sábado. 25.05.2024

Dormían en una pequeña casa a veinte minutos en bicicleta de una ermita próxima. Jourri oyó claramente el ulular de una lechuza, lo que lo llevó a encender una vela para ver qué hora era. Las cinco y cuarto. La noche se le hacía interminable. Pronto, en una hora a más tardar, las primeras luces del amanecer darán paso al disfrute tan esperado y que tanto ansiaba. Unos minutos más tarde se levantó, pues no aguantaba más en la cama. Encendió el candil, lo puso en su mesita de noche, se aseó, se vistió, y se dirigió a la pequeña cocina de la casa para hacer café.

Con el ruido también Guillermo se levantó, y después de vestirse y de asearse en el lavabo de su habitación, se dirigió a la cocina, donde el aroma a café que despedía la cafetera inundaba la estancia y reconfortaba.

- No he pegado ojo - Le dijo Jourri a su amigo, después de saludarlo con una mezcla de alegría y sueño al verlo.

- Tampoco yo - Le contestó.

Se tomaron el café sorbiéndolo mientras descolgaban sus respectivas mochilas de los ganchos donde estaban colgados y comprobaban que el pan, el queso, y hasta un poco de tocino, estaban en su sitio.

Además de las dehesas de encinos y alcornoques verían cerdos ibéricos y reses de ganadería brava. También castañares, quejigares, rebollares, y bosques de ribera en los ríos

Guillermo y Jourri, hablaron de la planificación del sendero que iban a seguir en bicicleta de montaña, el sendero 48, que empezaba en Santa Elena, para llegar a Barrancos en Portugal, atravesando cerca de 600 Km de Sierra Morena

Durante el recorrido por sus montes, valles, ríos y dehesas podrían encontrarse con la naturaleza en estado salvaje, esto pensaba y deseaba el danés Jourri.

Además de las dehesas de encinos y alcornoques verían cerdos ibéricos y reses de ganadería brava. También castañares, quejigares, rebollares, y bosques de ribera en los ríos. Uno de los mayores bosques mediterráneos del mundo, pensaba Jourri.

Le ofreció uno a Guillermo al tiempo que le decía que la mañana estaría fría. Bebieron un sorbo y brindaron por el día de senderismo. Después, ambos introdujeron en la mochila un pequeño plato metálico, su navaja de monte, y se lo echaron al hombro.

Guillermo se dirigió a la chimenea, para apagarla totalmente. Antes de salir de casa, y todavía a la luz de la vela, abrieron los mapas del camino. 

- El primer sitio donde podemos ir es hasta el mirador de levante - Le dijo a Jourri, pues Guillermo sabía que el levantamiento del sol era un espectáculo que llenaba de vida y de alegría a su amigo, y además llenaba de colores el horizonte, y se oían los primeros cánticos de numerosas aves.

- Estupendo - Le contestó.

Después, Guillermo dio un soplido al candil y cerraron la puerta. Salieron de la casa, cogieron sus bicicletas de montaña

Empezaron a pedalear siguiendo una vereda paralela a un arroyo sin cauce de agua que discurría paralelo a una linde para tomar una vereda que rodeaba un montículo e iniciar poco a poco el ascenso de un corta fuegos que los llevó ante un mirador natural. 

- ¿Cómo vas, Guillermo? - Le preguntaba a su amigo consciente del esfuerzo que significaba subir el cortafuegos.

- Bien - Le contestó.

Llevaba tiempo esperando esta oportunidad de disfrutar en la naturaleza.

Al llegar a la parte más alta del cortafuegos, el sol ya iluminaba con fuerza parte del horizonte, mientras que los laterales más alejados del astro permanecían de colores entre negro y malva.

Jourri buscó una piedra donde sentarse, observaba como el sol iba dejando atrás a la noche. Sacó un trozo de queso y un poco de pan, y ayudándose con su navaja, se los llevó a la boca, pero sin dejar de mirar a la lejanía donde nacía el espectáculo. Ambos disfrutaban del espectáculo en la complicidad del silencio. No eran necesarias palabras.

