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domingo. 14.08.2022
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“La verdadera prueba de un hombre no es lo bien que juega el papel que se ha
inventado para sí mismo, sino lo bien que ejecuta el papel que el destino le asignó”.
 

Václav Havel


Cuando se analiza la realidad, palabra que abarca y lo comprende “todo”, si no se aterriza en lo concreto, el discurso, la reflexión se convierten en pura divagación líquida, tan frecuente hoy en los medios y en la política. Las palabras son como las notas de un piano, tienen sentido y reflejan la realidad de la partitura cuando se tocan de forma adecuada en “tempo y armonía”. Nos hemos acostumbrado a ver y oír cómo mucha gente pronuncia palabras cuyo significado ignora y nada le dicen, pero las emplea; se convierte, entonces en un “charlatán” de palabras muertas, voces vacías, carentes de sentido; no imagina la riqueza y encanto que pueden esconder, en el marco del lenguaje, aquellas palabras correctamente utilizadas cuya riqueza refleja la profunda emoción que se experimenta cuando se escuchan o se leen porque forman parte de nuestra propia vida casi sin darnos cuenta. Resulta difícil imaginar la traición en la comunicación o el engaño que significa hablar por hablar, o porque se ignora o, peor, porque se oculta la riqueza de la verdad de las palabras cuando se miente; es como intentar que un sordo -con la riqueza perceptiva que posee para suplir su sordera- llegue a hacerse una idea exacta de la belleza armónica, por ejemplo, de la 5ª sinfonía de Beethoven.

Por otra parte, hay experiencias que, si no las vives, no te las imaginas. Pero, ¿qué es la experiencia? Dada su equivocidad, el término experiencia es uno de los conceptos más difíciles de precisar; de todas las palabras del diccionario, muy pocas implican tanta dificultad en su utilización; no en vano, para muchos pensadores y escritores, el concepto de experiencia es uno de los más vagos e imprecisos. La ambigüedad del término salta a la vista ante la pluralidad de usos manifestada en la pluralidad de adjetivos con la que la calificamos: desde el campo objetivo al que se refiere: científica, religiosa, moral, filosófica, política...; desde el punto de vista de los participantes: individual, colectiva…; y por su orientación respecto al sujeto, interna o externa. Sin profundizar y centrando al campo de la filosofía, se usa en muy diversos sentidos: la forma por la que un sujeto “aprehende” una realidad, una forma de ser, un modo de hacer, una manera de vivir…, la experiencia es entonces un modo de conocer algo inmediatamente antes de todo juicio formulado sobre lo “aprehen­dido”; en la aprehensión sensible de la realidad externa, la reali­dad se nos da por medio de la experiencia y, por lo común, previa a toda reflexión; otra forma, y muy importante, es la enseñanza adquirida por la prác­tica, consiste entonces en la experiencia de la vida. Así mismo es experiencia la confirmación de los juicios sobre la realidad que se hacen mediante una verificación sensible de esa realidad: son los juicios verificables mediante la experiencia.

Es vital que Europa recupere la esperanza y supere la decadencia que la amenaza

La propia experiencia vital, social, política, histórica, individual o colectiva y externa o interna, nos dice que estos momentos de incertidumbre, de duda, de angustia incluso, son los que están marcando con un sello inconfundible e imborrable a todas las generaciones a las que está tocando vivir estos tiempos invertebrados y de crisis; la problemática curva del individualismo histórico, el egoísmo solipsista, las relaciones fugaces, la prioridad por el dinero ante la economía monetarista que propicia el aislamiento y la “fragmentación”, el deterioro del tejido social y la calidad de vida de los ciudadanos, ha hecho su aparición de nuevo y de forma sostenida. De ahí que surja, como el oxígeno en el medio ambiente para neutralizar la contaminación, la necesidad de la reflexión crítica, el conocimiento bien informado y fundamentado, la trasparencia de la verdad, ese repliegue necesario para encontrar en sí mismo la verdad que no necesita explicación porque se intuye sin mediación alguna. Como, en otro marco más religioso e intimista, lo dijo, quien es considerado el “padre de Europa”, San Agustín de Hipona en los comienzos del siglo V, con estas palabras: “Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore hominis habitat veritas” (“No quieras salir fuera; vuelve a ti mismo, porque la verdad habita en el interior del hombre”). Son palabras que hoy siguen encontrando eco en el marco de nuestra Europa, donde asistimos a la confrontación continua y sin límites entre pueblos y naciones a causa de los intereses de aquellos que tienen la responsabilidad de educar en valores de solidaridad al gobernar a los pueblos. En esta situación de irracional e inhumana confrontación, es vital que Europa recupere la esperanza y supere la decadencia que la amenaza, para poder seguir difundiendo los grandes ideales que acompañaron a los valores y principios de su fundación como Unión Europea. En un contexto diferente al de san Agustín, pero con elementos comunes, María Zambrano, nuestra intelectual, filósofa y ensayista española, que no fue reconocida en España hasta el último cuarto del siglo XX, tras un largo exilio por su compromiso y pensamiento cívico y crítico, decía: “Persona es lo que subsiste y sobrevive a cualquier catástrofe, a la destrucción de su esperanza… Sólo entonces se es persona en acto, enteramente, porque se cae en un fondo infinito donde lo destruido renace en su verdad… Ser persona es ser capaz de renacer tantas veces como sea necesario resucitar”.

