martes. 05.03.2024

Pasaron las jornadas en Madrid de presentación de los Verdes Europeos, hace cuatro meses, y aún el Partido Verde Europeo no ha realizado ningún esfuerzo para llegar con su mensaje a los ciudadanos españoles. Por el momento que vivimos, con el ascenso de la ultraderecha y el desconcierto de los pacifistas ante la multiplicación de guerras en Europa y el cercano oriente mediterráneo, no podemos permitir que nos separen los prejuicios e incomprensiones entre los europeos del Sur y del Norte, que impiden a los Verdes Europeos comprender las claves de la movilización social en nuestro país, en tanto que parte de la Unión Europa, y cercanas las elecciones a su parlamento

  1. La aporofobia calvinista contamina las fuerzas progresistas de Europa
  2. La descarbonización es incompatible con la desigualdad social

Como ejemplo, tenemos a Austria, un país con un sólido estado de bienestar, gobernado mayoritariamente por la izquierda desde la ocupación aliada posterior a la II Guerra Mundial, y con un consistente movimiento eco pacifista, que es una fuerza relevante entre los Verdes europeos. El país ha pasado por periodos de fuerte presencia verde en sus instituciones ejecutivas, un potente estado del bienestar y, sin embargo, es un paraíso fiscal en el centro de Europa. Nos deja perplejos que sea en lo interior un país modélico –aunque, pocos años ha, hizo sonar las alertas europeas de derechos humanos por el ascenso de la xenofobia neonazi– Pero una parte sustancial de su población trabaja en una banca que se lucra de la evasión fiscal y la corrupción en otros países del continente, sirviendo de refugio a los especuladores y defraudadores fiscales. Un hecho enormemente desmoralizador para los ciudadanos del sur, que estamos luchando contra la desmantelación de nuestros pobres estados del bienestar (nada que ver con el austriaco) y, además, es un atentado contra la ciudadanía europea emergente. 

Hace diez años, Europa, donde la cultura verde impregnaba sus sociedades más avanzadas, era el jugador central de la economía mundial

La aporofobia calvinista contamina las fuerzas progresistas de Europa

Creo que los Verdes aún no acaban de percibir el enorme giro en las relaciones mundiales de fuerzas que ha supuesto la crisis desencadenada a raíz de la quiebra de Lehman Brothers. Hace diez años, Europa, donde la cultura verdeimpregnaba sus sociedades más avanzadas, era el jugador central de la economía mundial, no solo por ser la primera potencia comercial, sino porque chinos, surafricanos, brasileños y otros, incluida Rusia, necesitaban balancear el enorme poder USA. Ese tablero hizo posible la ratificación del protocolo de Tokio en Paris, y la lucha contra el efecto invernadero pareció involucrar incluso a los países más reticentes, como USA y China. 

Sin embargo, hace tres años, cuando la esperanza vino tras el COVID, porque había puesto en cuarentena las políticas de recortes que tanto daño hicieron en la década anterior. También nos enteramos de que los gobiernos europeos prefirieron dejar caducar sus vacunas a compartirlas con el Sur Global. Tenemos unos líderes que denuncian la ocupación del este de Ucrania, pero no alcanzan a condenar la de Palestina, donde además un genocidio amenaza la población ocupada. Somos un continente sometido a los dictados de un protectorado militar que dicta nuestro crecimiento territorial, por el simple hecho de que nuestros dirigentes no quieren asumir el liderazgo. La mezquindad de Europa fortalece la ultraderecha en la vigilia de las urnas electorales europeas y, en 2024, también retornan los recortes fiscales.

