martes. 28.05.2024
José María Aznar

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

“No hay cosa que más incordie a los ciudadanos sensatos
que ver medrar a los mediocres”.

Friedrich Dürrenmatt.


A estas alturas de la historia resulta deprimente tener que insistir en obviedades relacionadas con la defensa de los derechos humanos. Hay situaciones de emergencia humanitaria en las que no se puede procrastinar la solución. Lo más injusto de este tiempo quizá sea esto: el dominio de los mercados hace que una nación tiemble por las dificultades de un banco, pero no se inmuta por millones de personas que tienen que comer de la caridad. El conflicto iniciado hace ya más de seis meses entre Israel y el pueblo palestino está demostrando una violencia inusual de alcance impredecible y una crisis humanitaria con una incapacidad patológica para la compasión y la defensa de los derechos humanos claramente conculcados por el gobierno de Netanyahu. Israel insiste en su promesa de aplastar a Hamás como represalia por sus ataques del 7 de octubre, aunque en su intento pueda perecer toda la población palestina. Así lo expresó el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, al dejar meridianamente clara la estrategia asesina del Gobierno de Netanyahu: “He ordenado un asedio completo de la Franja de Gaza. No habrá electricidad, no habrá comida, no habrá combustible. Nada entrará y nada saldrá. Estamos luchando contra animales y actuaremos de manera acorde para borrar definitivamente a Gaza del mapa y una limpieza étnica contra los palestinos”.

La tensión se ha disparado en Oriente Próximo y la cifra de muertos en la Franja de Gaza supera ya las 33.300 personas, el 70% civiles, incluidos mujeres y niños, además de decenas de miles de heridos. Seis meses después del inicio de la guerra los llamamientos a un alto el fuego resulta cada vez más urgente, pero la inhumanidad de esta situación se dilata en el tiempo.

Frente a esta escalada de execrable inhumanidad, considero recomendable la lectura del libro del catedrático emérito de psicología y buen amigo, Alfredo Fierro, “Contra inhumanidad / Combates por lo humano”; es un conjunto de textos que militan contra cualquier clase de inhumanidad, escritos a favor de lo humano en el ser humano. Son escritos morales, exhortativos cuando menos, combativos casi siempre, beligerantes contra la desmoralización en todas las acepciones de lo “moral”, que él resume en una exhortación: “sé humanitario, no seas inhumano”. En línea con esta exhortación, yo añado la necesaria urgencia de humanizar la política. Es tal la injusticia y la deshumanización a la que estamos asistiendo que duele profundamente la distancia emocional y la insensibilidad del poder político, pues ha comenzado a aflorar un discurso peligroso. Indigna sinceramente escuchar las voces de algunos políticos y comunicadores sociales que se entretienen en los medios de comunicación y en sus intervenciones con frivolidades y pasan de puntillas sobre este genocidio palestino.

Hay que abogar por recuperar la ética humanitaria de la política y la capacidad de recuperar el sentido humanitario de los ciudadanos

Hay que abogar por recuperar la ética humanitaria de la política y la capacidad de recuperar el sentido humanitario de los ciudadanos, pues la política entra en crisis al constatar que cada vez decide más la importancia de la economía que la solidaridad y la compasión humanitaria. Así lo expresa la filósofa Adela Cortina en una de sus conferencias sobre el sentido de la ética en la construcción de una sociedad justa e incluyente. “En la humanidad hay unos mínimos éticos, que serían los mínimos de justicia, por debajo de los cuales no se puede caer sin llegar a una inhumanidad”. Creo que es algo a tener muy en cuenta porque si caemos en mínimos de humanidad, entonces nos deshumanizamos. Tenemos que tener claros cuáles son esos valores por debajo de los cuales no se puede caer de ninguna manera; son los valores fundamentalmente de esa ética en la que preferimos la libertad a la esclavitud, la igualdad a la desigualdad, la solidaridad a la insolidaridad, el diálogo a la confrontación, la humanidad a la deshumanización, pues como decía Ortega y Gasset: “el tigre no puede destigrarse, pero la humanidad puede deshumanizarse”. Y si la política se deshumaniza, bien lo notan los ciudadanos; y por eso se alejan de los políticos al contemplar cómo en España, desde las elecciones generales del domingo 23 de julio de 2023, las preocupaciones que ocupan a los políticos son la lucha por ocupar el poder, restregándose culpabilidades, centradas en el “Caso Koldo y todas sus circunstancias anexas” que, como una bola de nieve se van adhiriendo al caso.

