lunes 27/9/21

Dignidad, convicciones, lealtad

cs

“Ningún ciudadano debería votar a un político ni a un partido que no le conste fehacientemente que es honesto, leal, sincero y coherente”.
“La dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos”. 

(Aristóteles)


El historiador de la filosofía y ensayista español José Luis Abellán en el prólogo al libro “Palabras que no lleva el viento, reflexiones laicas” del poeta y escritor Adolfo Yáñez, elogia su riqueza conceptual por la precisión en definir una serie de palabras que perfilan el pensamiento. Entre los más de los 140 conceptos, “espejo poliédrico en que se mira la infinita complejidad humana” que desarrolla y explica, están, entre otros, “conciencia, democracia, dignidad, egoísmo, ética, honor, lealtad, mentira, necedad, poder, política, soberbia, sociedad, solidaridad, verdad”. Palabras recomendables a la conducta de los que hoy viven de en la política y a los advenedizos que se acercan por primera vez a ella en estas próximas y plurales elecciones. En estas reflexiones destaco alguna de las ideas que Adolfo Yáñez escribe sobre el concepto “dignidad”:

“La dignidad consiste en una actitud interior que, inevitablemente, acaba aflorando fuera de nosotros y convirtiéndose en compromiso de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. La dignidad no se vende ni se exhibe ni se publicita, pero se nota, se percibe y se palpa. La verdadera dignidad se lleva clavada en el alma y no escrita en pergaminos ni en títulos ni en membretes ni en credenciales… Hay falsas dignidades que, por desgracia, a veces se ganan incluso a base de indignidades, pues nunca faltan los que, sin respetarse lo más mínimo, se hallan dispuestos a realizar cualquier cosa con tal de que sus conciudadanos les admiren…”

Concepción Arenal, nuestra escritora gallega y activista social, que sorteó las dificultades que en su época se oponían al acceso de las mujeres a la universidad -tuvo, incluso, que acudir a clase disfrazada de hombre-, cercana al ideario krausista, conocida por sus críticas a la injusticia social de su tiempo, particularmente contra la marginación de la mujer, la condición obrera y el sistema penitenciario, sostenía que “la dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene, nada puede hacer que le vuelva despreciable a sus propios ojos”

Estamos viviendo tiempos de mediocridad, de interés por lo inmediato, en los que triunfa lo frívolo, el oportunismo, la incoherencia, la deslealtad, la banalidad de lo accesorio, en los que los políticos discuten y proponen lo que a ellos les interesa y conviene y no lo que los ciudadanos reivindican; y lo que los ciudadanos reivindican es, en el marco de sus problemas y en la búsqueda de soluciones, que los que quieren ser elegidos como sus representantes sean, al menos, honestos, leales, sinceros y coherentes. Traigo estas reflexiones para analizar cómo en la política debe entrar ese cóctel de compromisos, acciones y valores que todo político debe poseer y tener claros y conjugar en su conducta ese puñado de conceptos que he entresacado del libro del escritor Yáñez: “conciencia, democracia, dignidad, ética, lealtad, honor, sociedad, solidaridad, verdad, egoísmo, mentira, necedad, poder, soberbia”. Unos, como objetivos de vida y gestión políticas; otros, repudiables en el comportamiento ético. Analizando la ajetreada y confusa actualidad, tantas palabras vacías y exceso de promesas, contemplando los “desplazamientos oportunistas y tránsfugas” para situarse en las listas electorales, destaco dos conceptos que engrandecen o envilecen a quien las practica o no: dignidad lealtad. Algo va mal si en política el oportunismo interesado se antepone a la dignidad y la lealtad.