Al cabo de un tiempo, Jourri se levantó, y le dijo a Guillermo:

- Continuemos.

Cogieron de nuevo las bicicletas y se dispusieron a seguir su camino, cuando una perdiz alicorta, salió de entre unas matas de jara e inició el vuelo con gran ruido de sus alas enfrente de ellos. Guillermo lo vio, pero ya la pieza había sido cobrada por otro cazador. Un lince al acecho, al oír el aleteo, dio un gran salto, primero hasta las ramas de un olivo, y de ahí un segundo para cazarla al vuelo, pero en vez de atraparla, le dio en el aire un zarpazo en el cuello con una de sus patas delanteras. La perdiz cayó al suelo e intentó levantar de nuevo el vuelo, pero ya estaba malherida. El lince, de nuevo veloz, la cogió con sus fauces y huyo raudo de la escena.

Ver a un lince en acción es una gran recompensa a nuestro esfuerzo por hacer el camino en bicicleta, dijo Guillermo, pues es muy difícil verlos en acción

Se acercaron hasta el lugar y solo encontraron unas plumas en el suelo.

Ambos se miraron con cara de incredulidad por lo que habían visto.

- No me dio tiempo a ver nada, y ya el lince había saltado - Le dijo Jourri a su amigo.

- Por eso es un felino - Le dijo Guillermo.

- De todas formas, ver a un lince en acción es una gran recompensa a nuestro esfuerzo por hacer el camino en bicicleta, dijo Guillermo, pues es muy difícil verlos en acción.

- Solo por observar esta escena ya me voy contento - comentó Jourri. 

En Dinamarca no hay linces

- ¿Era un macho o una hembra?, Le preguntó Jourri.

- Creo que, por el tamaño, era un macho, le contestó Guillermo.

- ¡Que movimientos, que rapidez! - comentó Jourri.

- ¿Es la primera vez que lo ves? - Le preguntó a su amigo Nito.

- Pues sí, nunca había visto un lince cazando, y mucho menos saltando de esa manera tan silenciosa y rápida. ¿Y tú? - Le preguntó, señalando al lugar donde la perdiz fue abatida.

- He visto algunas escenas similares, le contestó Guillermo- , pero de todas formas es un animal muy difícil de ver. Es un felino, con un oído muy fino, y muy silencioso.

Después de unos minutos de silencio, buscaron la vereda que los llevaría por un cordal hasta el próximo collado, donde podrían disfrutar de las vistas tanto hacia el sur como hacía el norte.

- Es como un imán para la vista - dijo Guillermo.

- Así es - Le contestó Jourri.

Siguieron la vereda y después pararon a observar la vista. Guillermo le explicaba que desde la prehistoria han pasado por estas tierras íberos, cartagineses, romanos, árabes, castellanos y centroeuropeos, que dejaron un patrimonio histórico que actualmente se exhibe por muchos municipios de Sierra Morena. 

Caminaron durante un par de horas por un sendero ascendente unas veces y descendente otras, y siguiendo cordales. Cuando llegaron al collado y como consecuencia del esfuerzo realizado, se sentaron en una piedra. Bebieron un poco de agua 

Después contemplaron en silencio el horizonte lejano, donde coincidían sierras y valles coloreados en diferentes verdes debidos a la diversidad de bosques, olivares, chaparrales y encinas. Un océano de nubes blancas se juntaba con las manchas verdes conformando una vista de gran belleza. Se quedaron unos minutos más, extasiados ante la belleza del horizonte.

Guillermo sacó de la mochila un pedazo de pan y un poco de tocino, los cortó, al igual que hacen los pastores, y lo mismo hizo con el queso. Le pasó un trozo a su amigo y les echó otro trozo a los perros, que se lo agradecieron.

Guillermo le comentaba las historias de los bandoleros de Sierra Morena que buscaban guarida en la espesura del monte.