Precisamente, eso es “filosofía”, un saber y reflexión de la razón que se convierte en el centro de la experiencia filosófica. La filosofía es la herramienta que nos permite cuestionarnos y cuestionarse consiste en no conformarse con lo existente mejorable. La filosofía, en contra de lo que demasiada gente piensa no consiste en estudiar a los muchos y diferentes filósofos de la historia; es eso también, pero fundamentalmente es ordenar la realidad mediante la reflexión crítica, el conocimiento bien informado y fundamentado para comprender y explicar, desde la lógica de la razón, las situaciones que va ofreciendo la experiencia de la vida, un sistema de verdades construido sin admitir como fundamento del mismo ninguna verdad que no esté absolutamente probada, es la trasparencia en la búsqueda de la verdad, ese repliegue necesario para encontrar en sí mismo la verdad. Por ello, el filósofo tiene que replegarse y buscar en sí mismo verdades que no necesiten ningún otro fundamento. En la historia de la filosofía el problema de la verdad siempre ha sido objeto de reflexión. Muchas y diferentes han sido las definiciones e interpretaciones que han tratado de aprehender un contenido que aparentemente resulta inaprehensible y huidizo. Es la conocida pregunta que, según el evangelio de San Juan le hizo Pilato a Jesucristo: ¿Qué es la verdad?; más que aclarar hizo más borroso el horizonte de la respuesta, porque no la hubo, obviando aclarar la dificultad esencial de la pregunta. De ahí que necesitemos la filosofía para preguntar, para discernir, para razonar, para seguir siendo humanos, para impedir que “la caverna de sombras y apariencias de Platón” sea cada vez más profunda. La filosofía es una concepción del saber abierta al diálogo, a la crítica y a la comunicación en la construcción de la verdad. El diálogo, como gran metáfora de la vida en sociedad tiene mucho que hacer en el logro de un saber integral incluyente en la búsqueda de la verdad. No es casual que, en los albores de la filosofía en la historia de occidente, el diálogo -Platón es el gran ejemplo- fuese el modelo de hacer filosofía. “Verdadero -señala Platón- es el discurso que dice las cosas como son y falso el que las dice como no son”.