José Ingenieros, filósofo y escritor ítalo-argentino, en su libro “El hombre mediocre” dejó escrito: “Así como los pueblos sin dignidad y lealtad son rebaños, los individuos sin ellas son esclavos”.La persona desleal no es de fiar; si deja apagar la llama de la lealtad es difícil que la vuelva a encender; no es arriesgado pensar que la traicionará de nuevo. Cuando las miserias morales asolan a un país, qué difícil es distinguir “el grano de la paja”, la verdad de la mentira, la sinceridad de la ambición de poder, el servir a la sociedad de servirse de ella, trabajar para el país o servirse de él. Dado que en estos días estamos en campaña electoral y los políticos nos piden el voto, es pertinente que sepan lo que los ciudadanos pensamos de ellos y les digamos aquello que opinamos de su conducta -no personal ni moral- sino de su conducta y gestión políticas. Si buscan respuestas, es lógico que se las proporcionemos. Están acostumbrados a que la mejor manera de no ser señalado consiste en señalar a los demás; llegan, incluso, al insulto, la calumnia y la mentira. Decirles la verdad de lo que opinamos es nuestra obligación y responsabilidad.

A primeros de marzo pasado, la que fuera portavoz parlamentaria en el Congreso y secretaria de Estado de Cooperación Internacional en la etapa de Zapatero, la vallisoletana Soraya Rodríguez, anunciaba por carta que dejaba el PSOE en el que ha militado muchos años; alegaba como motivo “las discrepancias profundas” con Pedro Sánchez y la política de su gobierno por el asunto catalán. Añadía no compartir que la mayoría de la moción de censura que ha sostenido al gobierno durante los últimos ocho meses, fuese una posibilidad viable para conformar una mayoría parlamentaria razonable para sostener a un gobierno socialista. Al abandonar el PSOE, algunas informaciones apuntaron que podía incorporarse a la candidatura de C’s al Parlamento Europeo. Preguntada, se ha ido mostrando esquiva sin desmentirla, a pesar de que Ciudadanos intentó mantener la duda y el propio Rivera dijo que tenía la puerta abierta.

La realidad es que su incorporación a Ciudadanos la ha confirmado Albert Rivera hace tres días, en un acto en el Teatro Goya de Madrid; en el coloquio, Rivera ha dicho estar “muy orgulloso” de poder contar con Rodríguez, a la que ha elogiado, describiéndola como una política “capaz y moderada”: “ésta es tu casa, la casa común del constitucionalismo del siglo XXI”, ha dicho Rivera. “Has demostrado ser una política de convicción”. Por su parte, la exdiputada socialista, sin pudor alguno, ha defendido, mejor, ha intentado justificar que “por encima de la lealtad a su partido está la lealtad a España”, y que “los que tienen el mismo concepto de la nación española deben trabajar juntos”“Yo no creo en el Estado plurinacional”, ha subrayado, entrelos aplausos del público. Está visto que, con demasiada frecuencia, la épica de las palabras esconde la dignidad de la coherencia y la lealtad. 

Durante el acto Rivera ha dicho que Soraya es “una política de convicción” y Soraya le ha contestado que, “irse a Ciudadano ha sido “por lealtad a España”: Dos palabras destacadas: convicción lealtad. Como decía esta mañana, viernes 5, Almudena Grandes en la SER, “Albert Rivera tiene una facilidad asombrosa para cambiar de opinión; ha presentado a Soraya Rodríguez como una política de convicción al hablar de alguien que ha ocupado cargos en el PSOE durante los últimos veinticinco años sin interrupción antes de fichar por Ciudadanos con el candor de una niña vestida de Primera Comunión. La convicción de Rodríguez, diputada del PSOE hasta que se disolvió el Congreso, le ha permitido viajar desde el socialismo hasta la foto de Colón en un mes escaso; con eso podría optar al “Libro Guinness de los récords”. A ambos, a Rivera y a Rodríguez, es conveniente recordarles que, cuando no hay convicciones, qué fácil es justificar la deslealtad: toda su convicción y lealtad al “socialismo” se ha esfumado en cuanto ha desaparecido de las listas del PSOE, acudiendo presurosa a Ciudadanos que, al parecer, están faltos de personal; pero Rivera admite toda clase de trásfugas y mercenarios de otros partidos y los coloca a dedo. 

