martes. 05.03.2024

Hay una característica que nos define y nos hace especiales y distintos. Desde hace siglos, los filósofos siempre la han señalado cuando intentaban explicar en qué consiste ser humano, qué es lo que las personas tenemos de peculiar. Somos seres sociales. Es evidente que el ser humano necesita de los demás (mucho más que cualquier otra especie), nacemos muy inmaduros y desprotegidos y es gracias al contacto con los otros por lo que sobrevivimos y aprendemos todo lo que necesitamos para desarrollarnos y poner en práctica nuestras capacidades. 

En soledad no seríamos más que meros animales, ni siquiera adquiriríamos aquello que más nos caracteriza, nuestro lenguaje. Esto último se ha podido comprobar gracias a los estudios sobre algunos casos, por fortuna excepcionales, de los llamados “niños salvajes”, seres humanos que habían conseguido sobrevivir sin contacto social pero que, por desgracia, no manifestaban ninguno de los comportamientos propios de las personas y, por supuesto, no sabían relacionarse ni expresarse adecuadamente. También podríamos apuntar el hecho de que uno de los castigos más duros que existen es el del aislamiento, echar a alguien del grupo, ignorarlo o desterrarlo, impedirle la comunicación con los demás. Las consecuencias físicas y psicológicas de ese tipo de prácticas, pueden resultar absolutamente destructivas.

En soledad no seríamos más que meros animales, ni siquiera adquiriríamos aquello que más nos caracteriza, nuestro lenguaje

Según Aristóteles (S. IV a. C), los hombres superan a los animales al poseer razonamiento, ciencia y técnica. También dice Aristóteles que el hombre es el único animal capaz de deliberación, una deliberación que supondría el razonamiento previo a la elección práctica. Estaríamos hablando de la aplicación de la razón a la acción: el hombre es el único animal que obra guiándose por la reflexión racional y no solo movido por instintos. Aristóteles usará más de una vez esta noción, en la ética y en la política, ya que considera que es fundamental aplicar las virtudes a la consecución de una vida buena, una vida que solo es posible establecer en sociedad. Define al ser humano como un “animal político”, lo más natural para él es asociarse y vivir en la polis. La inteligencia y la racionalidad, que constituyen su esencia, fundamentan la sociabilidad, podríamos decir que son inseparables, lo que realmente nos convierte en humanos y nos diferencia del resto de especiesSegún el filósofo: “…la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar o es mal hombre o más que hombre…” (léase, una bestia o un dios) Aristóteles, Política

Esa racionalidad, que nos es propia, nos permite orientarnos según las leyes del vivir con conocimiento, vivir con el resto de seres humanos en relaciones de amistad formando una comunidad en la que reinen la justicia y el bien.

Como vemos, y según una primera aproximación a por qué nos interesa ser lo más sociables posible, es que habría que tener en cuenta que el comportamiento que favorece las relaciones con los otros, no solo hace posible nuestra vida, sino que además la mejora notablemente y todos salimos beneficiados. Aplicar la razón, nos haría ver cuánto nos conviene llevarnos bien. Nacemos con la característica social y la vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida, pero es muy importante hacerlo adecuadamente, porque es en sociedad donde se van a satisfacer todas nuestras necesidades.

Al hilo de esta necesidad de los demás, me gustaría recuperar también el pensamiento de Rousseau (S. XVIII). Para el filósofo de la Ilustración, el hombre es bueno por naturaleza. Pensaba que el sentimiento de repugnancia hacia el dolor y sufrimiento ajenos era uno de los sentimientos básicos inherentes a la naturaleza humana. Y es que, en la línea aristotélica, consideraba que ese comportamiento social de cuidado del otro era resultado de someter la voluntad a un juicio razonado. Hay una natural dependencia recíproca de los hombres en la consecución de sus finalidades específicas y una fuerte tendencia a la unión con sus semejantes. Más allá de la propia supervivencia, la existencia digna, la existencia humana en cuanto tal, implica la satisfacción de una serie de necesidades materiales y espirituales (morales y culturales) que exigen naturalmente la sociabilidad. Además, el hombre no sólo necesita recibir de los demás, sino también dar, comunicar, compartir. 

La importancia de actuar con inteligencia a la hora de establecer relaciones sanas, cordiales y productivas, que redunden en el bienestar individual y colectivo

Y aún podemos ahondar más en el tema con algunas aportaciones más contemporáneas. Según Robin Dunbar, antropólogo evolutivo de la universidad de Oxford, somos la especie más social de las que habitan el planeta. Somos seres supersociales por naturaleza. El cerebro humano está diseñado para poder relacionarse con 150 personas aproximadamente (número de Dunbar), entendiendo esas relaciones como aquellos con quienes realmente intercambiamos informaciones, preocupaciones, vínculos, afectos. No hay que pecar de ingenuos o ambiciosos, hemos de ser conscientes de que a la mayoría de “amigos” de las redes sociales ni siquiera los conocemos, pese a la falsa impresión de popularidad que tener un número elevado de ellos pueda ofrecer. Hablamos de interacciones reales y de cuánto las necesitamos. Dice Dunbar que las especies que viven en grandes manadas anónimas y son más promiscuas tienen cerebros más pequeños. El hecho de establecer relaciones de pareja más estables, por ejemplo, es un reto que requiere un cerebro mejor. El cerebro evolucionó para permitirnos organizar nuestras relaciones con los demás.

La ciencia, al igual que la filosofía, nos ayuda a entender lo importantes que son los otros para poder llevar una vida buena y, por lo tanto, la importancia también de actuar con inteligencia a la hora de establecer relaciones sanas, cordiales y productivas, que redunden en el bienestar individual y colectivo.

Si podemos entender la verdad de todas estas reflexiones, es fácil entender también hasta qué punto las conductas que entorpezcan la convivencia son perniciosas, torpes e inapropiadas, podríamos decir incluso que resultarían “antinaturales”. Lo más lógico, si en realidad queremos considerarnos como seres racionales e inteligentes, sería promover, tanto en nosotros mismos como en los demás, aquellos comportamientos como el cuidado, la solidaridad, la amabilidad, la ayuda desinteresada, la atención a las necesidades de los otros… Eso sí estaría realmente a la altura de la especie avanzada y aventajada que pretendemos ser. A ver si nos vamos esforzando en dar la talla, porque lo cierto es que la justicia y la bondad resultan más que convenientes.

Sociales, entonces, ¿por qué no más sociables?