sábado. 20.04.2024
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Francisco Molina Martínez | La ciudad de Zamora es como un largo lagarto que reposa paralelo al río Duero, de manera tal que aunque sus calles no están numeradas como en Nueva York aquí tampoco puedes perderte.

Vista parcial de la Plaza de la Marina. En lo que sigue tras cada fotografía viene la descripción de la plaza correspondiente, de manera tal que no ha lugar a equívocos. Resultando eso sí, que por la magnitud de ellas, todas vienen a ser vistas parciales.

Al entrar en ella se desemboca en la primera de sus llamativas plazas, llamada de La Marina. En realidad un hibrido de parque y plaza con parking subterráneo. Lugar ideal para dejar el coche y estrenar la ciudad. Además en la parte de arriba, en la plaza propiamente dicha, suele haber cantidad de eventos de esos que tanto gustan: desde la feria de la cerveza a la del libro antiguo, pasando por todo lo imaginable.

Enclave donde si se deja el coche, al salir a la superficie, se ven locales para desayunar, reponerse del viaje e incluso la clásica oficina de turismo.

Si esta es la cola del lagarto, basta con adentrase por la calle comercial y peatonal de Santa Clara para sin torcer, ni a derecha, ni a izquierda, llegar con paciencia a la cabeza del mismo, a la Catedral con su cimborrio.

Pero vayamos despacio, que hemos venido en viaje de placer. 

Antes de entrar en la arteria principal de la ciudad, una singular farola, obra del escultor de la tierra Señor Coomonte, nos recuerda otra que estuvo en medio de la calzada cuando apenas había coches, y donde quedaban las gentes como punto de encuentro.

Nada más adentrarnos por Santa Clara, y aunque hoy no toca, vemos el callejón que lleva a los célebres pinchos morunos (“2 que sí 1 que no”, según sean picantes o descafeinados). 

Seguimos y enseguida desembocamos en la Plaza de Hacienda, enjambre de niños y niñas invadiéndola en horas no lectivas, felices porque les protegen sus padres, y también les protege la citada institución, que recauda para que no les falte de nada el día de mañana.

Si la plaza de Hacienda está a la derecha la siguiente, a la izquierda, y casi sin separación, es la de Fernández Duro agujero negro de la ciudad pues en ella está Zara, lugar que traga transeuntas por quítame allá ese modelito.

Antes de abandonar esta plaza habría que meditar por qué tenemos una dedicada a la Marina y ésta a un marino, cuando aquí, como en Madrid, tampoco hay playa. Tal vez sea porque Zamora es tierra de contrastes.

Seguimos y enseguida está la Plaza de la Constitución, más conocida como la de la Subdelegación. En esta plaza, que encima tiene un templo románico coqueto y bello, encontramos los tres poderes del Estado: Iglesia, Banca y Gobierno.

En ella, tal vez por ello, se concentran todas las manifestaciones de protesta, amén de un mercado de productos ecológicos los sábados.

Pero sigamos, y toparemos con un rincón de singular belleza, donde lo más sorprendente no es que el monumento a la madre se encuentre en la Plaza Zorrilla, y si el modernismo del antiguo Casino compitiendo con el arte del Palacio de los Momos, hoy de Justicia, y una bella maternidad de Baltasar Lobo en pleno jardín.

A la izquierda y un poco a traspiés, otra plaza de bullicio y niños. La plaza del Maestro Haedo (antes de San Gil).

Esta, por estar bastante bien cercada de edificios, ofrece un ambiente protector, y, o bien por eso o por las terrazas que circundan el parque infantil, hace que si éste es un hervidero de niños, la plaza sea un hervidero de adultos que se solazan de ver jugar a su criaturas y disfrutar a sus paladares.

Volviendo al eje que seguíamos, la célebre calle de Santa Clara, y casi de sopetón, al salir de la que acabamos de comentar, está la Plaza Sagasta

Esta plaza, plena de edificios modernistas y un Adán, recién expulsado del paraíso y abrumado porque había inaugurado el Pecado Original, es actualmente el epicentro comercial de la ciudad y lugar de encuentro de las guías turísticas con sus clientes.

La citada plaza tiene forma de embudo, y tal como vamos caminando su parte estrecha está al final. Pues bien, ahí, hacia la izquierda, la calle Viriato es toda ella un cúmulo de confortables terrazas; mientras que hacia la derecha, de una forma casi inverosímil por su estrechez, está la calle Quebrantahuesos, calle que desemboca en otra de las célebres plazas zamoranas, la Plaza del Fresco.

Plaza esta fundamental para la movida zamorana, que encuentra en ella desde el Célebre Gran Café Jalisco, para tomar una copa con música de todos los tiempos, hasta una bocatería para reponer fuerzas los reyes de la noche, amén de otros locales de encuentro.

Y ahora, tras regresar a la arteria principal, damos 100 pasos y entramos en la Plaza Mayor por uno de sus vértices. Esta plaza basa su atractivo en que es un sin sentido.

