el texto de “El mito de la caverna”, en el que, por una parte, describe y existe la realidad tal cual es y, por otra, se encuentra con una realidad de ficción, las sombras, donde las creencias toman protagonismo. Los hombres, encadenados en la caverna frente a la pared, solo habían visto lo mismo desde que nacieron, por lo que no tenían la necesidad ni la curiosidad de darse la vuelta y comprobar qué era lo que reflejaban las sombras: sólo conocían una realidad engañosa; las sombras los distraían de lo que era la verdadera realidad. La conclusión de Platón en la lógica del mito es que el paso de la ignorancia, las sombras, al mundo de la realidad, las ideas, es posible solo si nos liberamos de nuestras ataduras perceptivas y buscamos el conocimiento a partir de la reflexión intelectual. Acudiendo a nuestra experiencia, muchas de nuestras verdades también las aceptamos sin pararnos a cuestionarlas, sin plantearnos si de verdad la realidad es o no como la vemos. El mito de la caverna nos hace patente la ignorancia como esa realidad que se vuelve incómoda cuando empezamos a ser conscientes de su presencia y ante la posibilidad de que haya otra posible visión de la realidad, la experiencia dice que nuestra inercia nos empuja a derribarla por considerarla una amenaza para la sombra de realidad que nos hemos forjado. Existe una tendencia a la pereza intelectual y en esa tendencia los medios de comunicación y las redes sociales tienen gran responsabilidad. Desde las sombras y la realidad de Albert Rivera, él se creyó, y sus interesados o fanáticos militantes de Ciudadanos y no pocos medios de comunicación y empresarios pragmáticos le hicieron creer que era quien realmente no era: creyó que, en el éxito de su partido “él era el éxito”. Es la descripción del pedante: aquel que se considera importante por lo mucho que se atribuye y lo poco que en realidad ha hecho. La clarividencia del bufete que le contrató y ahora le despide está a la altura de los evidentes escasos méritos del entonces contratado. En el fondo es como le describen en su comunicado. Rivera era de esas personas que hablan con el aire de quien, diciendo obviedades, creen que sus palabras merecen ser esculpidas en piedra. A veces es conveniente fijarse en estos rasgos del lenguaje obvio para advertir el alcance de la superficialidad del valor de un político pues las muchas palabras, la oratoria profusa y confusa suele esconder carencia de ideas y de proyectos serios: Rivera es un ejemplo como Casado lo es hoy también.

Oscar Wilde, en su comedia titulada “La importancia de llamarse Ernesto” describe ese juego recurrente y frecuente de la doble personalidad entre la impostura y la verdad. La crítica de Wilde sigue siendo muy actual al lograr, magistralmente, hacer una crítica al falso valor de las apariencias. Hoy Rivera representa la irrelevancia política y un fiasco empresarial; eso sí, con amplias tragaderas para las frases vacías, los discursos vacíos, con palabras sin soporte real, como le define el comunicado del despacho que hace dos años le contrató. La soberbia, la ignorancia o la desmemoria de algunos políticos son a veces asombrosas. Se imponen un “alzheimer voluntario” para librarse u olvidarse de demasiados hechos de su incómodo pasado. Cuando alguien interioriza una idea sin detenerse a analizarla con honestidad, verdad y objetividad, cualquier intento de utilizar la razón histórica y la lógica para disuadirle, está condenado al fracaso. Rivera es de esas personas que hablan con el aire de quien, diciendo obviedades, cree que sus palabras merecen ser esculpidas en piedra. Habría que recordarle al señor Rivera que la diferencia entre lo que él es y lo que intentaba vender de sí, en psicología tiene un nombre: frustración. Poco es tan peligroso para la política de un país que tener un líder con altas necesidades narcisistas de autoafirmación, autoestima y reconocimiento. Si el fracaso de un líder mediocre es comprensible, el de un ambicioso soberbio es siempre merecido. Con clarividencia profética alertaba Plutarco en su obra “Vidas paralelas”: “Desgraciada la nación cuyas gentes están gobernadas por ambiciosos adolescentes; los dioses les auguran un futuro incierto”. 