Desde hace años, uno de los temas más tratados por pensadores de las diversas corrientes filosóficas -pragmatismo, fenomenología, hermenéutica, filosofía analítica…, por mencionar algunas-, ha sido el de la verdad. De hacer caso a las encuestas que nos ofrecen los medios -personalmente, poca confianza tengo en ellas- muchos ciudadanos dicen estar hartos de palabras y promesas políticas de paraísos futuros que se adornan con promesas incumplidas, pues, “un país que desprecia la verdad está condenado a la decadencia”. Quien esto sostiene es Harry G. Frankfurt, profesor de Filosofía de la Universidad de Princeton, en sus concisas y certeras obras “Sobre la verdad” (On Truth) y “Sobre la manipulación” (On Bullshit). Ante el vasto y complejo panorama de las teorías sobre la verdad, el autor toma una postura analítica: reconoce los límites de su discurso y desarrolla una argumentación clara y accesible, aunque, desde la epistemología clásica, sus reflexiones dejan insatisfechos a no pocos pensadores. Según el autor se puede reflexionar sobre la importancia teórica y práctica de la verdad sin necesidad de resolver el debate con quienes sostienen que la distinción entre ser verdadero y ser falso carece de validez con el fin de evitar -como señalamos anteriormente sobre la experiencia- la complejidad que implica definir los conceptos de “verdad y falsedad”; prefiere ceñirse a las inocentes descripciones propias del sentido común. Avanza en su defensa de la verdad frente a filosofías relativistas desde una perspectiva más bien ética. Para Frankfurt ninguna discusión sobre la charlatanería puede prescindir de una explicación cuidadosa y convincente de por qué la verdad es importante para nosotros, por qué vale la pena que nos preocupemos especialmente por ella. Su ensayo termina con una aguda crítica a una pseudo-sinceridad a la que da lugar el relativismo tan frecuente en la sociedad; para él, un defecto peor que el de mentir, o el de no preocuparse de la verdad, es el de concentrar los esfuerzos en expresar lo más fielmente posible la propia opinión que, despojada de toda referencia a los hechos, refleja una posición exclusivamente subjetiva y, así, este tipo de sinceridad es “pseudo-sinceridad”, es bullshit; la sinceridad degenera en pura palabrería, en pura opinión o, peor, en “charlatanería. Es “el culto a la opinión” frente a la verdad. Su pregunta, sin embargo, no es nada inocente desde el punto de vista filosófico: ¿Es pragmático renunciar a demostrar la posibilidad de conocer la verdad? Concebir la verdad como guía de conducta, se opone a que se considere pragmática su tesis, pues, para él, la verdad es una de esas cosas que debe importar y preocupar a quien quiera guiarse en lo que hace con su vida y su conducta. Para demostrarlo, acude a la autoridad de Aristóteles que acusaba de ignorantes a los que pedían que había que demostrar el principio de no contradicción: “es ignorancia, en efecto, no conocer de qué cosas se debe buscar demostración y de qué cosas no”.

No puede traicionar la verdad quien concibe la verdad como guía de conducta en su vida

El planteamiento de Harry G. Frankfurt parece ir en la línea comprensiva de rehabilitar la definición de verdad de Aristóteles en su Metafísica: “Negar lo que es y afirmar lo que no es, es lo falso; en tanto que afirmar lo que es y negar lo que no es, es lo verdadero”, que sintetiza admirablemente lo que pretende expresar el título de este artículo: no puede traicionar la verdad quien concibe la verdad como guía de conducta en su vida, pues existe una clara diferencia entre hacer las cosas bien y hacerlas mal y, por tanto, una clara diferencia entre lo verdadero y lo falso, como señalaba Aristóteles. El binomio “bien y verdad” da lugar al de “verdad y vida”, pues quien desprecia la verdad o es indiferente a ella (como los bullshitters o charlatanes) es una persona que desprecia o es indiferente a su propia vida. La relación entre verdad y vida anticipa la relación y el vínculo necesario entre verdad e identidad, pues mentir es traicionar la propia identidad que a uno le hace persona. Lo decía tiempo atrás otro pensador libre, hijo de judíos españoles emigrados a los Países Bajos, Baruch Spinoza: “La alegría que provoca la verdad es un sentimiento que aumenta la propia capacidad para vivir y seguir viviendo, conforme a nuestra verdadera naturaleza”.

Las anteriores reflexiones son plenamente aplicables a lo que ocurre ahora mismo en España y en el mundo, pues nos advierten del peligro y las consecuencias de instalarnos en la negación y la mentira como estrategias de supervivencia política. Volver sobre esas reflexiones permite encuadrar la naturaleza de unas actitudes y un discurso público que están sumiendo a la política española en una espiral de impotencia y desesperanza. Como ejemplos, dos situaciones un tanto maniqueas y que habría que analizar en profundidad: a) teniendo una oposición que trata de negar la evidencia en asuntos tan graves como son sus casos de corrupción y b) un gobierno y unos ministros que prometen una cosa y no la cumplen o hacen la contraria creyendo que, a base de repetir que la realidad es como ellos dicen, la ciudadanía acabará creyéndolo, en ambos casos, la cuestión de la verdad se está convirtiendo en el problema central de la crisis política e institucional que vive España, porque nunca la verdad ha sido cómoda para la política.