Desde la prehistoria han pasado por estas tierras íberos, cartagineses, romanos, árabes, castellanos y centroeuropeos

Antes de levantarse para retomar el camino, vieron un grupo de palomas torcaces pasar volando cerca de sus cabezas. Las siguieron con la vista.

De repente, Guillermo le dice a Nito: “Mira a tu izquierda y hacia arriba en el cielo. A ver si sabes qué tipo de ave ves.”

- Es un halcón - dijo Jourri.

- Sí - contesto Guillermo.

- ¿A quién crees que va intentar dar caza? - Le preguntó a su amigo.

- Pues quizás a alguna de las torcaces, que como está por encima de ellas, no se han apercibido.

- Mira, ya ha iniciado el descenso.

- Y baja en un picado casi vertical. Se va a cernir sobre alguna de las torcaces, como tú decías - continuó Jourri.

El halcón impactó con un tremendo golpe de su cuerpo sobre la paloma. Esta se desplomó unos metros en caída libre, perdiendo el control del vuelo durante unos segundos, pero volvió a aletear tratando de recuperarse y de huir.

- El halcón volverá a golpear a la paloma y la cogerá en el aire con sus garras - siguió Guillermo.

Y así fue. Después de unos breves segundos, el halcón volvió a impactar con la torcaz, y esta vez, después de una caída de unos metros, la recogió en el aire.

Ambos se quedaron mirando como el halcón iniciaba el vuelo con su presa en sus garras.

- ¡El halcón, un animal hecho para cazar! - continuó Nito.

- Uno de los dueños del aire, junto con el águila real, dijo Guillermo, sorprendido por las exclamaciones de su amigo.

Se quedaron unos minutos observando al halcón alejarse en el cielo y reiniciaron el camino de bajada por un sendero que los llevaría a un roquedo donde podrían disfrutar de una vista diferente de la sierra. Los perros caminaban delante siguiendo el cauce seco de una escorrentía que en invierno, o en casos de tormentas fuertes y prolongadas, podría convertirse en un cauce importante. Se paraban cada poco, miraban hacia los lados y trataban de descubrir entre la vegetación y entre los árboles alguna presa.

Mientras bajaban por un camino de pastores, un zorro, se cruzó raudo huyendo a su paso. 

En ese momento, un conejo, y casi debajo de las piernas de Guillermo y detrás de un chaparro, salió huyendo de los perros y en dirección contraria. Jourri, con rapidez, apuntó saco su cámara de fotos pero el conejo consiguió escapar, aunque quedó un poco manco de una mano. El que no erró fue el zorro, que atento a la escena dio un salto desde un chaparro, y desapareció con su presa.

Jourri y Guillermo, al ver al zorro escapar con el conejo comenzaron a reírse.

- ¡Que zorro! - dijo Guillermo.

- ¡Mucho! Un gran cazador - Le contesto Jourri.

- Nueva escena de caza - dijo Guillermo- , sonriéndose de la pericia y de la astucia del raposo, que supo esperar su oportunidad.

- Había estado al acecho del conejo, y no estaba dispuesto a renunciar a su comida, por eso pudo prever su fuga. Se situó de nuevo en la escena para llevárselo - volvió a comentar Guillermo.

- Ambos se rieron con complicidad.

Los perros caminaban delante siguiendo el cauce seco de una escorrentía que en invierno, o en casos de tormentas fuertes y prolongadas, podría convertirse en un cauce importante

Cuando llegaron al roquedo, y después de observar unos minutos el horizonte, Guillermo le dijo a su amigo: “El sol está ya alto, ¿Qué te parece si buscamos un sitio para asar el conejo y la perdiz que hemos traído de casa?”.

- Me parece muy bien, dijo Jourri.