Ante estos cambios mercenarios, conviene preguntar a Soraya ¿en qué ha creído, entonces, en estos años como socialista, gozando de las prebendas nada despreciables que le ha ido proporcionando el partido, partido que sí apostaba por un Estado plurinacional?; ¿tal vez se ha caído “del guindo” en el momento en el que sospechaba que no iba en las listas electorales? Sin argumentos más convincentes, al ciudadano de a pie puede parecerle que se ha quitado la máscara y que, como en los fichajes futbolísticos, se va con el mejor pagador, con quien garantiza mejor puesto y mejor salario, Europa lo es; una vez más se demuestra que para algunos o algunas, la ideología es cobrar y vivir de la política; y como en el fútbol, “los colores y la lealtad”, poco importan; es fácil cambiar de equipo; lo duro es quedarse sin equipo del que vivir.

Por lealtad y dignidad, los ciudadanos, sus votantes, señora Rodríguez, entienden ese sentimiento de respeto y fidelidad que poseen las personas con ética hacia los compromisos adquiridos; es decir, valores y principios éticos y políticos de nobleza, rectitud, honradez, honestidad; valores y principios que permiten desarrollar fuertes relaciones sociales y políticas de coherencia. La dignidad y lealtad no dependen de si las circunstancias me favorecen o no, sino de la honesta rectitud y cumplimiento de los principios asumidos. Señora Rodríguez, el compromiso y contrato político, es decir, la lealtad y convicciones son con los votantes, mediante el programa de un partido. Un proyecto colectivo, como es un partido político, consiste en la coincidencia de muchos ciudadanos en un mismo programa político (ajustable, es verdad, según circunstancias razonables y posibles). Ello no significa que la coincidencia tenga que ser total, al 100 x 100 con todo el proyecto, pues un partido no puede exigir que sus militantes sean “ciudadanos clónicos”, que anulan su personalidad; existen las discrepancias; ello significa que existen análogas formas de sentir y de pensar pero no una identificación total y común para todos los que comparten el proyecto; la discrepancia, en cambio, con algunas políticas concretas no significa tener que dar un portazo y, mucho menos, la huida mercenaria hacia otro proyecto político diferente y opuesto… ¿Qué diría usted hoy sobre la eutanasia ante la postura de Ciudadanos sobre ella?; por coherencia, debería abandonar también Ciudadanos. Las palabras expresan lo que pretendemos ser, y son fáciles de pronunciar, pero las acciones, la conducta, expresan lo que realmente somos, así lo recogía ya la “Encyclopædia Britannica” en 1768. 

A quienes nos acercamos a la política con mente crítica, nos han producido rechazo democrático sus frívolos y banales argumentos; después de lo vivido en el PSOE y lo bien que le ha ido, sospechamos que su incorporación en otro partido es consecuencia de su deslealtad, falta de dignidad, incoherencia, ambición y ansia de poder. Lo leal, lo digno, lo coherente hubiese sido irse a su antiguo puesto de trabajo, y desde “sus convicciones”, sin “sillones ni mamandurrias”, continuar luchando por aquello que dice creer.La dignidad consiste en una actitud interior que, inevitablemente, acaba aflorando fuera de nosotros, convirtiéndose en compromiso de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. La dignidad no se vende ni se exhibe ni se publicita, pero se nota, se percibe y se palpa. La verdadera dignidad se lleva clavada en el alma y no escrita en pergaminos ni en títulos ni en membretes ni en credenciales, como escribe Yáñez.

Un partido no es un fin, es un camino, un instrumento de cambio. No implica tener que abrazar dogmáticamente todas las creencias. Es incoherente y desleal rechazar todo por no compartir una parte; tal actitud desvela ligereza infantil o rabieta política, a no ser que esconda intereses inconfesables. Toda decisión que implica un cambio de 180 grados, de proyectos diferentes y encontrados (PSOE y C’s lo son), exigen reflexión y tiempo, no precipitación inmadura; su incorporación a Ciudadanos da que pensar; su justificación y argumentos son poco creíbles.Como si fuera profeta, se cumple esa frase del ex presidente de la República de Brasil, Fernando Henrique Cardoso“En momentos que exigen grandeza, lo que se ve es la miseria de la política”. En política y ética, después de saber cuándo se debe aprovechar una oportunidad, es importante saber cuándo se debe renunciar a una ventaja.