Contemplar el fraude o el fiasco en el que, pasado un tiempo, llegan a convertirse aquellos personajes o líderes, políticos, sociales o empresariales, en los que tanto ha confiado la sociedad, resulta decepcionante; pero también decepciona la incapacidad de visión de la realidad -atrapados en las sombras de “la caverna de Platón”- que tienen todos aquellos que llegan a encumbrarlos con su voto electoral o su equivocada valoración en las redes sociales hasta el pedestal de la fama o el poder; la irresponsabilidad de unos y otros son un peligro para la democracia y el futuro de la sociedad. Empleando con cierto oportunismo la metáfora de las “criptomonedas” -hoy de actualidad-, así como Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, en su último artículo para The New York Times, ante la hipotética burbuja de “las criptomonedas”, pone el foco en que los grandes perdedores son los más vulnerables al invertir en “productos financieros de riesgo que casi nadie entiende”, lo que implica poder verse profundamente perjudicados, algo parecido puede suceder -de hecho, sucede- al elegir para otorgar el poder (político, jurídico, empresarial, económico, social o religioso…) y confiar en personas que no conoces bien y concederles mayor reputación, conocimientos y valor de lo que merecen; se corre el riesgo de que al final, defrauden. Existe el convencimiento de que es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados. De ahí que es frecuente que se cumpla ese dicho popular de que “al que no sabe, cualquiera le engaña y al que no tiene, cualquiera le compra”.

Étienne de La Boétie fue un filósofo francés del siglo XVI que a los 18 años escribió el “Discurso de la servidumbre voluntaria”publicado años después de su muerte por su mejor amigo Michel de Montaigne. A lo largo de la historia han sido muchas las críticas, también muchos los apoyos, contra un panfleto de pocas páginas en el que analiza una de las cuestiones más importantes y tal vez demasiado olvidadas en la sociedad: ¿por qué las personas aguantan situaciones humillantes y obedecen normas no escritas que son injustas?; aunque la pregunta exacta que Étienne se hace en su discurso es: “¿Si un tirano es solo un hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?” De resumir su discurso esta podría ser la síntesis o corolario de su breve obra: “No existe la política si no se llega a conocer al hombre que la dirige”. Y conocer al “hombre tal como es y no como aparenta ser” incluye la obstinación por el poder y la pasión por la autoridad, junto con las debilidades que conducen a la subordinación. En su discurso cuestiona el conformismo y la obediencia con esta sentencia que resume su pensamiento: “Un vicio para el cual ningún término es lo suficientemente ruin, de cuya naturaleza se reniega y al que nuestras lenguas rehúsan mencionar, es el vicio de la servidumbre voluntaria, pues el tirano solo puede ejercer su dominio si quienes son tiranizados lo desean”. Son los mismos pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen someter, pues cesando de servir, serían, por esto mismo, libres. Es el pueblo el que se esclaviza, el que teniendo en sus manos el elegir estar sujeto o ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su mal o, peor, lo persigue, pues “la causa principal y el secreto de la dominación, el apoyo y la base de toda tiranía es el soborno institucionalizado”. Según el joven autor del discurso, tirano es aquel que es desplazado del lugar que le corresponde para encumbrarlo en una posición en la que puede sojuzgar y someter a aquellos mismos que lo habían encumbrado. Y la mejor manera de “acabar” con un tirano, es destruyendo su poder a través de la resistencia no violenta. “No les pido que coloquen las manos sobre el tirano para derribarlo, -aconseja La Boétie desde la ética-, sino simplemente que ya no lo apoyen más, entonces lo verán como un gran coloso cuyo pedestal ha sido apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos. Esto es: tomad la resolución de no servir a quien os tiraniza y seréis libres”. Las críticas al furibundo y discutible “Discurso” fueron muy tempranas y continúan siéndolo en la actualidad, aunque también hay quien defiende su valentía; fue Michel de Montaigne, con el fin de que el buen nombre de su gran amigo no se viera empañado por el texto, quien intentó quitarle importancia calificándole como “el ensayo de un jovenzuelo”.

