Nuevatribuna

Como votantes tenemos la opción de elegir entre políticos responsables o irresponsables

Es imprescindible que tanto el independentismo como los partidarios del 155 a perpetuidad den por finalizada la política heroica. De lo contrario el problema se agravará más

Es comprensible el hartazgo sobre el problema de Cataluña, pero mientras persista en toda su intensidad condiciona el resto de la política española. Nos guste o no. ¿Por qué se repitieron las elecciones el 26-J? No sé si la sociedad española es consciente de la trascendencia de este problema. Por todos aquellos que todavía no son conscientes, me parecen muy oportunas las palabras de Juan José López-Burniol que las ha repetido muchas veces: “Dentro de poco tiempo nos daremos todos de bruces con la necesidad perentoria de afrontar de una vez este grave problema político, que para Catalunya se manifiesta en términos de fractura social, erosión económica y pérdida de oportunidades de futuro, mientras que para España supone un fuerte desgaste institucional y una correlativa pérdida de imagen y peso internacionales. Porque está claro: Catalunya carece de fuerza y apoyos bastantes para una efectiva declaración de independencia unilateral, pero le sobra dimensión para desestabilizar a toda España”.

Y ahora ha sido la referencia a un posible relator sobre todo, lo que ha puesto fin al Gobierno de Pedro Sánchez que ha intentado con gran esfuerzo la solución de este problema, y que ha contado con la colaboración de Podemos y su líder Pablo Iglesias. Relator es un simple eufemismo, para evitar el nombre de mediador, que produce auténtico «pavor» a la derecha, aunque también a algunos barones del PSOE. ¡Vaya ejemplo de deslealtad! Un mediador es una persona de prestigio, aceptada por ambas partes en un conflicto y con capacidad para el diálogo, para facilitar una conversación que hoy parece imposible.

Hay un artículo en Noticias de Gipuzkua del 24 de febrero titulado El mediador estaba en Navarra. Era el catedrático de Filosofía Política y Social Daniel Innenarity. Para Podemos y el PSOE, así como en sectores soberanistas de Cataluña era la persona idónea. No es algo nuevo ni desconocido. En diciembre pasado Innerarity fue invitado a la cárcel de Lledoners por Junqueras y Romeva, con quienes mantuvo una larga conversación acerca del conflicto catalán, encuentro que los presos dieron a conocer en las redes y calificaron como muy fructífero.

Innerarity organizó en noviembre pasado un encuentro discreto en el Instituto Europeo de Florencia (donde es profesor visitante) sobre el futuro de Cataluña, en el que reunió a intelectuales de diverso signo y a algunos políticos, donde se pudo constatar la dificultad de encontrar un acuerdo y la necesidad de subir el nivel de la discusión alejándose de la trepidante actualidad mediática y el cortoplacismo de los agentes políticos. En aquel seminario, se acreditó como un mediador conocedor de la problemática y reconocido por todas las partes. No era sorprendente ni novedoso que a la hora de pensar en esta tarea de mediación las miradas se hayan dirigido hacia el mundo del nacionalismo vasco. Como lo ha hecho Urkullu. Algo que debería ser reconocido por la sociedad española. Todo su trabajo de mediación quedará para la historia en  tres copias con más de 300 documentos probatorios y anotaciones personales suyas, que han sido depositadas en los archivos de la Fundación Sabino Arana, del PNV; en el Archivo Histórico de Euskadi, en Bilbao, y en el Arxiu Tarradellas del monasterio de Poblet.

Que Innenarity era la persona ideal podemos constatarlo en su visión sobre el problema de Cataluña, reflejada en su artículo: ¿Qué hacemos con las naciones? Lo he leído varias veces y lo he reflexionado en profundidad. Expondré sus ideas fundamentales, con las que me identifico plenamente. Y lo hago porque muestra una salida razonable a este interminable túnel.

Los conflictos se hacen irresolubles si se definen de manera tosca y simplificada; si los problemas políticos se reducen a cuestiones de legalidad u orden público, cuando aparece una idea de legalidad que invita a la intervención judicial, si se enfrenta un «nosotros» contra «ellos», todo está perdido. 