Y la razonable pregunta que nos podemos hacer puede tener una decepcionante respuesta: ¿No nos estaremos acostumbrando a interesarnos más por quien se ha enriquecido con las mascarillas en momentos de pandemia que por las muertes que están causando los Putin y los Netanyahu? ¿Se puede guardar silencio ante sus repugnantes y sistemáticos crímenes de Estado? ¿Son éstos un mal menor, al lado de las exigencias de la economía de los mercados? Recurrir a las opiniones dominantes es fácil ya que los prejuicios son fruto de la ignorancia mientras que formarse una opinión propia requiere trabajo, esfuerzo, reflexión. La humanización de la sociedad debe contribuir a formar en la ciudadanía una resistencia a las omnipresentes leyes del mercado, a la mercantilización de nuestras vidas y al temible pensamiento único. De no ser así, habremos entrado en la peor fase de la crisis de la ética: la deshumanización de la política; y deshumanizar la política no es más que la deconstrucción ética de las instituciones que dan sentido y vertebran una verdadera democracia.

A muchos les gusta hablar, pero a muy pocos, escuchar. La palabra hablada ha tomado tal relevancia que pocos quieren perder el protagonismo cuando quieren expresar sus opiniones. Centrados en un cierto egocentrismo, imposibilitamos la verdadera comunicación cuando llegamos a creer que lo que nosotros exponemos es más importante que lo que el otro tiene que decirnos. Existe la creencia de que, para caer mejor a los demás, hay que cargar de interés las opiniones que exponemos, aunque no se correspondan con la realidad. Sin embargo, generar confianza y cercanía con el otro, es una herramienta fundamental cuando deseas convertirte en un sincero comunicador. Desde un punto de vista asertivo, en una honesta conversación, lo que desde la ética de la empatía humanitaria necesitamos es conseguir que la otra persona se sienta sincera e inteligentemente tratada.

La obligación moral de la prudencia, la discreción y la colaboración en cuestiones de interés de Estado no caducan con el cese en el Gobierno

Algunos expertos hablan de ser breves y austeros en las palabras. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado con personas que suelen divagar en sus expresiones? Discursos alargados y huecos de contenido, palabras sin sentido, soliloquios infumables y oradores eternamente aburridos, cargados de odio y del “y tú más”. Escuchar a ciertas personas o personajes se puede convertir en un auténtico martirio, haciendo que nazca en nosotros un deseo inevitable de evadirnos de semejante tortura. Aseguraba Bertrand Russell que cuando la necesaria humildad no está presente en una persona con poder, ésta se encamina hacia un cierto tipo de locura, llamada “embriaguez del poder”; para Russell, la soberbia, la desmesura y la huida de la realidad, son algunos de los males que suelen invadir a algunos políticos iluminados por ejercer o haber ejercido el poder. Deberían tener claro que la obligación moral de la prudencia, la discreción y la colaboración en cuestiones de interés de Estado no caducan con el cese en el Gobierno.

No son pocos los ciudadanos y los países comunitarios que, como el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este miércoles en el Congreso de los Diputados, abogan de forma urgente por la necesidad de frenar la matanza en la Franja de Gaza, apelando al necesario consenso sobre la posición española, aprobado hace una década, en favor de los dos Estados como fórmula de paz para israelíes y palestinos. A pesar de los diferentes matices, en especial la que encabeza el Partido Popular y su presidente Núñez Feijóo a la cabeza, al diferir sobre la utilidad de un rápido reconocimiento del Estado palestino, en la sesión parlamentaria existe una amplísima mayoría que respalda los ejes fundamentales de la posición española expuestos por el Presidente Sánchez que cuenta con una creciente simpatía internacional. Reconocer a Palestina como estado de pleno derecho en Naciones Unidas no es un brindis al sol. Es un instrumento de presión sobre el Gobierno extremista de Netanyahu para la resolución de la crisis de Gaza y un instrumento de defensa en la escena judicial internacional para los palestinos, desasistidos en sus derechos individuales y colectivos.