Es verdad que no es posible borrar el pasado, pero sí dignificar y limpiar el presente, ¿cómo?, saliendo del complejo laberinto presente en el que nos encontramos; y ¿cómo dignificar y limpiar nuestro presente, tan embarrado hoy por la política? La primera respuesta es la de defender la utilidad de la filosofía, advirtiendo que cualquier utilidad que queramos asignarle dependerá del concepto que tengamos de lo que la filosofía es; utilizando el lenguaje actual, la filosofía debe ser una vacuna eficaz contra la condescendencia, los trucos y la extravagancia de la política. Frente a la paradoja de la política actual cuya marca es la opinión y el juicio acelerados, la cautela reflexiva es una de las señas de identidad de la filosofía. Al menos, es bueno dudar, pues como dijo Aristóteles: La duda es la puerta a la sabiduría”. El profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC e historiador de las ideas morales y políticas, Roberto R. Aramayo, en un artículo anterior en Nueva Tribuna que titula “Imaginemos un mundo sin filosofía”, se pregunta: “¿Qué sería de nuestra cultura sin la filosofía? Puede que lleguemos a saberlo, dado el despreció que se la profesa por no tratarse de algo rentable a primera vista... Su carácter transversal hace que sea imprescindible para cualquier tipo de formación desde la escuela hasta las universidades”. Y finaliza: “Un desarrollo cultural sostenible requiere contar con la filosofía y la ética. Son la dieta mediterránea de nuestra salud mental”.

¡Qué difícil resulta ser humano en una época de inhumanidad y ser libre en medio de una locura colectiva, al repetirse un escenario que creíamos superado!

En un análisis profundo y radical de la crisis política y social de España en este siglo XXI, adquiere plena actualidad lo que decía Ortega: “las creencias se derrumban para dar paso a las ideas”. ¡Qué difícil resulta ser humano en una época de inhumanidad y ser libre en medio de una locura colectiva, al repetirse un escenario que creíamos superado! Contemplar lo que está sucediendo en Ucrania nos hace dudar de que la defensa de los derechos humanos iba a ser real y que después de los propósitos asumidos por la ONU y el marco universal reglado surgido de después de la II Guerra Mundial sería incuestionable. En este escenario, “el hombre” (cualquier hombre o mujer) tiene que enfrentarse y poner en duda lo que hasta entonces había considerado “válido, evidente e indiscutible”; no es de extrañar, pues, que intente buscar en su interior normas nuevas, nuevas reglas, nuevos principios y convertirlos, desde su subjetiva visión, en “su” incontrovertible verdad, traicionando “la” verdad, como diría Machado. Es entonces cuando peligra esa sociedad de valores y democrática que hemos ido construyendo a lo largo de esta aventura que se llama “Europa”. Tenía razón Ortega en su obra “¿Qué es filosofía?”, al afirmar que la condición esencial del ser humano es su radical desorientación. No es que de vez en cuando ocurra un despiste o que en ciertos momentos de desesperación nos encontremos sin saber qué hacer. Es que el hombre -la sociedad globalizada que hemos creado- consiste sustantivamente en sentirse perdido. Para que algo nos conste es necesario que antes nos hayamos hecho cuestión de ello, que se haya convertido en problema para nosotros. Y asumir un problema implica sentir desorientación. La desorientación es la auténtica situación hoy del ser humano. Se vive auténticamente cuando se reconoce esa desorientación radical, cuando el mundo se nos presenta como problema. Pero cuando vivimos de acuerdo a las orientaciones que los demás nos ofrecen, actuando sólo de acuerdo a las convicciones de los demás, de la gente, de la sociedad, entonces nuestra vida es una vida ficticia porque camina sobre seguridades falsas, seguridades que no hemos alcanzado por nosotros mismos, sino que se nos han impuesto y las hemos aceptado, según “la servidumbre voluntaria” de la que hablaba Etienne de la Boetie. Lo que en esa forma ficticia de vivir ocurre es la suplantación de nuestra efectiva personalidad por un “falso yo” que nos impone -y lo aceptamos y asumimos- el entorno social; es la entrega ciega a ese repertorio de convicciones ajenas que obedece al deseo de huir de la angustia que nos produce la desorientación radical en la que estamos insertos. Huimos -decía Ortega- del “auténtico sí mismo” para correr a refugiamos en los brazos de esos patrones de personalidad convencional que nos publicitan a diario las redes sociales y ciertos medios de comunicación.