Hubo un tiempo en que a los políticos se les exigía un mínimo conocimiento de la historia, en particular, de su propia historia, sin disfraces ni engaños; es oportuno recordarlo cuando se quieren presentar con una falsa imagen de la que carecen: como en el mito de la caverna, queremos realidades y no sombras. Y cuando se carece de realidades, al menos se les debe de exigir un mínimo de pudor y dignidad; pudor y dignidad que Rivera en estos momentos está demostrando que carecía, pero como afirma La Boétie, con él, una gran parte de los ciudadanos que le votaron, encumbraron y aplaudieron, cultivaron “el vicio de la servidumbre voluntaria”.

Rivera ha demostrado ser un maestro en el arte del engaño, la ambigüedad y la ambición 

Ante el abandono del bufete con no poca tensión y el choque de versiones cruzadas entre ambas partes, con la pérdida de credibilidad, al menos aparente del ex líder de Ciudadanos, la pregunta es obvia: ¿Quién era y es en realidad Albert Rivera y cuál es su ideología? Sabemos que es fácil fabricar un líder en poco tiempo cuando toda la maquinaria económica de un país lo quiere. Es lo que ha sucedido con Rivera y que ahora produce desconcierto: un ascenso meteórico y un descenso en caída libre que le mantiene en el foco mediático; su incoherencia y deslealtad con la que habla de los demás y el trato que se da a sí mismo y a los que le adulaban. De sacar conclusiones de estas críticas habría que decir que Rivera ha demostrado ser un maestro en el arte del engaño, la ambigüedad y la ambición; es parecido a las criptomonedas, un personaje al que se atribuyó un valor que no tiene.

Está visto que, con demasiada frecuencia, la épica de las palabras esconde la dignidad de la coherencia y la lealtad. A Rivera es conveniente recordarle que, cuando no hay convicciones, qué fácil es justificar la deslealtad. ¡Qué bien supo definir Ayn Rand, la filósofa y escritora rusa-americana de origen judío lo que significa la ambición desmedida de poder!: “La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía”. No es infrecuente que en política recale gente de dudosa pericia profesional, sin arquitectura intelectual ni músculo ético. Creemos que ocupan posiciones tan importantes de poder porque son muy inteligentes; pero la realidad es que nos parecen muy inteligentes tan sólo porque tienen un poder inmenso. Es el engaño del “mito de la caverna”: ver sombras, pero no la realidad.

A tenor de la trayectoria y los resultados que está teniendo el partido que él fundó y el despido de su puerta giratoria, la crítica más suave que se le puede hacer ante el progresivo fracaso electoral de “Ciudadanos” y la nula gestión que le atribuye el despacho de abogados, es que en Albert Rivera se cumple el “principio de Peter o principio de incompetencia​”, que reza así: las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, a tal punto que llegan a un puesto en el que no pueden formular ni siquiera los objetivos de un trabajo y alcanzan entonces su máximo nivel de incompetencia. Con estas alforjas, como un juguete roto, el futuro de Rivera no se ve muy prometedor. No hacía falta ni ser adivino ni politólogo para tener la certeza de que esto podía suceder, pues en política, después de saber cuándo se debe aprovechar una oportunidad, es importante saber cuándo se debe renunciar a una ventaja. Hace ya algunos años, en las redes sociales se puso en duda su abultado currículum, al analizar cómo había ido menguando la importancia y el número de sus titulaciones académicas desde que comenzara a trabajar, antes de ser famoso, después de estar en la primera línea de la política nacional y en estos momentos de fracaso profesional. A pesar de que en su partido se intentó obviar, fue muy comentada y analizada la “misteriosa desaparición” de sus títulos académicos, desde su paso como letrado y asesor jurídico de los servicios centrales de La Caixa, en cuyo currículum figuraba ser “Master en Marketing Político por la Universidad George Washington, Doctor en Derecho Constitucional por la Universidad de Barcelona, Licenciado en Derecho por la Universidad Ramon Llull (ESADE) Master en Derecho por la misma Universidad”. En 2015, en las redes sociales aseguraba estar en posesión de dos másteres, uno, en una universidad de Estados Unidos, además de un doctorado en Derecho Constitucional y una licenciatura en derecho. Un año más tarde, en 2016, el doctorado ya había caído de su biografía y el máster de Estados Unidos se había convertido en un curso de Marketing Político. Finalmente, en 2018, mientras estuvo como diputado, en su biografía de la Web oficial del Congreso de los Diputados, sólo constaba ser licenciado en Derecho, aunque en la web oficial de Ciudadanos, continuó constando ser: “Licenciado en Derecho, Máster en Derecho por ESADE, Doctor en Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona, Estudios en la Universidad de Helsinki (Finlandia) y Curso en Marketing Político en la Universidad George Washington (Estados Unidos)”.