La descarbonización es incompatible con la desigualdad social

La cabezonería germana en defender la austeridad, la pulsión nacionalista de sus dirigentes destruye el poder blando de Europa, incluidos los líderes del Partido Verde alemán y de los países que les apoyan. Falta de cohesión y con el futuro puesto en duda un día si y otro también, la Unión Europea ha dejado de ser atractiva para el mundo emergente, que mira con displicencia a los arrogantes y viejos países, incapaces de ponerse de acuerdo y poner propuestas sobre la mesa. En esas circunstancias, las dos contribuciones europeas a la contemporaneidad: el Estado del bienestar democrático y el ecologismo político, pierden interés para los países emergentes, no porque no sean interesantes, sino porque no hay liderazgo tras la propuesta. 

Para restaurar el posicionamiento de Europa en el mundo es necesario recomponer la solidaridad interna del continente, respetando todos los puntos de vista, pero sobre todo las reglas limpias de juego con las que construir un Bien Común europeo

a) Los españoles, y todos los ciudadanos del sur debemos aprender que las haciendas deben cobrar los impuestos, las empresas cumplir los contratos, todos pagar las deudas y valorar más el trabajo y el conocimiento, y prevenir el pelotazo y las burbujas, respetando las reglas de transparencia financiera. 

b) Los países del norte deben aceptar que solo podemos salir del pozo de la deuda si ellos ceban un poco su inflación, y su consumo tira de la producción del sur, creando empleo y ahorro para recapitalizar nuestras empresas, cambiar nuestro modelo productivo y poder reducir nuestra deuda, sin destruir la sociedad.

c) Para que haya inflación en el norte, y para que se la pueda controlar, el BCE debe cambiar sus estatutos y admitir ponerlos al servicio de las políticas de empleo de la Unión Europea.

d) Pero de nada servirá nuestro esfuerzo si Austria y Luxemburgo (por no hablar de la City de Londres) acogen y protegen a los defraudadores españoles, e Irlanda practica el dumping fiscal para competir con deslealtad por el ahorro y las inversiones.

e) Lo último nos confronta con el déficit de gobierno europeo, y la necesidad de armonización fiscal mediante una Hacienda común de la Unión, y un gobierno de la Comisión, por encima del Consejo y responsable ante el Parlamento. 

Sin Europa, los ciudadanos de España, Portugal, Grecia, Italia y, posiblemente Francia, pueden caer en una indignación impotente, y ya sabemos lo peligrosas que son esas situaciones

Si nuestros partenaires verdes de Europa del norte creen que pueden impulsar la lucha ecologista desde sus pequeños paraísos desarrollados, incluso con Alemania, sin contar con la potencia que les ha conferido, hasta ahora, la Unión Europea, no tardarán mucho en darse cuenta del giro tan enorme que ha dado el tablero político mundial. 

Si, por el contrario, comprenden lo que está pasando, y que solo el peso de una Europa política unida puede balancear las cosas, y llevar a otras sociedades a la mesa negociadora sobre los peligros que supone la economía del carbono y subordinada a las finanzas, y los conflictos que desata para la geopolítica global; los Verdes encontrarán un amplio apoyo en el sur de Europa, donde la crisis está llevando las conciencias a plantearse muchas preguntas y una rápida evolución, que lo mismo puede conducir a la inacción suicida o a la unidad progresista, según sean las expectativas reales de cambio. Las sociedades maduras no reaccionan si la perspectiva no está definida. 

Sin Europa, los ciudadanos de España, Portugal, Grecia, Italia y, posiblemente Francia, pueden caer en una indignación impotente, y ya sabemos lo peligrosas que son esas situaciones. Tenemos la democracia cómo escenario y, en 2024, las elecciones europeas. Las cosas en nuestro continente están más maduras de lo que muchos piensan, y esas elecciones pueden significar un vuelco en el parlamento europeo, y fortalecer las instituciones, aún no democráticas, de la gobernanza en Europa. Pero tal cosa no ocurrirá, abriendo el camino a los neonazis, si los Verdes del norte no suman sus fuerzas al resto de las fuerzas progresistas, y buscamos entre todos la unidad de las izquierdas.

 

2024, aviso para Verdes, recordatorio para navegantes