El escritor austríaco Stefan Zweig, un intelectual acorralado por el fascismo, exiliado y nacionalizado británico, en cuyas obras, prohibidas por el nazismo, muestra su activismo social y antibelicista -asistió a los inicios de la Guerra Civil Española en una escala en Vigo tras el alzamiento y retrató en caliente unos hechos que, luego, vería como el preludio de la destrucción de Europa en la II Guerra Mundial-, está más de actualidad que nunca. En un momento en que se ciernen el drama de la guerra y una íntima y trágica desesperanza, fija su atención en un elemento que es fundamental en Montaigne, un hombre unión, que miraba a todos lados sin prejuicios, con amplitud de miras, un librepensador y ciudadano del mundo, un espíritu libre y tolerante y autor de “Los ensayos”: el esfuerzo por mantener a salvo la propia independencia: “Cuánto coraje, cuánta honradez y decisión se requiere para permanecer fiel a su yo más íntimo en estos tiempos de locura gregaria”, escribió Zweig; nada es más difícil que “conservar la independencia intelectual y moral en medio de una catástrofe de masas”. Ser independiente en tiempos de locura gregaria era para Zweig la gran virtud de Montaigne, su logro más admirable. El texto de Zweig sobre Montaigne -una obra que ni siquiera llegó a concluir, porque antes se quitó la vida-, no es un frío estudio para ser leído por especialistas, sino una obra emocionada y vibrante dirigida a la sociedad en general. La fuerza que tiene esta obra refleja la esperanza de Montaigne, presente también en Zweig, al concebir ambos, una nueva aurora para Europa. “Nuestro continente no volverá a ser habitable hasta que esté unificado y ofrezca en su espacio libertad de movimientos”, escribió con sentido profético sobre Europa. Las impresiones de los años de guerra forjaron el pacifismo militante que Zweig exhibiría antes de que terminara la contienda. Pacifista acérrimo, en su drama “Jeremías”, escogió la figura del profeta judío que predicaba en vano, para encarnar el trágico papel del “derrotista”, como tildaban los enardecidos patriotas partidarios del conflicto bélico a aquellos que, como Zweig, defendían la importancia de llegar a un entendimiento entre las naciones. En este drama plasmó los ideales humanistas que defendió durante toda su vida.

Anne Applebaum, apasionada defensora de los valores democráticos en su obra “El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo”, realiza un brillante y pormenorizado análisis del terremoto que está sacudiendo al mundo; su ensayo alerta de las peligrosas tendencias antidemocráticas existentes hoy en Occidente; expone de forma clara y concisa las trampas de los nacionalismos y de la autocracia y explica por qué los sistemas con mensajes simples y radicales resultan tan atractivos. En su análisis desarrolla que los líderes despóticos y poco democráticos no llegan solos al poder; lo hacen aupados por ciertos aliados políticos, oligarcas, burócratas y medios de comunicación que les allanan el camino, apoyando, sin reflexión y crítica, sus mandatos. En la guerra de Ucrania estamos viendo cómo se traiciona la verdad, en la que la impunidad del delito es una invitación a su repetición y en la que el genocida Putin culpa de los execrables asesinatos de civiles ucranianos a un montaje escénico de los propios ucranianos, a los que la propaganda, la mentira rusa, equipara con los nazis. Pero los ciudadanos del mundo “de buena voluntad” tenemos la evidente certeza de que, al traicionar la verdad, Putin se ha convertido en un genocida y ejemplo mundial de la barbarie.

Como final de estas prescindibles e insuficientes reflexiones, pongo cierre con otra reflexión, ésta sí, de un recomendable escritor y filósofo: Albert Camus: “El que mata o tortura sólo conoce una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Necesita, pues, crear la culpabilidad en la víctima misma para que, en un mundo sin dirección, la culpabilidad general no legitime más que el ejercicio de la fuerza, no consagre más que el éxito”.

Traicionar la verdad