La historia está repleta de ejemplos parecidos en los que un líder medianamente carismático se atribuye lo que no posee sin que los suyos, los que le creen, diga lo que diga, lo analicen o lo pongan en duda. Puede lograr, sí, un éxito personal para él o para sus intereses, pero resulta muy costoso para la historia y para la democracia de un país aupar a líderes en el trono de la mentira, porque mentir al Parlamento y a la ciudadanía es carecer de dignidad y algo va mal si en política el oportunismo interesado se antepone a la dignidad. En algún artículo anterior hice referencia al libro Palabras que no lleva el viento, reflexiones laicas” del poeta y escritor abulense, Adolfo Yáñez, del que el historiador de la filosofía y ensayista español, José Luis Abellán, elogia su riqueza conceptual por la precisión en definir una serie de palabras que perfilan su pensamiento. Entre los más de los 140 conceptos desarrollados en el libro destaco lo que escribe sobre el concepto “dignidad”:

“La dignidad consiste en una actitud interior que, inevitablemente, acaba aflorando fuera de nosotros y convirtiéndose en compromiso de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. La dignidad no se vende ni se exhibe ni se publicita, pero se nota, se percibe y se palpa. La verdadera dignidad se lleva clavada en el alma y no escrita en pergaminos ni en títulos ni en membretes ni en credenciales… Hay falsas dignidades que, por desgracia, a veces se ganan incluso a base de indignidades, pues nunca faltan los que, sin respetarse lo más mínimo, se hallan dispuestos a realizar cualquier cosa con tal de que sus conciudadanos les admiren…” 

Brevemente, pero con igual claridad, pero más incisivo, definió a Rivera Miguel Ángel Berzal, al abandonar el partido de Ciudadanos del que fue militante, en su misiva publicada por “El Correo de Pozuelo”: 

“No me queda más opción que asumir la verdad y confesar que he sido un ingenuo, pero la dignidad es lo último que se pierde y heme aquí ante mi destino, enfrentando una decisión madurada, abandonar el partido de la CIUDADANIA, aquel que pudo ser y no fue, un partido de libres e iguales que con el paso del tiempo se ha convertido en una maquinaria para detentar el poder, sólo el poder y nada más que el poder… Me bajo del carro de esta farsa ciudadana… Me voy…, la vida no vale nada si dejamos que la mentira prepare otra celada. No quiero engañar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Albert Rivera está demostrando ser un maestro en el arte del engaño, de la ambigüedad y la ambición”.

En su obra “Perturbar la paz”, Václav Havel, el escritor y primer presidente de la República Checa alertaba de que “la verdadera prueba de un hombre no es lo bien que juega el papel que se ha inventado para sí mismo, sino lo bien que juega el papel que el destino le asignó”. Analizando los resultados que está cosechando en cada una de las elecciones que se están celebrando, Ciudadanos se acerca a la insignificancia o a la inexistencia. Albert Rivera ha querido jugar un papel para el que el destino no le designó. Existen políticos que, como las bengalas, iluminan de repente el horizonte y centran la mirada atónita de los que las contemplan; pero una vez consumidas, devuelven a la oscuridad a aquellos que iluminaron. Este ha sido el papel jugado por Rivera, de ahí que, como en momentos pasados, no solo los ciudadanos y partidos políticos sino, incluso algunos empresarios, vuelvan a repetir: “¡Con Rivera, no!”.

La nueva “caverna de Platón”: sombras y realidad