Encontraron una zona protegida del viento por las ramas de un grupo de árboles, por unas matas, por un peñón y unas rocas, y que terminaba en un cortado, desde donde se divisaba otra parte de la sierra. Recogieron madera seca de los alrededores, y con una cerilla y ayudándose de yesca, encendieron un fuego. Lo hicieron crecer primero soplando, y después con la ayuda de algunas ramas moviéndolas con rapidez, a modo de abanico.

- Dale la vuelta, para que se haga por la espalda y pon la perdiz más cerca del fuego para que se vaya haciendo - Le dijo Guillermo a su amigo.

Cuando estuvieron hechas, cortó las dos patas traseras del conejo y dejó el restó asándose. Les añadió sal, y le pasó a Guillermo una de ellas. Sentados sobre dos piedras, comenzaron a comer en silencio con la vista puesta en el fuego, acompañando la carne con el pan y abundante agua.

Con la sensación de disfrutar de una comida, y de la compañía de su amigo en el entorno de una naturaleza que tanto los atraía, la alegría de ambos era grande. Permanecían en silencio, pues no eran necesarias las palabras.

Jourri se acercó al fuego para comprobar el estado de la carne. Sacó el conejo del palo donde estaba insertado y colocó la perdiz para que se fuera haciendo más rápido.

Cuando la perdiz estuvo hecha, le dio una pata y durmieron una breve siesta.

Después de echar tierra a los rescoldos del fuego y de haber colocado unas piedras en el centro que impidiesen que este pudiera propagarse, introdujeron sus pertenencias en la mochila. 

El águila real se abatió sobre el zorro, pero este se tiró al suelo sobre su espalda, mostrándole sus patas, y sus fauces

Subiendo cerca de una ladera de poca inclinación llena de piedras y de matas pequeñas, saltó una liebre. Lo mismo hizo Guillermo, con la cámara de fotos, pero tampoco pudo fotografiarla, mientras la liebre ascendía por la ladera, un águila perdicera la seguía. Jourri y Guillermo observaban la escena. Cuando ya parecía que la liebre alcanzaría la parte alta de la ladera, y que a base de zigzags, se libraría del ave y se metería en su madriguera, esta de una forma limpia, aunque inesperada para la liebre, se abatió sobre ella, la cogió con sus garras y levantó el vuelo.

- Vaya escena de caza hemos visto - dijo Jourri feliz.

- Ha sido emocionante. - comentó Guillermo.

- Yo también. Un cazador excepcional - dijo Jourri, el águila.

Cuando se disponían a iniciar el tramo final de regreso hacia la casa donde pernoctarían, pensando en las escenas de caza que habían visto y que el día ya se había acabado para ellos, contemplaron una nueva escena.

- Mira hacía el collado - Le dijo Jourri a Guillermo.

Guillermo después de dirigir su vista, le dijo:

- Es un águila real. Y está tratando de cazar a un zorro.

El águila real se abatió sobre el zorro, pero este se tiró al suelo sobre su espalda, mostrándole sus patas, y sus fauces. Cuando el águila intentó con sus garras hacer huella en su cuerpo, el zorro haciendo gala de gran ferocidad, le lanzó sus patas traseras y delanteras sobre su cuello y sus alas, hiriéndola y dejándola sin poder volar, sin velocidad y por tanto sin capacidad de movimiento.

- El zorro, en su terreno, reaccionó rápido y huyó sin que el águila pudiera hacer nada - expresó Jourri, lleno de emoción.

Ambos se miraron, y en silencio iniciaron de nuevo el camino, donde el sol de poniente con los colores del atardecer difuminados entre naranjas y negros, perfilaban con su débil luz y contra la noche, algunas montañas y valles de la Sierra Morena.

- De todas las escenas de caza que hemos visto, es difícil decidir cuál fue la mejor, pero ¿Con qué cazador te quedarías? - preguntó Guillermo.

Ambos se miraron a la cara y exclamaron:

- ¡Ha sido un gran espectáculo!

¡Los cazadores de la Sierra Morena!

Los cazadores de la Sierra Morena