Interrogarse sobre la relación entre ética y política es una reflexión que debe hacerse toda persona que se dedica a la gestión de la “res publica”; ambas, al menos en su sentido filosófico y desde su propia identidad, tienden al mismo fin: buscar el bien. Razón tenía Aristóteles al escribir en su Ética a Nicómaco que “no se enseña ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos”. Existe una dimensión ética en el ser humano, a la que ninguno puede renunciar. Comprobamos a diario, sin embargo, que, por mucho que se disfrace, la erótica del poder es mucho más intensa, les interesa más a los políticos que la conducta honesta y ética y que su vocación de servicio para el que se presentaron. En respuesta a la pregunta de una periodista de que Ciudadanos estaba dando la impresión de no tener en su propio partido candidatos preparadospara llenar sus listas electorales, sino que “había abierto la veda” para fichar personas ajenas al partido, respondía Albert Rivera con esa sonrisa de euforia que le caracteriza: “Buscamos talentos”, y ponía como ejemplos: Marcos de Quinto, Soraya, Bauzá, Brown, Mesquida, Corbacho… Como escribe hoy Juanjo Millás en su columna, con esa sagacidad que le caracteriza: “estos políticos no quieren arreglar el mundo, quieren un sueldo fijo y disponer de las tardes”. Desde la coherencia política, lo mínimo que se le puede pedir a un partido y a un político es que sepa en qué lado está. Ya advertía su precandidato a la alcaldía de Barcelona, Manuel Valls que “es mejor perder el gobierno que traicionar las propias convicciones y los valores democráticos”. Las veleidades de Ciudadanos y su permanente ambigüedad denotan su incoherencia. En las páginas en blanco nunca se escriben erratas.

Mientras escribo estas reflexiones, encuentro el humor de ese gran filósofo gráfico que dibuja la realidad, bajo el seudónimo de El Roto; una cara, gafas negras y bigotito: “Me gustan los nuevos porque son los de siempre”. Es difícil definir mejor la realidad política actual: “lampedusiana”. Las miserias humanas no impiden la historia, pero sí la pueden destruir. Hay quien, en la gestión de sus decisiones, la deslealtad la considera convicción y acierto. 

Pocos ciudadanos ignoran lo que significa ser un “oportunista político”:persona voluble y cambiante en cuanto a criterio y posiciones políticas. El oportunista político abandona, mejorando su estatus y siempre justificándose, posiciones, actitudes, valores, concepciones políticas e ideológicas; su opuesto es aquel que mantiene una sólida consistencia política-ideológica, firme e invariable que, aún en situaciones tremendamente difíciles, muestra una actitud inclaudicable sin poner en riesgo la defensa de sus valores y principios. El oportunista político debilita gravemente, sobre todo, al partido en el que milita. Sostenía Francis Bacon que “el cumplimiento de las promesas que se hicieron vale más que la elocuencia con las que se prometieron”. Si se quiere hacer creíble la política, no se puede defraudar a aquellos que, porque se han fiado de ti, te han dado su voto. La RAE define bien el significado del término oportunista: “actitud que aprovecha las circunstancias momentáneas para el propio interés”; es un individuo voluble, persona cambiante en cuanto a criterio y posiciones políticas; no es infrecuente en algunos políticos que para neutralizar lo peyorativo del término, disfracen o confundan el oportunismo con el pragmatismo y las convicciones.

Se dice que cada uno es dueño de sus decisiones; vista la decisión de Soraya, hago mía la frase del actor y premio nóbel de literatura Darío Fo, con la que ironizaba sobre su país, Italia: “En este país llevamos la cabeza muy alta… porque la mierda nos llega hasta el cuello”. No se puede intentar conseguir al mismo tiempo “fama y prestigio”. Ya los decía Pasteur, “quien no sabe lo que busca no puede entender lo que encuentra”. Siempre se admira alas personas que dicen lo que piensan, pero, sobre todo, que hacen lo que dicen. Contemplando al partido que le abrió puertas y que tantas oportunidades le brindó, con su marcha a Ciudadanos, señora Rodríguez, en esta complicada primavera, ¿dónde quedan la lealtad, la dignidad y sus convicciones? En el baúl de los recuerdos.

Dignidad, convicciones, lealtad