viernes. 12.04.2024

En su célebre cuadro La Libertad guiando al pueblo Delacroix inmortalizó al simbólico personaje de Marianne como una mujer con los pechos al aire y en el fragor de la batalla revolucionaria. El gesto de Amaral descubriendo su busto para cantar un tema titulado Revolución evoca ese icono que puebla nuestro imaginario colectivo, asociándolo con valores tan indeclinables como libertad e igualdad, por no hablar de la solidaridad. Parece mentira que necesitemos recordar cosas tan obvias, pero es necesario hacerlo en una época tan reaccionaria como la que nos está tocando vivir. 

Quienes nacimos en el ocaso de una dictadura que se fue suavizando para dejar las cosas bien atadas, como se dijo entonces, tenemos una idea muy clara de lo que significa la censura. Los libros no podían imprimirse sin el visto bueno de la censura y el beneplácito del terrenal poder eclesiástico. Esto sucedía también con el cine. Cualquier escena que se consideraba subidita de tono no era proyectada, tal como se cuenta en Cinema Paradiso. Se cambiaba la trama de los guiones hasta hacerla incomprensible o incluso desconcertante (recordemos Mogambo). Lo bueno es que los guionistas aguzaban el ingenio y daban lugar a realizaciones tan inolvidables como Placido y El verdugo.

Delacroix inmortalizó al simbólico personaje de Marianne como una mujer con los pechos al aire y en el fragor de la batalla revolucionaria

El fenómeno del destape hizo que revistas como Interview publicaran desnudos a lo Play Boy para ganar cuota de mercado. Grandes actores como Alfredo Landa o José Luis López Vázquez protagonizaron películas donde se afanaban por ver a féminas ligeras de ropa. Se hacían peregrinaciones al otro lado de la frontera para ver películas como El ultimo tango en París y nadie se perdía Emmanuelle. Un cuerpo desnudo era sinónimo de disponibilidad sexual y el nacionalcatolicismo imponía una rigurosa vestimenta que no dejara traslucir las formas femeninas para no provocar al macho ibérico.

Con todo, al turismo no se le podía imponer semejante impostura y todo se relajaba en aras de no espantar al visitante. Ava Gardner podía llevar una vida de francachelas al ser actriz y extranjera. Sus excesos eran tratados como el contrapunto de la virginal doncella ibérica, que debía preservar su virtud y mantener noviazgos eternos hasta ser desposada con todas las bendiciones divinas. La gente de dinero no podía divorciarse, pero a cambio lograban anular sus matrimonios como si no hubieran existido gracias a los milagros del derecho canónico. El marido podía matar impunemente a “su” mujer si la encontraba con algún amante.

La mujer debía ser el reposo del guerrero y quedarse con la pata quebrada en casa, teniendo como única profesión sus labores para poder atender a una prole cuanto más extensa mejor, puesto que había premios a una copiosa natalidad. También cabía ser amante del jefe o dedicarte a la prostitución. El placer sexual del varón iba de suyo, pero a la recíproca las mujeres alegres eran sinónimo de perdición y mala vida. Esta estructura se aseguraba mediante la dependencia económica, dado que no se contemplaba la incorporación de las mujeres al mundo laboral o al manejo de su patrimonio. Casarse con Dios haciéndose monja era otra salida muy bien vista socialmente.

Se diría que hay quien echa de menos este paternalismo y la intolerancia del integrismo va ganando terreno. Hasta Iván Espinosa de los Monteros encuentra exagerado este repunte del espíritu más ranciamente reaccionario. Prohibir la representación de Orlando y censurar por lo tanto a Virginia Wolff dista de ser una simple anécdota. La violencia machista se diluye, como si ni fuera fruto de una mentalidad patológica muy determinada que padecen ciertos varones acomplejados por no verse considerados dueños y señores de quienes alguna vez les trataron con un cariño inmerecido.

El simbólico y eficaz gesto de Amaral evocando a la Marianne pintada por Delacroix nos alerta del atropello que pueden sufrir nuestras libertades

Estos censores tan viriles tampoco soportan las interrupciones del embarazo, aunque les de bastante igual cuál pueda ser la suerte del condenado a nacer bajo cualesquiera circunstancias. Ni tampoco están dispuestos a permitir que la gente decida poner término a una vida de irreversible sufrimiento. Nadie les obliga ciertamente a divorciarse, abortar o elegir la eutanasia, pero no están dispuestos a consentir que nadie lo haga, mientras llevan ante los tribunales a quien ofenden su sensibilidad religiosa, como si esto no fuera un asunto privado ajeno a la esfera pública.

Quizá debamos agradecerles tal exceso de celo. Dábamos por supuestas muchas cosas que nos pueden ser arrebatadas en un instante y por eso conviene reivindicar cada día. Una ola de pensamiento reaccionario e integrista puede llevarse por delante derechos arduamente conquistados a lo largo de medio siglo y conviene protegerlos con los rompeolas más adecuados. No se puede llamar trabajo a lo que dista de merecer ese nombre por su precariedad e irrisoria remuneración. Privatizar abierta o encubiertamente lo público resta oportunidades y bienestar a los colectivos más desfavorecidos. Cosificar el cuerpo femenino al verlo desde una mirada lujuriosa como una provocación sexual equivale a deshumanizarnos, tal como relata Mira a esa chica. Considerarse superior siempre delata un complejo de inferioridad y es un problema de salud mental con graves repercusiones políticas cuando quienes padecen ese síndrome cobran mando en plaza, tal como está sucediendo en algunos gobiernos autonómicos.

El simbólico y eficaz gesto de Amaral evocando a la Marianne pintada por Delacroix nos alerta del atropello que pueden sufrir nuestras libertades. La cultura no debiera quedar secuestrada por quienes tienen una cosmovisión tan restrictiva e intolerante. Resulta complejo poner de acuerdo a muchas voces con tonalidades tan diferentes y no será fácil hacerlo. Sin embargo, cuesta entender que se ponga en duda el intentarlo para dar paso a una voz monocorde y hostil al diálogo que se propone tutelar a la ciudadanía con un trasnochado paternalismo, como el descrito por Antonio Machado en El mañana efímero: Esa España inferior que ora y bosteza, / vieja y tahúr, zaragatera y triste; / aún tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones / y de sagradas formas y maneras.

Amaral, Marianne y la Revolución