jueves 20/1/22
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El príncipe no es sino el primer servidor del Estado, viéndose por ello obligado a comportarse con probidad, prudencia y un completo desinterés, como si a cada momento tuviera que rendir cuentas de su administración a los ciudadanos” (Federico II de Prusia)


Desde su oráculo de La Vanguardia, Iván Redondo nos dice que Yolanda Díaz podría conseguir el sueño de Pablo Iglesias y obtener en unas elecciones generales mas escaños que los conseguidos por el PSOE. Lo cierto es que ya se logró en las autonómicas madrileñas. Más Madrid se impuso con Mónica García sobre Gabilondo y el propio Iglesias, quien pudo comprobar que desoír a Iñigo Errejón tenía un precio. Al Defensor del Pueblo le dictaron su campaña y nunca sabremos lo que podría haber hecho por su cuenta, mientras que Mónica García parecía espontánea e Iglesias perdió un pulso entablado consigo mismo.

Al margen de lo que digan unas u otras encuestas, Yolanda Díaz proyecta una imagen de creer en lo que hace. Se diría que le importa más conseguir ciertos objetivos que promocionarse a sí misma y que no le importaría nada irse de la política, si considerase que no puede cumplir con su compromiso para con la ciudadanía. Calviño nos ha dicho, sin que nadie le preguntara, que también ella había visitado a Papa y que no dejaba de ser algo totalmente normal. Esa es justamente la clave. Convertir en algo simbólico aquellos que otros hacen sin conseguir tal cosa.

Hay muchas diferencias con Sánchez. Este se presentó a la secretaria general de un partido y ganó por dos veces unas primarias. Tras expulsarlo de su seno, el partido socialista ha tenido que rendirse a la evidencia, como reflejó el abrazo con Felipe González, cuyo carisma le hizo abandonar en su momento esa misma secretaria por un instante, para que se suscribiera su redefinición ideológica del PSOE. Falta saber si con el partido detrás y, una vez reconciliada cúpula dirigente y militancia, no se socavara la romántica imagen de outsider con que simpatizaba mucha gente y catapultó el fenómeno Sánchez.

Yolanda Díaz consigue hacernos pensar que hace suyo el deber del gobernante acuñado por Federico II de Prusia: ser el primer servidor del Estado y actuar en todo momento como si se rindiera cuentas constantemente ante los ciudadanos

A Yolanda Díaz no le ha interesado controlar Unidas Podemos desde su Secretaría General, porque no parece gustarle demasiado la dinámica interna de los partidos políticos, aunque haya militado en uno cuyo carné conserva. Este fenómeno si es muy novedoso. La organización política que quiso canalizar las esencias del 15M no tardó mucho en parecerse a los partidos tradicionales. Basta visionar el documental Política, manual de Instrucciones para ver cómo quemaron etapas desde un principio, cuando los círculos que discrepaban se iban disgustados por el dirigismo de sus dirigentes.

Isabel Díaz Ayuso, por el contrario, quiere presidir el partido popular madrileño para hacer las próximas listas electorales y dejarse querer como posible candidata nacional, una vez descartado que Alberto Núñez Feijóo pudiera dar un paso al frente, aunque no quede clara su auténtica motivación para inhibirse a hacerlo. Si hubiera un adelanto electoral en Andalucía y Sánchez decidiera ser audaz, Casado se podría dar el batacazo definitivo y dejar el campo libre para Ayuso, que se haría imprescindible por su entendimiento con Vox. Los presupuestos pactados con Monasterio miran en lontananza y hacen ver que las cosas le van mejor sin el concurso de Ciudadanos.

Cuando Ayuso hace una declaración, muchos imaginan que sus ocurrencias pueda haberlas musitado su asesor, tal como se creyó que las iniciativas de Sánchez eran pactadas con el suyo. La gran diferencia es que no cabe trazar ningún paralelismo con Yolanda Díaz. Es muy posible que cuente con un equipo de asesores, pero, en cualquier caso, de ser así, sabrían actuar con total discreción, como corresponde a su quehacer. 

Los asesores de Yolanda Díaz parecen ser su notable intuición y su profundo compromiso político. Ambas cosas parecen guiar una gestión que realiza sin estridencias y poniendo en primer plano que se trata de una conquista colectiva lograda por cuantos negocian desde sus respectivas posiciones. Como dijo Kant a uno de sus corresponsales epistolares, acaso no diga muchas cosas que no piensa, pero desde luego transmite la impresión de que piensa cuanto dice.

El factor sorpresa es fundamental en política, donde suelen triunfar las disrupciones y no tanto las revoluciones. ¿Para qué asaltar los cielos, cuando puedes contribuir a mejorar el hábitat presente? ¿De qué le serviría liderar una plataforma y presentar formalmente su candidatura, cuando sin hacerlo está proyectando un liderazgo simbólico que la inviste de carisma? 

Yolanda Díaz consigue hacernos pensar que hace suyo el deber del gobernante acuñado por Federico II de Prusia: ser el primer servidor del Estado y actuar en todo momento como si se rindiera cuentas constantemente ante los ciudadanos. Poco importa que Federico el Grande acabara decepcionando a Voltaire, tras escribir juntos un Antimaquiavelo. El principio conserva todo su valor. 

Es obvio que la vicepresidenta segunda del gobierno cuenta con los mejores asesores, que como ya se ha dicho son su talante y sus convicciones.

Los asesores de Yolanda Díaz en su itinerario hacia la presidencia del Gobierno