Admitiendo que no tiene la solución al problema territorial de España, reconoce como inevitable un punto de partida; eso de las naciones es un auténtico dilema y que no tiene solución lógica sino pragmática; es decir, una síntesis pactada para favorecer la convivencia, ya que si la alternativa es imponerse el uno al otro, el conflicto sigue. La única salida democrática es el pacto. Aceptada esta posibilidad nos salimos del esquema que ha sido dominante y que aspiraba a la victoria de unos sobre otros. Al insistir en el acuerdo frente a la victoria de unos sobre otros, modificamos radicalmente el campo de batalla. Porque entonces la confrontación ya no es el de unos nacionalistas contra otros, sino el de quienes quieren soluciones pactadas frente a quienes prefieren la imposición. Cambiemos la orientación y modificaremos los términos del problema: ahora se trataría de elegir no entre una nación u otra sino entre el encuentro y la confrontación, que de ambas hay partidarios en uno y otro bando. Desde esta perspectiva ya no encontraremos a la gente polarizada en torno a sus identidades sino preocupada por la convivencia entre quienes tampoco quieren renunciar a las diferencias. Las naciones son una realidad persistente. Tan absurdo es ignorarlas, como jugarse la convivencia a una exigua mayoría o a una imposición. Cuando en un mismo territorio conviven sentimientos de identificación nacional distintos, el problema no es el de quién conseguirá al final la mayoría, sino como garantizar la convivencia, para lo cual el criterio mayoritario es poco útil. Y esto requiere el pacto, aunque parezca improbable. Admite que para una futura solución haya un cauce para una hipotética secesión, pero en la situación prácticamente de empate en cuanto a los sentimientos de identificación nacional, sería preferible pactar algo que pueda concitar mayor adhesión. Hoy hay quienes afirman que esto no es posible, aunque tampoco ofrecen nada alternativo con mayores condiciones de posibilidad. Son aquellos que prefieren la victoria e incluso la derrota, siempre mejores que un acuerdo, que no deja satisfecho plenamente a nadie. Conviene pactar cuando de lo que se trata es de las condiciones que afectan a cuestiones básicas de nuestra convivencia política-en las que confiarlo todo a la ley de la mayoría equivale a una forma de imposición- y cuando los números  de quienes defienden una u otra posición no son ni abrumadores ni despreciables. En estos casos, contentarse con una victoria cuando se podría alcanzar un pacto demuestra muy poca ambición política.

Desde el ámbito de la economía, aunque aquí no habla como economista sino como político, es muy interesante la opinión de Antón Costas en el artículo El final de la política heroica, donde se pregunta: "¿Las elecciones del 28-A serán un punto de inflexión que necesita la política catalana para acabar con la política heroica del independentismo y de los partidos estatales favorables del estado de excepción a perpetuidad de la autonomía catalana? Será difícil, porque en ambos lados hay mucha belicosidad". Costas recurre a la distinción de Weber entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Son dos conductas bajo las cuales los políticos pueden actuar. En la primera, el fundamento esencial son los principios y valores; y la segunda obliga a considerar las consecuencias previsibles de cada acción. Entre las consecuencias de la ética de la convicción, de esa política heroica, están tanto “los efectos no buscados pero realizados como “los efectos buscados pero no realizados”. Los primeros, se manifiestan en la división de la sociedad catalana en dos bandos irreconciliables. Los segundos, en las esperanzas no realizadas de la declaración unilateral de independencia, que persisten a pesar de su fracaso. En la política española y catalana ha habido mucha ética de la convicción, mucha política heroica, y muy poca ética de la responsabilidad. Es imprescindible que tanto el independentismo como los partidarios del 155 a perpetuidad den por finalizada la política heroica. De lo contrario el problema se agravará más.

Como votantes tenemos la opción de elegir entre políticos responsables o irresponsables. O lo que es lo mismo, que acabe la política heroica, que tanto quebranto está generando en Cataluña y en el resto de España. Daño que requerirá mucho tiempo para corregirse. Lo grave es que quien trata de hacerlo responsablemente, es acusado de traidor.

La actuación política de Pedro Sánchez sobre el problema de Cataluña ha sido plenamente coherente con sus planteamientos expresados ya en su discurso como candidato a la Presidencia de Gobierno el 21 de junio de 2015. Reflejaré aquella parte relacionada con el tema que nos ocupa. Es de profundo calado político y de profundo sentido de estado.  Deberían leerlo los Casado y Rivera. Ahí va:

“Los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad no pueden reducirse a una cuestión moral, aunque sin ética no hay convivencia. Pero nuestros problemas son políticos y tienen que abordarse políticamente. Y si la política es diálogo, la política democrática es un diálogo reforzado. Diálogo es lo que ha faltado durante estos años en uno de los temas que más deberían ocuparnos, como es el de las relaciones entre el Gobierno central y el de Cataluña. No es aceptable que dos gobiernos democráticos hayan vivido durante casi cuatro años de espaldas uno de otro, calculando los réditos del conflicto, sin comprender la ruina colectiva a la que nos llevan sus cálculos. Nos une una historia que hemos hecho juntos durante siglos; nos unen las biografías, mestizas, mezcladas; nos une la vida, esa vida que compartimos con familiares, con amigos, con socios, con compañeros. Nos separa la miope ambición de unas élites que medran con el conflicto…Construiremos una España federal en la que cada cual pueda ser español y catalán, o valenciano, o andaluz, o vasco o madrileño, en el orden que desee… Si algo hay claro en el panorama político en el que nos encontramos, es que estamos obligados al diálogo. Ya no sólo como un imperativo moral, sino como una necesidad funcional. Esa es la realidad política de la España actual. .. Y el diálogo y el acuerdo exigen el reconocimiento de la dignidad moral del adversario, exigen el respeto al otro, exigen escuchar al otro. Exigen arriesgarse a un diálogo del que ninguno saldrá igual que cuando lo inició. Un diálogo, cuando es de verdad, exige asumir el riesgo de ser convencido. Son necesarias nuevas formas de valentía en nuestra sociedad, formas de valentía que requieren más inteligencia que la que es necesaria para declarar inelegible moralmente al contrario, que la inteligencia necesaria para destruir moralmente a nuestro adversario cuando no somos capaces de combatir sus ideas”.