Con forma rectangular dislocada, presenta en sus lados más cortos, uno frente al otro, al Ayuntamiento Viejo y al Nuevo y actual. Mientras que al tiempo, sus 2 lados más largos se dan de bofetadas pues en uno hay una hilera de soportales, al más puro estilo castellano, y en el otro, para pasmo del personal, una iglesia gigantesca que algunos confunden con la Catedral, y que ni siquiera está colocada en simetría con el resto de la plaza.

Pero la Divina Providencia y el gremio hostelero han plagado esta plaza de mesas y sillas para tomar todo tipo de manjares y menús. 

Esta plaza comunica, en su fondo, con la mencionada antes como Plaza del Fresco, la que habíamos bautizado como centro de la movida, pero que ahora nos exige ser más rigurosos. En la Plaza del Fresco, por tradición o poder adquisitivo, la selección natural hace que sus moradores nocturnos sean gente de más edad.

¿De más edad que quién? Que los de la movida juvenil. Movida que desde siempre se concentró en la llamada Calle de los Herreros, que como ustedes vendrán por acá, les indico que es la callejuela que sale de la Plaza Mayor y que está enfrente del Merlú. 

El Merlú es una escultura de 2 cofrades, con trompetín y tambor, situada a los pies de la Iglesia que profana lo que debería ser una plaza típica de la meseta castellana. 

Por cierto, la Semana Santa de Zamora ya saben que es la mejor del mundo, ¿no? Pero hoy no es el tema, ni el momento de hablar de ella.

El caso es que en la plaza Mayor, donde nos encontramos, ya acabó la peatonal y comercial Calle de Santa Clara, esa que nos servía de eje en nuestro viaje a pie, paseando y disfrutando.

¿Cómo no perdernos entonces? Pues siguiendo la dirección que nos marcaba la citada calle. Y así en línea recta hasta el fin de la ciudad.

De esta manera llegamos a la Plaza de Viriato, con un curioso arbolado, más el Parador Nacional y un lugar ideal para noches de jazz en verano o mercado de antigüedades los domingos. Por cierto, en ella luce una escultura de nuestro idolatrado Viriato, del mismo autor que el Adán arrepentido de su pecado que ya vimos. Eduardo Barrón.

Tras pasar esta plaza, nos introducimos en el casco artístico, que no describimos pues estamos a plazas y no a setas, lo que nos lleva a la triangular Plazuela de San Ildefonso, sin otra peculiaridad que pasando por el arco que tiene a su izquierda, se desemboca en la entrada principal del citado templo, y en la Plaza de Fray Diego de Deza.

11_PlazaFrayDiegoDeza

Esta es el rincón ideal para hacer unos ejercicios ¡¡¡espirituales!!! Acción que puede tener como premio que veas pasar una de las abundantes bodas que se celebran en el templo adyacente. Lo cual es un aliciente nada despreciable a tenor del esfuerzo inversor que para multiplicar su elegancia intrínseca hacen las invitadas de todas ellas, convirtiendo los singulares espacios de piedra de Zamora en espectaculares pasarelas del encanto de ellas. 

Por cierto, hay que decir que Zamora es un lugar ideal para casarse aunque no se sea de aquí, porque se ahorra dinero y a la vez se introduce calidad de arte y vida en el evento. ¿No ensayan hoy en día hasta coreos bailables los felices novios? Pues ¿porqué no venir a “consumar tanto amor” al mejor escenario posible?

Y por fin desembocamos en la Plaza de la Catedral, la del cimborrio gallonado majestuoso.

Esta plaza, que a su vez da a la plaza de armas que en su día fue el castillo, a parte de su valor artístico, reúne la peculiaridad de que, por no tener otros vecinos que los espíritus puros que en ella puedan habitar, se ha convertido en centro de espectáculos culturales de todo tipo en verano: cine al aire libre, bailes folclóricos, conciertos de bandas y de leyendas, obras teatrales. Todo ello en lo que un buen escritor describiría como “un marco incomparable”.

Los eventos son tan de todo tipo que durante 2 o 3 años se celebró en la plaza de la Catedral un festival trans. Trans de transgresor (el transfest) organizado por gentes del área de influencia de los colectivos LGTBi. Tal descoque enseguida fue atajado por la autoridad competente, vulgo obispado, que presionó y consiguió que el escándalo no escandalizara a la nobles piedras del lugar. Aunque sigue celebrándose en Zamora que no en vano un tal Palomino escribió un libro titulado “Zamora y Gomorra”

Todo esto se cuenta para que ustedes vean que Zamora, además de ciudad pétrea es una ciudad viva. Tan viva que en ella ocurre de todo, de manera tal que nuestro lema podría ser: 

“Si no vienes a Zamora no te pasará nada, pero si vienes puede pasarte de todo”. 

Y todo bueno.

Zamora: Las plazas de la plaza