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Reunión de Psoe y Unidas Podemos en el Congreso el 20/02/20 | Eva Ercolanese

“No hay que esperar que los reyes filosofen o los filósofos devengan reyes, pero tampoco hay que desearlo, porque la posesión del poder daña inevitablemente el libre juicio de la razón” (I. Kant, Hacia la paz perpetua)


Hace poco asistí a la presentación de un libro en el donostiarra Hotel María Cristina. Se trataba de Moncloa: Iván Redondo. La política o el arte de lo que no se ve, cuya sinopsis lo describe como “una biografía personal y política del hombre que mueve los hilos de la política española”. Esa era desde luego la imagen proyectada por quien habría logrado hacer ganar elecciones municipales, autonómicas y nacionales a quienes decidieron contar con su asesoramiento.

Cual Ave Fénix, Pedro Sánchez resurgió de sus cenizas tras haber sido lapidado por la Ejecutiva Federal del PSOE y abandonar su escaño en un gesto de coherencia. Esa tenacidad le haría ganar unas primarias, porque la militancia decidió desoír a los dirigentes del partido. Luego demostró saber cambiar de tercio cuando las circunstancias lo demandan, formando un gobierno de coalición con quien le quitaba el sueño poco antes y concediendo unos indultos que la situación aconsejaba por múltiples motivos. En esos audaces movimientos parecía bien asesorado.

Confieso que llegó a fascinarme la misteriosa figura del asesor oculto entre bambalinas. Ese personaje semioculto que parecía dictar con acierto el rumbo a seguir desde la concha del apuntador. Permanecer en la sombra era lo que corresponde hacer para nutrir esa leyenda y me parecía muy sabio por su parte permanecer en un discreto segundo plano. Por eso no comprendí bien que comenzase a dar largas entrevistas a la prensa desvistiendo paulatinamente al mito de su aureola.

La entrevista con Evolé no me pareció muy oportuna, pero mi desconcierto se convirtió en perplejidad al verlo durante la ya mentada presentación de Moncloa. Su perspicacia parece innegable y se ve bien acompañada por el entusiasmo que sólo pueden mostrar los apasionados por su quehacer. Esa noche se adelantó al auditorio algunas de las claves que luego ha publicado los lunes en La Vanguardia.

Reparar en el cumpleaños de Doña Leonor como fecha clave para no dilatar una reforma constitucional me pareció algo particularmente lucido. Y dejó caer muchas otras consideraciones de gran interés. En cambio no dejé de tener una impresión ambivalente. Para decirlo en dos palabras, me vino a la cabeza aquello de “consejos vendo, que para mi no tengo”. Lejos de saber asesorarse a sí mismo, parecía mostrar cierto empeño en socavar su propia imagen.

Una foto de cierto tamaño reproducía la portada del volumen que se presentaba. Encontré inevitable asociar esa pose con la que suele utilizar el actual inquilino del Eliseo. Máxime al afirmar el propio Redondo que, tras leer muchos libros de memorias presidenciales, él planearía escribir algo muy diferente. Quedé un tanto conmocionado. ¿Cabía hablar de memorias presidenciales para referirse a su autobiografía en el futuro?

Muchos enigmas quedaron flotando en el ambiente. Tras afirmar con rotundidad varias veces que no había querido ser ministro, como se le habría ofrecido en varias ocasiones, también se vanagloriaba por su prelación como primer Secretario de Estado. Igualmente afirmaba que, a fin de cuentas, ministros hay muchos y Jefe de Gabinete sólo uno. Por añadidura el actual Ministro de la Presidencia era número dos en su equipo.

A veces parecía estar teniendo un diálogo consigo mismo respecto a cuestiones que se dirías irresueltas en su foro interno. La relación personal con Sánchez no se habría visto alterada, pero ahora prácticamente no se hablaban, cuando antes lo hacían a todas horas. También había tenido una larga comida de tres horas y media con Félix Bolaños (sic).

Se habría tomado un sabático de un año y, como buen vasco, siempre hace honor a su palabra. Pero no quedaba muy claro en qué consistiría su retorno. Tras preciarse de que, como analista, para mantener su objetividad e independencia de criterio, no podía estar en la primera línea, parecía coquetear con la idea de dar el salto y hacer política en primera persona.

Como él mismo suele repetir, hay que “saber ganar, saber perder y saber parar”. Lo primero es muy complicado, porque se te puede subir el éxito a la cabeza y llegar a creer que los fracasos no van contigo. Cuesta mucho aprender de los reveses, pero conviene hacerlo, porque son harto instructivos y nos ayudan a conocernos mejor. Hacer una parada es fundamental para recobrar energías y cultivar otras aficiones.

Iván Redondo es un gran analista. Resulta cautivador verle plantear escenarios posibles basados en una compleja combinación de datos muy diversos y estadísticas de distinto jaez. En ese terreno tiene mucho que aportar. Como es aficionado a la filosofía y le gusta reivindicar el papel de las humanidades, me permito recordar aquí el dictamen de Kant sobre la relación entre filósofos y reyes. El autor de Hacia la paz perpetua entiende que hacer gobernar a los filósofos no sería muy atinado, porque su papel sería más bien el de asesorar al gobernante desde la crítica, sin caer en la tentación de conquistar el poder para ejércelo directamente.

Los enigmas de Iván Redondo