En el marco de esta situación anterior, con estas reflexiones me quiero referir, especialmente, al súbito negacionismo adoptado por el expresidente del Gobierno y hoy presidente de FAES, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, José María Aznar. En la inauguración de la tercera jornada del ciclo Claves de nuestro tiempo, dedicada a Irán y su relación con la crisis en Oriente Medio y organizada conjuntamente por FAES y el Instituto Atlántico de Gobierno, IADG, el pasado jueves, día 4, durante su intervención, con la rotundidad engolada que le caracteriza, a pesar de su actual irrelevancia política, pues sólo representa el pasado, sin tener consciencia de sus trasnochadas convicciones al haber perdido contacto con la realidad, conectado al conservadurismo de la “ultraderecha” y con amplias tragaderas para las “fake news”; ha soltado frases hueras, pero como quien proclama “dogmas”, ignorando y negando la resolución del Congreso de los Diputados de la época del Gobierno del Partido Popular en 2014 durante el gobierno de Mariano Rajoy, a favor del reconocimiento del Estado palestino y de la solución de los dos Estados votada por unanimidad. La resolución o proposición no de ley fue presentada por el Grupo Parlamentario Socialista ante la Cámara Baja; en ella se pedía al Congreso “reconocer Palestina como Estado, sujeto de Derecho Internacional, reafirmando la convicción de que la única solución posible para el conflicto es la coexistencia de dos Estados, Israel y Palestina”, instando, además, a que el reconocimiento fuera una consecuencia de “un proceso de negociación entre las partes” para garantizar la paz y la seguridad.

Aznar es de esos políticos que hablan con el aire de quien, diciendo obviedades, cree que sus palabras merecen ser esculpidas en piedra

Pero, como es frecuente en él, y como con sana ironía decía el fabulista griego Esopo que “la rueda más estropeada del carro es la que hace más ruido”, con esa insensibilidad distante y deshumanizada que le caracteriza -lo tiene bien demostrado-, pues Aznar es de esos políticos que hablan con el aire de quien, diciendo obviedades, cree que sus palabras merecen ser esculpidas en piedra, en dicho acto ha querido recordar que el conflicto surge por un ataque terrorista de Hamás y que lo primero es la liberación de los rehenes secuestrados, ya que no se puede negociar con alguien que mantiene a decenas de personas secuestradas, subrayando que no es aceptable que no exista una posición general internacional, defendiendo la ofensiva israelí en todos sus frente. Apostar por un Estado palestino que no existe, es absurdo, ha señalado, y solo sirve para avanzar los intereses de otros, en concreto de Irán. Aznar ve “absurda” la solución de dos Estados para Israel y Palestina que defienden tanto el Gobierno socialista como una parte importante del Partido Popular. ¿A qué Estado se refieren?, se preguntaba y él mismo se respondió: “Reconocer lo que no existe es absurdo”, ha insistido. No existe ningún Estado; y si lo hacemos estamos trabajando por los intereses de otros. En su opinión, primero habrá que hablar de los rehenes, luego de mantener la seguridad, la convivencia, y después de cómo esas condiciones de seguridad impiden que lo que está ocurriendo ahora -el intento de expulsión de los Estados Unidos, de Israel y del mundo occidental allí- se pare. Y si lo hacemos, lo haremos en defensa de nuestros intereses, si no estamos trabajando para intereses ajenos. “La operación tiene que ser terminada por el bien de todos. Toda solución de posible convivencia es una solución que no tiene mucho sentido”, ha destacado. Según Aznar, “hay que pensar muy bien, después de esta operación, en qué condiciones se establece la seguridad para que esta situación no se pueda repetir y en qué condiciones se establece un marco de convivencia. Pero empezar por el final, apostando por un estado palestino es absolutamente absurdo”.

Decía Pi i Margall, el político, filósofo y jurista español que “las convicciones políticas son como la virginidad: una vez perdidas, no vuelven a recobrarse”. Esto le ha sucedido a Aznar. Admitiendo su derecho a expresar sus ideas, acartonadas como su rostro, causa fatiga escuchar a alguien que ya poco tiene que decir. Desde la atalaya de su orgullo, ha perdido el sentido de la realidad y no se entera porque la rabia le ciega y, en tiempos de turbulencias, la perdida de la visión política es mala consejera. Es oportuno recordarle su irrelevancia humanitaria en lo acertado que estuvo cuando la guerra de Irak con el trío de las Azores, o lo de la existencia de las armas de destrucción masiva o la masacre islamista del 11 M. Lo único que de verdad le queda por decir, desde el respeto moral a las víctimas que sucumbieron en esa cruel guerra de Irak por la irresponsable decisión histórica “del trío de las Azores”, llevada a cabo sin autorización de Naciones Unidas, es pedir perdón y, a continuación, imponerse a sí mismo “la penitencia del silencio”. Si Calderón de la Barca en su auto sacramental “El gran teatro del mundo” hubiese pensado un personaje para representar el rencor y la soberbia, hubiese escogido el perfil de José María Aznar.

Las relevantes contradicciones de un personaje irrelevante